Lo que todos deberíamos conocer sobre el Sáhara

Cuando se habla del Sáhara Occidental resulta casi inevitable comenzar en 1975, con la Marcha Verde y la salida de España. Sin embargo, para comprender sus orígenes es necesario retroceder más de un siglo y preguntarnos qué era aquel territorio cuando España llegó a sus costas y, sobre todo, qué relación mantenía entonces con Marruecos.

Y para hacerlo debemos comenzar precisamente en Marruecos.

Cuando España negoció con Marruecos

La Guerra de África de 1859-1860 terminó con el Tratado de Tetuán (Uad Ras), firmado el 26 de abril de 1860. Entre sus disposiciones, el sultán de Marruecos concedía a España, a perpetuidad, territorio suficiente junto a Santa Cruz de la Mar Pequeña en la zona de Sidi Ifni, un territorio situado bastante más al norte del fuerte original, para establecer una pesquería.

Para nuestro relato lo importante es algo mucho más sencillo: España pretendía obtener un derecho territorial y negoció para conseguirlo con el sultán de Marruecos.

España sabía quién era su interlocutor para este territorio.

Veinticuatro años después volverá a actuar en la costa atlántica africana, esta vez mucho más al sur. Y entonces sucederá algo sustancialmente diferente.

Bonelli y Río de Oro

Emilio Bonelli conocía perfectamente Marruecos. Había vivido allí, hablaba árabe, había trabajado como intérprete del Consulado español en Rabat, recorrido parte del país y publicado en 1882 El Imperio de Marruecos y su constitución.

Por tanto, difícilmente podía ignorar con quién debía negociar si pretendía establecerse en territorio sometido a la autoridad del sultán.

El 4 de noviembre de 1884 Bonelli izó la bandera española en la península de Río de Oro y estableció el núcleo de la futura Villa Cisneros. Pero lo verdaderamente interesante no es dónde colocó una bandera, sino con quién negoció.

Bonelli mantuvo conversaciones directamente con los habitantes del territorio. Aquellas negociaciones desembocaron en unas actas suscritas por jefes saharianos el 28 de noviembre de 1884, mediante las cuales aceptaban la protección española.

“Una convicción histórica o religiosa puede explicar una reivindicación; no necesariamente constituye un título jurídico de soberanía”

No consta que España solicitara autorización al sultán de Marruecos ni que negociara con él la cesión del territorio.

Los interlocutores fueron los jefes saharianos. La pregunta resulta inevitable: Si en 1860 España había negociado con el sultán de Marruecos para obtener derechos sobre Santa Cruz de Mar Pequeña, ¿por qué en 1884, para establecerse en Río de Oro, negoció directamente con los jefes saharianos?

Existe además un documento particularmente esclarecedor. La Real Orden de 26 de diciembre de 1884, mediante la cual España confirmó lo realizado por Bonelli y ordenó comunicar internacionalmente el establecimiento del protectorado, se refería a aquellas poblaciones como las «tribus independientes de esta parte de la costa» y confirmaba las actas de adhesión firmadas ante Bonelli.

La expresión no es una interpretación actual. Es la utilizada por el Gobierno español en 1884.

Lo que hizo Berlín

También conviene precisar otra afirmación repetida con frecuencia: que la Conferencia de Berlín repartió África y entregó el Sáhara a España.

No ocurrió exactamente así.

Cuando la Conferencia comenzó el 15 de noviembre de 1884, Bonelli ya había establecido presencia española en Río de Oro. El 28 de noviembre se firmaron las actas con los jefes saharianos y el 26 de diciembre España proclamó formalmente su protectorado y ordenó comunicarlo a las restantes potencias.

El Acta General de Berlín, firmada el 26 de febrero de 1885, estableció para las nuevas ocupaciones costeras africanas la obligación de notificarlas a las demás potencias y la necesidad de ejercer una autoridad suficiente sobre el territorio.

Berlín, por tanto, no entregó el Sáhara a España. Estableció el marco internacional en el que pudo consolidarse una presencia que España ya había iniciado sobre el terreno.

