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Un cuento inacabado

Por Ícaro
17/09/2026 - 19:47
Un cuento inacabado
Quino
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Había una vez una familia que vivía en una casa preciosa, levantada con muchos años de esfuerzo. El padre había trabajado desde joven; la madre había pasado media vida trabajando y también cuidando de los suyos. Poco a poco habían conseguido una casa agradable, con un bonito jardín, algunos árboles frutales y una pequeña piscina de la que todos disfrutaban durante el verano.

No era la casa más grande del pueblo, ni la más lujosa, pero era su casa.

Al ser una casa aislada, tenía el inconveniente de que para cualquier gestión tenían que recurrir a medios de transporte, cosa que llevaban con naturalidad. Les compensaba porque era una casa con mucho espacio en la que tenían una buena calidad de vida.

Pero aquella casa no había aparecido por arte de magia.

El abuelo había trabajado en ella. Los padres habían trabajado en ella. Y ahora los hijos crecían allí.

Cada ladrillo tenía detrás una historia: horas de trabajo, madrugones, facturas pagadas, impuestos, reparaciones y algún que otro sacrificio. Incluso antepasados muy lejanos habían tenido que luchar contra sus enemigos, por defender el terreno donde ahora se levantaba.

No era una mansión. Era, simplemente, su hogar.

Un  día, mientras la familia desayunaba tranquilamente, escucharon un ruido extraño procedente del jardín.

Al asomarse por la ventana, no podían dar crédito a lo que estaban viendo.

Decenas de personas estaban saltando la valla.

Hombres, mujeres, mayores y niños entraban en tropel sin pedir permiso. Algunos corrían, otros gritaban y otros simplemente miraban alrededor como si aquella propiedad hubiese quedado abandonada.

—¡¿Pero, qué están haciendo?! —gritó el padre. Nadie contestó.

En pocos minutos, el jardín dejó de parecer el jardín que conocían. Algunas personas arrancaban plantas; otras pisoteaban los parterres. Alguien había entrado en la piscina con la ropa puesta. Otros utilizaban los juguetes de los niños. Uno de los juguetes apareció partido en dos; otro, con varias piezas arrancadas.

Y cuando la familia descubrió que algunas personas habían utilizado el jardín incluso para orinar y defecar, la madre se echó las manos a la cabeza.

—Esto no puede estar pasando. El padre corrió hacia el teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Pero entonces ocurrió algo todavía más desconcertante.

Por la puerta del jardín aparecieron unos hombres vestidos con chalecos rojos. No parecían sorprendidos por lo que estaba sucediendo. Al contrario: traían cajas de comida, mantas y materiales para levantar unas carpas.

En el pecho llevaban un símbolo:

EL BOTÓN ROJO

—¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó el padre.

—Venimos a ayudar —respondió uno de ellos.

—¿A ayudar? ¡Bien, ayúdenos entonces, estas personas han entrado en nuestra propiedad!

—Son seres humanos —contestó el hombre del chaleco rojo—. Y tienen derecho a vivir.

—¡Nadie está diciendo lo contrario! —respondió la madre—. Pero también nosotros tenemos derechos. ¡Esta es nuestra casa!

—¿Y ustedes quiénes son? —preguntó el padre.

—Somos del Botón Rojo.

—Eso ya lo veo. ¿Qué hacen en mi casa?

—Venimos a organizar la situación.

—¿Y quién les ha dado permiso? Los hombres se miraron.

—La situación requería una respuesta.

—¡Pero esta es mi casa!

Uno de ellos sonrió con paciencia.

—Naturalmente.

—Entonces, ¿por qué están montando tiendas en mi jardín?

—Porque hay gente que necesita alojamiento.

—¡Pues que se vayan a su casa!

- El hombre del chaleco rojo, simuló no haber oído esto último, y se asomó al interior de la casa.

- Tienen ustedes un salón muy hermoso —dijo— aquí se podrían alojar muchas personas.

—¡Aquí no se va a alojar nadie, faltaría más!

- No se enfade —repuso el hombre—, no se hará nada que usted no quiera, pero tendrá que decirnos entonces dónde los vamos a poner.

- Yo no tengo que decirles nada, lo que tienen que hacer ustedes es marcharse, y sacarlos de mi casa.

El hombre del chaleco rojo frunció el ceño.

—Aquí hay sitio para todos, no sea insolidario.

Aquella palabra pareció convertirse en una contraseña.

En cuestión de minutos aparecieron periodistas, funcionarios, activistas y personas que nadie de la familia había visto jamás.

Todos tenían algo que decir.

