Se antojaba una hazaña más que difícil, según muchos periodistas especializados era improbable, e incluso un tal Earvin Johnson cerraba con un rotundo pesimismo el posible acceso a los playoffs de su ex equipo. Pese a todo ello, la franquicia que sobrevuela las turbulencias más inestables de toda la liga, Los Angeles Lakers, ha conseguido meterse de lleno en la lucha por entrar en la post temporada, la única parte del año que tiene una importancia capital en la NBA.
Lo cierto es que la trayectoria que los Lakers han recorrido durante las últimas semanas es impresionante, rozando con severidad la locura puesto que el equipo no ha jugado muchísimo mejor, sino que ha recurrido al fulgor de un jugador de 34 años, que a pesar de ser uno de los más destacados jugadores de la historia, cuenta o debería contar con unas limitaciones que le impidieran tener un impacto tan determinante en una competición donde la potencia física es básica. Pero no ha sido así. Bryant ha remontado un balance abrumadoramente negativo, con pocas posibilidades de enmendarse incluso para el más optimista.
Ha sido él, por encima de la mejora del juego colectivo y del progresivo restablecimiento de la intensidad de Dwight Howard, el que ha ido reimponiendo la cordura que en verano, cuando se anunció la contratación del pívot y Steve Nash, aletargó a casi la gran mayoría de los seguidores de la liga norteamericana.
No obstante, me temo que el hecho de que Kobe sea la única esperanza que refleja el equipo no es una gran noticia. Desde mi punto de vista, estos Lakers no son un equipo compacto en el que sobresale Bryant, sino un equipo con severos problemas de coordinación en el que destaca Koa historia por completo.
Si intentamos buscar en la historia de la NBA un equipo sin una relevante proyección colectiva que venciera por la magnífica capacidad de uno de sus jugadores, probablemente no encontraríamos ninguno. Menos aún si tuviéramos que encajar dicha pieza con rivales de la potencia de franquicias como los actuales Heat, Thunders, Spurs o Clippers. Esto me lleva a pensar que la remontada de los angelinos y su ahora sí más que probable acceso a playoffs van a servir para muy poco, sobre todo teniendo en cuenta las expectativas históricamente permanentes de los Lakers, cuyos aficionados suelen considerar como fracaso todo lo que no sea alcanzar las finales de la NBA.
Mucho, quizá demasiado, tendría que evolucionar la adaptación de los jugadores primeramente entre ellos y, después, con el “variable” (buen eufemismo de “inexistente”) sistema supuestamente diseñado y dirigido por el entrenador para que la franquicia de los Buss tenga unas probabilidades respetables de cumplir el objetivo de llegar a las finales de la NBA, no digamos ya de ser campeones.
La factible posibilidad de acceder a la post temporada ha planteado un problema de muchísimo mayor calado que el de colarse entre los ocho mejores de la dura conferencia oeste: el anillo, el verdadero fin de la competición, que había quedado opacado por la histeria de estar lejos de puestos de playoffs. En este tipo de circunstancias suele utilizarse la coletilla de que “cosas más raras han ocurrido”, pero en esta ocasión tengo mis dudas de que realmente haya sido así.