Marruecos y el Sáhara

Los posteriores acuerdos entre España y Francia de 1900, 1904 y 1912 fueron delimitando las respectivas zonas de influencia.

Una cosa era el Protectorado español de Marruecos; otra, su zona meridional de Cabo Juby; y otra distinta, al sur del paralelo 27° 40′, los territorios de Saguía el Hamra y Río de Oro.

No constituían una única realidad territorial ni jurídica.

España, además, tardaría décadas en ejercer un control efectivo sobre todo el interior sahariano, que no se consolidaría hasta 1934.

Fidelidad no significa necesariamente soberanía

Naturalmente, las poblaciones saharianas no vivían aisladas de Marruecos. Existían relaciones comerciales, familiares, religiosas y políticas, y algunas tribus mantuvieron vínculos de fidelidad con el sultán mediante la bay’a.

Pero aquí aparece una cuestión esencial: ¿equivalía esa fidelidad a soberanía territorial?

En 1975 el Tribunal Internacional de Justicia estudió precisamente los vínculos existentes entre Marruecos y el Sáhara en el momento de la colonización española.

Reconoció vínculos jurídicos de fidelidad entre el sultán y algunas tribus saharianas, pero concluyó que las pruebas aportadas no demostraban ningún vínculo de soberanía territorial entre el Sáhara Occidental y Marruecos.

Existieron vínculos. Pero vínculo y soberanía no son necesariamente la misma cosa.

Cuando el argumento se hace religioso

Aquí aparece finalmente Dar al-Islam, la «Casa del Islam»: la concepción histórica de un espacio sometido al poder y al orden islámicos.
Pero tampoco Dar al-Islam puede confundirse con soberanía marroquí.

Que un territorio hubiera pertenecido históricamente al espacio islámico no demuestra que perteneciera concretamente al sultán de Marruecos. Si así fuera, el mismo razonamiento tendría que aplicarse a numerosos territorios de África, Asia y Europa gobernados durante siglos por poderes musulmanes.

Una convicción histórica o religiosa puede explicar una reivindicación; no necesariamente constituye un título jurídico de soberanía.

Los tratados

Y llegamos finalmente a una cuestión que trasciende el Sáhara.

Los tratados internacionales existen precisamente para establecer obligaciones entre quienes los suscriben. De poco servirían si solamente obligaran mientras coincidieran con las aspiraciones territoriales de las partes.

Sería excesivo afirmar que Marruecos jamás ha respetado un tratado. Pero su historia territorial permite formular una pregunta mucho más interesante: ¿qué valor conserva un tratado cuando se considera que por encima de él existe un derecho histórico, dinástico o religioso sobre el territorio?

Quizá ahí se encuentre una de las claves del problema.

Pero antes de llegar a cualquier conclusión conviene recordar los hechos.

En 1860 España quiso obtener derechos en Santa Cruz de Mar Pequeña y negoció con Marruecos.

En 1884 quiso establecerse en Río de Oro y negoció con los jefes saharianos, a quienes el propio Gobierno español calificó entonces de «tribus independientes».

Después vino Berlín.

Mucho después llegarían las reivindicaciones.

Para comprender estas últimas, conviene conocer primero cómo empezó todo.

Ceuta: su percepción social

El barómetro de Sigma Dos recientemente publicado —2.173 entrevistas, trabajo de campo del 20 al 26 de agosto con un margen de error de ±2,1 puntos— ofrece información relevante sobre cómo perciben los españoles lo ocurrido en Ceuta los días 30 y 31 de julio pasado.

El dato principal no es que el 90,4 % atribuya al régimen alauí la entrada irregular de hasta 72.000 personas en Ceuta, que con ser importante, lo relevante es que esa convicción se mantiene frente a una posición gubernamental que sostiene lo contrario. La distancia entre ambas percepciones es demasiado amplia para explicarse como una simple consecuencia de la división partidista.