—¡Hay que proteger a los recién llegados!

—¡Son personas!

—¡Tienen derechos!

—¡Hace frío!

—¡No podemos mirar hacia otro lado!

La madre levantó la mano.

—Perdón, pero nadie está diciendo que no sean personas. Solo estamos diciendo que esta es nuestra casa.

Silencio.

Después, una voz desde el fondo gritó:

—¡Fascistas!

Otra añadió:

—¡Racistas!

Y una tercera:

—¡Privilegiados!

El hombre negó con la cabeza.

—Hace frío fuera. Necesitan un lugar donde dormir y algo que comer. Tendrán que comprenderlo.

—¿Y dónde van a ponerlos?

—Aquí.

La familia se quedó en silencio.

—¿En nuestro jardín?

—Sí.

—¿Y cuándo se irán?

El hombre sonrió con cierta incomodidad.

—Ya veremos.

Poco después llegó la policía, el padre resopló aliviado, los niños saltaron de alegría. Esa alegría duró poco, pues los policías se limitaron a apostarse junto a la valla, como para impedir que alguien intentase entrar o salir. Eran las órdenes que tenían.

Junto a los uniformados venían funcionarios desplazados desde la capital. Explicaron a la familia que la policía no iba a hacer nada, pero que ya estaban seguros, puesto que la policía iba a impedir que entrase o saliese nadie.

- Y por qué no vinieron antes para impedir que entrasen y lo rompiesen todo?, ¿Acaso no los vieron venir? — Dijo el

- Nadie podía prever esto, hay cosas que ustedes no entienden. Ha sido mala suerte.

—Pero no se preocupen, que recibirían una compensación económica.

—¿Una compensación?

—Naturalmente.

—¿Y será suficiente para reparar todo esto?

Los funcionarios se miraron entre ellos.

—Bueno… parte de esa ayuda tendrá que emplearse, lógicamente, en atender a las personas que están alojadas aquí.

—¿Me van a pagar para que yo mismo pague la ocupación de mi jardín?

El funcionario sonrió.

—Ahora lo entiende. — Y se marchó.

Pasaron los días.

Las carpas se multiplicaron.

Ya no eran cinco.

Ni diez.

Eran veinte.

Alguien colocó una mesa.

Después otra.

Luego apareció una cocina.

Finalmente instalaron una ducha.

La familia comenzó a preguntarse si aquello seguía siendo su jardín o si, por alguna razón que desconocían, se había convertido en un pequeño municipio. ¡Incluso habían instalado un mercado en su jardín!

Un domingo, aprovechando la visita de un político del ministerio de Hokupaciones, el padre se atrevió a preguntar de nuevo:

—¿Cuándo se marcharán?

El político respondió:

—No podemos poner fecha a una necesidad humana.

—¿Y si necesitamos nosotros nuestro jardín?

—También tienen que comprender que hay prioridades.

—¿Y quién decide cuáles son esas prioridades?

—Nosotros.

—¿Y quién les ha elegido?

—La gente.

—¿Qué gente?, ¡yo no!…

El político se quedó pensativo.

—Bueno… eso es complicado, no lo entendería. Todo volverá a la normalidad… algún día. Nosotros pagamos al botón rojo para hacer esto, ya lo han hecho otras veces, confíe.

Se percató de que se habían sumado otras organizaciones, que se habían instalado en los mejores lugares de su jardín, y que al parecer también vivían de hacer eso. Traían lujosos vehículos que dejaban desordenadamente en zona prohibida, junto a la valla, incluso delante del garaje de la familia. En los laterales de los coches se podía leer: “Activistas sobre tu terreno”, “Solidarios con tu dinero“ y “Perroflautas sin profesión”.

Cuando protestaban por algo, (motivos no les faltaban, pues perseguían insistentemente al gato, y arrancaban los rosales y demás plantas cuidadas con tanto esmero, entre otras barbaridades…), de entre ellos aparecieron nuevas voces.

—¡Fascistas!

—¡Racistas!

—¡Insensibles!

—¡Estas personas solo buscan una vida mejor!

El padre miró su jardín destrozado.

—¿Y nosotros qué buscamos?, ¿no nos merecemos la vida que teníamos?

Nadie respondió.

Habían pasado toda su vida trabajando para conseguir aquella casa. Habían pagado impuestos, reparaciones, seguros, facturas y todo aquello que nadie veía cuando una casa funcionaba correctamente.

Ahora se les pedía que cedieran su jardín, su piscina y sobre todo su tranquilidad.