Conviene, por ello, distinguir los planos en los que se manifiesta esa disociación, porque responden a realidades de naturaleza distinta.

El primero es el de los hechos. El Gobierno mantiene que la cooperación con Rabat funciona —el ministro de Asuntos Exteriores defendía el día 28 de agosto que la ayuda marroquí resulta esencial para prevenir episodios semejantes—, pero apenas el 3,8 % de los encuestados cree que Marruecos colaborará con España para evitar la entrada. El 52,6 % sostiene que conocía el movimiento y permitió que se produjera sin defender su frontera, y el 37,8 % afirma directamente que lo potenció. La discrepancia no versa sobre la valoración de un hecho, sino sobre el hecho mismo. Un gobierno puede pedir prudencia en las consecuencias que se extraigan de un episodio de esta naturaleza; lo que difícilmente puede sostener durante mucho tiempo es una descripción de lo ocurrido que nueve de cada diez ciudadanos rechazan.

“Lo que difícilmente puede sostener durante mucho tiempo es una descripción de lo ocurrido que nueve de cada diez ciudadanos rechazan”

El segundo es el de la actuación. El 82,2 % considera que el Ejecutivo no ha hecho lo suficiente y sólo el 17,8 % asume la tesis oficial de que hizo cuanto estaba en su mano. El dato adquiere su verdadero relieve al desagregarlo: lo suscriben también el 56,9 % de los votantes del PSOE y el 52,7 % de los de Sumar. La discrepancia no procede, por tanto, de la oposición, ni puede reconducirse al esquema habitual de bloques: atraviesa a los electorados que sostienen al Gobierno, que en esta materia se comportan como el resto del país.

El tercero es el del método. Ante una discrepancia tan amplia, la respuesta oficial ha consistido en atribuir buena parte de lo ocurrido en julio a los bulos difundidos en las redes sociales. Esa explicación puede servir cuando la opinión discrepante es minoritaria; resulta difícil de sostener cuando la comparten el 90,4 % de los ciudadanos y casi todos los votantes del propio partido. Invocar la desinformación deja entonces de explicar por qué existe ese convencimiento social y se limita a eludir la cuestión principal: qué ocurrió realmente en julio y por qué una mayoría tan abrumadora de españoles ha llegado a una conclusión distinta de la versión oficial.

El cuarto es el de las políticas concretas, y es el más elocuente porque permite el cotejo punto por punto. Ante los menores no acompañados, la vía gubernamental del reparto entre comunidades autónomas la respalda el 13,8 %, mientras que el 77,2 % se pronuncia por su devolución a Marruecos, mayoría que alcanza igualmente a quienes votaron al Ejecutivo. En materia de frontera, el 55 % pide su militarización y el 52,8 % sanciones a Marruecos ante nuevos incidentes, frente a una política asentada en la continuidad de la relación bilateral. El 84,4 % rechaza que Marruecos siga organizando el Mundial de 2030. Y el 66,9 % reclama la presencia del Rey en Ceuta, cuya ausencia resulta inexplicable para los ceutíes.

“La brecha que revela este barómetro no sería sólo una consecuencia de la crisis, sino que podría formar parte de sus propios objetivos”

Nada de lo anterior tiene efecto jurídico. La opinión pública no crea Derecho ni vincula al Gobierno, y no puede fundar por sí sola una decisión en materia de seguridad nacional, cuya dirección corresponde al Ejecutivo conforme al artículo 97 CE. La representación política no es mandato imperativo, y convertir un sondeo en fuente de obligaciones sería un error de método. Añádase que el trabajo de campo se cerró el 26 de agosto y no recoge, por tanto, las declaraciones posteriores. Con todo, resultados de esa magnitud no dejan de ser una advertencia para un Ejecutivo tan atento a los análisis demoscópicos.

Hay, sin embargo, una razón por la que esta disociación no puede tratarse como un contratiempo demoscópico más. La Ley 36/2015 concibe la Seguridad Nacional como un servicio público que descansa, entre otros elementos, en la implicación de la sociedad. Y si la entrada masiva del 30 y 31 de julio respondió —como sostiene el 59,7 % de los encuestados al calificarla de instrumento de presión sobre el Gobierno español— a una acción deliberada de naturaleza híbrida, uno de sus efectos característicos es precisamente la erosión de la confianza entre los ciudadanos y sus instituciones.

La brecha que revela este barómetro no sería sólo una consecuencia de la crisis, sino que podría formar parte de sus propios objetivos. Reducirla dejaría entonces de ser un problema de comunicación para convertirse en una cuestión de seguridad nacional.

A pesar de sostenerse en la historia, la soberanía de Ceuta y Melilla es innegociable

Con la singularidad de entretejerse visos geográficos y políticos y que los límites fronterizos que las envuelve son conjuntamente frontera española, europea y africana, Marruecos valora que Ceuta y Melilla son territorios ocupados y apela a diestro y siniestro, su soberanía. Con lo cual, la congoja por no decir la angustia, vuelve a surgir como algo inextinguible, ya sea por medio de crisis diplomáticas, oleadas migratorias como la acontecida recientemente, o declaraciones políticas sin el más mínimo fundamento en su exposición de hechos.

Evidentemente, ambas ciudades autónomas son el resultado de un espacio geomorfológico imponente: el Estrecho de Gibraltar. Obviamente, quien supervisa sus litorales inspecciona uno de los pórticos marítimos más significativos del planeta. Así, ha sido desde la época remota y prosigue en su accionar.

De ahí, que para quien exista el más mínimo resquicio de titubeo en cuanto a su pertenencia y españolidad, entraña conocer el umbral de estas ciudades transitando a lo largo y ancho de más de seiscientos años de historia. Pero asimismo, concebir cómo el realce del relieve junto al mar y los itinerarios comerciales han concretado las determinaciones de imperios, reinos y Estados modernos.

Lo cierto es que tras el ataque a la integridad territorial de España con la invasión de Ceuta por inmigrantes irregulares, el ministro de Justicia de Marruecos, Abdellatif Ouahbi, volvió a sacar a la palestra la reivindicación marroquí de las dos ciudades, agregando que están dispuestos a zanjar el problema mediante el diálogo.

Además, mientras Marruecos hace de gendarme, aunque habría que creerlo, para contener esa inmigración irregular, encadenó las trabas de inmigración con la política del gobierno español por la regularización masiva. Y para comprometer a España a esa negociación, hay que estar ciego para ignorar que Marruecos despliega una estrategia híbrida de doble rasero sobre el Gobierno y las dos ciudades.

De hecho, Marruecos manejó en su día (1975) una estrategia híbrida fundamentada en la imposición sobre España en su reclamación sobre el Sáhara español, con la denominada Marcha Verde, en la que participaron 350.000 voluntarios portando banderas de Marruecos y ejemplares del Corán, llevados a la zona dispuesta por España, con la certeza de que no abrirían fuego contra una masa indefensa.

Hasan II acreditó que estaba por la labor de correr el riesgo por el coste de vidas y se sirvió que en aquellos tiempos existía un gobierno frágil y un contexto internacional poco propicio al régimen franquista.

Este enfoque integrado híbrido sería la culminación de su reinado y el momento constitutivo del nacionalismo territorial marroquí, aunque no zanjó el asunto de la soberanía que todavía es el fin preferente de Marruecos. En adelante, cada 6 de noviembre se conmemora el Aniversario de la Marcha Verde que Mohamed VI dedica para acentuar la movilización en favor de la causa nacional, al igual que se encajan el resto de las demandas territoriales.

No hay que irse demasiado lejos en el tiempo para sopesar, que una vez Marruecos alcance el reconocimiento por Naciones Unidas de la soberanía del Sáhara Occidental, la reivindicación de Ceuta, Melilla y los peñones de soberanía española, será su máxima preferencia.

Como quiera que sea, conviene dejar claro en este texto, que Marruecos careciendo de base jurídica, histórica e incluso geográfica, pone en tela de juicio y cuando se le antoja, la españolidad y con ello la europeidad, de ambas ciudades.