Y si preguntaban por qué, la respuesta siempre era la misma:

—Hay que ser solidarios.

Una mañana, por fin, recibieron una noticia que les devolvió algo de esperanza.

Esta vez llegaron ministros procedentes de la capital ¡¡ministros, imagínate!!, incluso uno de ellos con el encargo de solucionar la situación.

La niña sintió curiosidad.

—papá ¿que son los ministros?

—Son personas elegidas de entre lo mejor de la sociedad, y las personas más brillantes y formadas de su ministerio.

La niña, a pesar de que no comprendió del todo la respuesta, se puso a dar saltitos y palmadas nerviosamente.

Y llegaron los ministros.

Coches oficiales.

Escoltas.

Cámaras.

Micrófonos.

La familia volvió a sentir esperanza.

—Quizá ahora sí —dijo la madre.

Los ministros bajaron de los coches y comenzaron a recorrer el jardín.

Preguntaron por las camas.

Por las mantas.

Por la comida.

Por la calefacción.

Por los medicamentos.

Por las condiciones de las carpas.

Después se hicieron fotografías.

Muchas fotografías.

Finalmente, uno de ellos se acercó a la familia.

—Queremos agradecerles su solidaridad.

El padre tragó saliva.

—Nosotros no queremos que nos agradezcan nada.

—¿No?

—Queremos recuperar nuestra casa. El político pareció sorprendido.

—¿Su casa?

—Sí.

—Pero deben entender que vivimos tiempos excepcionales.

—Siempre parecen excepcionales cuando nos toca a nosotros.

El político hizo como que no había escuchado.

—Lo importante es que nadie se quede atrás.

El padre miró hacia el jardín.

—Nosotros ya nos hemos quedado atrás.

El ministro sonrió a las cámaras.

—Hay que evitar discursos de odio.

—¿Decir que quiero mi casa es un discurso de odio?

—Depende de cómo lo diga.

—¿Y si lo digo educadamente?

—Podría ser insolidaridad.

—¿Y si lo digo enfadado?

—Podría ser intolerancia.

—¿Y si no digo nada?

—Entonces será indiferencia.

El padre se quedó completamente desconcertado.

—Entonces, ¿qué puedo hacer?

El ministro le puso una mano en el hombro.

—Sea mejor persona.

Y se marchó.

La niña, ante lo deprimente del espectáculo y lo decepcionante del resultado, volvió a preguntar.

—Papá, ¡¿esto es lo mejor de la sociedad?! Y sin dejarle responder. —¿no hay nadie más?

El padre cerró los ojos.

—No hija, seguro que no, y si, espero que haya alguien más…

La madre miró hacia el jardín.

Y entonces comprendieron algo que hasta aquel momento no habían querido aceptar:

Quizá aquellos políticos no tenían la intención de devolverles su casa.

Quizá habían venido a asegurarse de que los ocupantes estuvieran cómodos.

Los niños observaban desde la ventana sus juguetes rotos y el columpio desvencijado, la madre los rosales destrozados y el jardín amarillento cuidado antes con tanto esmero, el padre la pequeña piscina que ahora mostraba un color marrón-verdoso, y donde ahora chapoteaban otros, niños y mayores. Ahora nadie regaba nada, nadie cuidaba nada, más bien al contrario.

Sin embargo, las personas que habían ocupado el jardín parecían alegres, habían acabado con los frutos de los árboles, y jugaban al fútbol desenfadadamente. Incluso uno de Perroflautas les enseñaba malabares con maderas que había arrancado de la valla del parterre. No tenían otra ocupación. Aunque de vez en cuando había riñas y peleas con un vocabulario y una violencia desacostumbrada para los habitantes de la casa. Incluso quemaban cosas del jardín. Empezaron con el cubo de la basura, cosa que todos celebraron con gran algarabía. Pero lo más sorprendente, fue que cuando el padre acudió para apagarlo con la manguera del jardín, fue recibido a pedradas. Y debió parecerles gracioso, a juzgar por sus risas.

Ellos en cambio estaban tristes y veían la vida pasar desde su ventana.

Se podría decir que los ocupantes habían mejorado su vida, tanto como ellos habían ganado en desgracia.

Fuera comenzaba a anochecer.

Las luces de las carpas se encendieron una tras otra.

Y mientras los recién llegados cenaban debidamente servidos, alguien de las organizaciones que habían venido a ayudar colocó un cartel en la valla:

« Aquí todos tienen derecho a estar. »

El padre lo leyó durante unos segundos.

Después miró el interior de su casa.

—¿Todos?

La madre asintió lentamente.

—Eso parece.

Él volvió a mirar el cartel.

—Entonces habrá que preguntar una cosa.

—¿Cuál?

—¿Quién tiene derecho a decidir quién entra en casa de quién?

Todos callaron.

Aquella noche, la familia se reunió en el salón.

Durante unos minutos nadie habló.

Finalmente, el hijo pequeño preguntó:

—Papá…

—¿Qué?

—¿Nuestra casa sigue siendo nuestra?

El padre miró por la ventana.

Vio las carpas.

Las luces.

Las mesas.

La gente entrando y saliendo.

Ahora un grupo se había puesto a cantar algo en una lengua que no entendía.

Y, al fondo, la desvencijada valla que alguien había saltado días atrás.

Pensó en el abuelo.

En las horas de trabajo.

En todo lo que habían construido.

Y respondió:

—Sobre el papel, sí.

—¿Y en la realidad?

El padre tardó en contestar.

—Eso es precisamente lo que tendremos que averiguar.

A la mañana siguiente, alguien había colocado otro cartel en la entrada.

Ya no decía:

« Aquí todos tienen derecho a estar. »

Ahora decía:

« Esta casa es de todos. »

El padre lo contempló durante largo rato. La angustia se apoderó de él y apretó los puños. Un sentimiento de rabia recorrió su mente, mientras una lágrima furtiva descendía por su mejilla.

El padre había sido educado en valores. Después de esos días comprendió de la peor manera que esos valores en los que él se había formado solo valían si se enfrentaban a personas que también los tuviesen. Los límites que él se imponía eran una clara ventaja para los que habían ocupado su casa.

Descubrió, también de la peor manera, que del mismo modo que los buitres y las hienas acuden a la carroña, hay personas que acuden a la desgracia humana. Dicen que van a ayudar… pero su ayuda es selectiva, se olvidan de las personas que sufren las consecuencias negativas que les provocan los que ellos ayudan. A su familia no les ayudó nadie. Se vieron asaltados por un tropel de personas que la merecía más que ellos.

Muchas ideas pasaron entonces por su mente.

Ya había descartado la idea de confiar en los políticos que habían venido, no era gente de fiar, no era gente de palabra, más bien de palabrería vacía. Venían con prisas hacerse una foto y se marchaban después sin hacer nada. Además, parecían más preocupados por las personas que les habían asaltado, que en su bienestar. Los que vinieron a “ayudar” tampoco harían nada, vivían de eso, y si se iban los intrusos se quedarían sin trabajo.

El padre sopesaba la idea de coger el bastón del abuelo y echarlos a todos a palos. Descartó esa idea rápidamente, puesto que él nunca había sido persona de pendencias, seguro que saldría mal parado. Además, estaría cometiendo un delito. También sopesó la idea de esperar y confiar en que cambiasen los políticos por otros más razonables que les ayudasen a recuperar su casa —pero eso podría tardar demasiado tiempo—… Sea lo que sea algo había que hacer. Lo que sí decidió en ese momento es que iba a luchar, y lo que sabía que no iba nunca a hacer, era abandonar, y dejarles la casa a las personas que de manera tan cruel estaban destrozando su vida y la de su familia… con ayuda.

En este punto estamos actualmente.

Y con esto termina el primer capítulo de nuestra historia pesadilla.

Aunque, pensándolo bien…

quizá aquí sea donde realmente empieza.

Porque una cosa es abrir la puerta de una casa cuando alguien necesita ayuda.

Y otra muy distinta es entregar las llaves, dejar que otros decidan quién entra y después llamar insolidario al dueño cuando intenta recuperar su vida y la de su familia…

Continuará.

No en vano es un cuento inacabado.

Aunque a lo mejor lo acabas tu… ¿o acabamos la historia entre todos con tu ayuda?

Hoy les puede suceder a otros en su casa, o en su ciudad… pero mañana te puede pasar a ti.

  • Al igual que la familia comprendió que nadie les iba a ayudar, que tendrían que volver a luchar por lo que ya era suyo. Nosotros también sabemos que solo unidos, alzando nuestra voz, y sin cejar en el empeño, vamos a conseguir recuperar nuestra vida.
  • Se acabó el efecto de la anestesia en la sociedad, ya tenemos claro quien está al timón.
  • Los españoles no nos acostumbraremos a las situaciones injustas, ni dejaremos que se enquisten y pasen a formar parte de la normalidad.
  • Los españoles haremos todo lo que legalmente esté en nuestra mano, y no cesaremos hasta que la justicia impere en todos los territorios.

Veremos cómo acaba…

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