Luego, la españolidad de Ceuta y Melilla, valga la redundancia, no pueden estar en juego constantemente. Hay que conocer de primerísima mano por medio de las fuentes documentales y hechos constatados, como un espacio geográfico se organiza y adquiere significado a través del tiempo por la acción humana de quienes allí residieron.

Y esta historia que seguidamente comenzaré y de la que sugiero al ilustre lector examine con rigor, llegue a su punto y final. Porque entonces, no quedará duda alguna de que la rojigualda ondea flamantemente en estas tierras, fruto de su idiosincrasia y pasión por su pertenencia a un gran país como España.

Ceuta y Melilla se encuadran en una de las localizaciones geográficas más estratégicas del mundo. Y es que el Estrecho de Gibraltar apenas rebasa catorce kilómetros en su estrechamiento y es el único ensamble natural entre las aguas atlánticas y mediterráneas. Por este punto reducido circulan anualmente decenas de miles de embarcaciones que conectan el Viejo Continente con África, Asia y Oriente Medio. Es más, totaliza uno de los puntos fuertes de acceso del comercio internacional. Obviamente, este aspecto convierte sus costas en un espacio pretendido desde tiempos inmemoriales.

“Conviene dejar claro en este texto, que Marruecos careciendo de base jurídica, histórica e incluso geográfica, pone en tela de juicio y cuando se le antoja, la españolidad y con ello la europeidad, de Ceuta y Melilla”

No es de sorprender que fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, musulmanes, portugueses, británicos y españoles, hayan ambicionado dominar alguno de los emplazamientos que señorean esta vereda marítima. Tampoco es coincidencia que el Reino Unido atesore Gibraltar y que España conserve como oro en paño Ceuta y Melilla. Aunque tampoco es menos, que Marruecos contemple estas ciudades un foco estratégico.

Tras el paso de los siglos, el raciocinio geográfico continúa siendo idéntico: llevar la batuta de la llave del Mediterráneo.

Dicho esto, es preciso remarcar en mayúsculas cuantas veces sean necesarias, que la incorporación de Ceuta y Melilla a la Corona Española se produjo con anterioridad a la instauración del actual Reino de Marruecos.

Primero, en 1497, Melilla quedó bajo la órbita de la Corona de Castilla, apenas cinco años más tarde de la toma de Granada y en plena penetración mediterránea de los Reyes Católicos.

La expedición emprendida por el duque de Medina Sidonia, se topó con una ciudad básicamente desamparada. Los castellanos habitaron un territorio que durante mucho tiempo se encontraba inmerso en la ruina. Los intensos combates entre los zayyaníes de Tremecén y los wattasíes de Fez debilitaron el dominio efectivo sobre la ciudad, hasta reportarla en un área casi despoblada. El modus operandi correspondió más a la usurpación de un vacío de autoridad, que propiamente a la invasión de un espacio gobernado de modo estacionario.

A decir verdad, el aliciente tampoco era únicamente militar. Castilla intentaba contener que el litoral norteafricano se transformara en un centro de operaciones desde la que corsarios y actores enemigos inquietaran las costas andaluzas.

De este modo, llevar las riendas de algunos puertos africanos comportaba amplificar el escalonamiento defensivo de la Península. Al mismo tiempo, aquel accionar llevaba impresa una maniobra mucho más profunda de lo imaginado y que llevó a la Corona a disponer posiciones en Orán, Bugía o Trípoli. Si bien, con el tiempo estas plazas acabarían dilapidándose. No obstante, Melilla perduraría bajo soberanía española hasta nuestros días.

Y segundo, la historia de Ceuta se encumbra desde tiempos bizantinos. Así, en 1415, el Reino de Portugal dirigió una campaña militar que ganó la ciudad al sultanato de Fez. Aquella actuación contempla el preámbulo de la expansión ultramarina portuguesa. Para Portugal, Ceuta configuraba un valioso mirador sobre el punto estratégico concerniente al Estrecho de Gibraltar. Al igual que un fascinante punto de referencia para inspeccionar los derroteros comerciales que engarzaban el Mediterráneo con el Atlántico y el África Occidental.

Durante poco más o menos, dos siglos, la ciudad estuvo bajo administración portuguesa hasta 1580. Ese mismo año, Felipe II adquirió la Corona portuguesa tras la crisis de sucesión del reino luso y surgió la Unión Ibérica.

El caso es que en un extensión de tiempo de setenta años, España y Portugal compartieron monarca y con esa conjunción, Ceuta se integró en la misma monarquía que por aquel entonces representaba Castilla, Aragón, Nápoles, Flandes y los territorios americanos recién descubiertos.

La desconexión se produjo en 1640, cuando Portugal rescató su independencia tras la Guerra de Restauración. Con todo, Ceuta se inclinó por una elección firme y definitiva que en adelante imprimiría su devenir: mantenerse bajo soberanía de la Monarquía Hispánica. A ello hay que añadir, que no fue ni mucho menos una imposición militar, sino que los residentes locales resolvieron por sí mismos conservar sus lazos predominantes con España, llevándolo a término en contraposición del gobernador de la ciudad, el portugués Francisco de Almeida.

De todos es conocido, que Felipe IV honró y resaltó esa fidelidad, otorgando a Ceuta el título de “Fidelísima” y distinguiendo a sus moradores la particularidad de naturales de Castilla.

Décadas más tarde, el Tratado de Lisboa (13/II/1668) que puso el punto y final definitivo al conflicto, aceptando la independencia lusa y a la nueva dinastía de los Braganza, España reconoció oficialmente su soberanía sobre la ciudad. En lo sucesivo, Ceuta ha perdurado incesantemente incorporada a España. Y repito, incesantemente, porque quien diga lo contrario, miente o lo rechaza.

Con el transcurrir de los trechos, los dirigentes de la nación que es el vigente Marruecos, jamás desistieron a reivindicar una ciudad que dominaba uno de los márgenes del Estrecho de Gibraltar. No en balde, permanecía siendo un activo estratégico para cualquier potencia con miras a encabezar la embocadura al Mediterráneo.

En base a lo anterior, he de remitirme al año 1694, cuando el sultán Muley Ismaíl desató una acometida para someter Ceuta. Sin ir más lejos, abordó un asedio que se extendería durante treinta y tres años. Ninguna ciudad europea había sufrido y resistido un hostigamiento de tales dimensiones.

En aquel tiempo y a modo de una fortificación encaramada sobre una angosta península rocosa, Ceuta estaba salvaguardada por el mar en prácticamente la totalidad de su perímetro y ensamblada al continente por un estrecho istmo defendible desde todos sus puestos. Fijémonos en las Murallas Reales, consolidadas y mejoradas durante centurias por portugueses y españoles, hacían de ese pasillo ahogado un genuino estrangulamiento para los adversarios. De manera, que mientras las milicias marroquíes aparejaban ventaja cuantitativa, sus protectores incansables contaban con la primacía determinante que implicaba el mar.

Durante diversos períodos en los que la ciudad convivía bajo las armas de modo persistente, acaecieron múltiples arremetidas sobre los baluartes e insignificantes avances, que difícilmente descomponían la primera línea, pero cada metro de superficie era defendido hasta la extenuación.

Recuérdese al respecto, uno de los incidentes más calamitosos sobrevenido en 1695. Valiéndose de una neblina baja y densa, las huestes marroquíes cogieron desprevenido al destacamento durante una de las rotaciones de turno. Aunque lograron asaltar la plaza de armas y varios guardianes fallecieron tratando de superar el puente móvil o lanzándose al foso para huir. Sin embargo, un contraofensiva que no se hizo esperar, permitió reconquistar la posición y afianzar de nuevo la coraza defensiva. Más adelante, en los preludios del siglo XVIII, España franqueaba coyunturas complicadas de su historia. La Guerra de Sucesión extenuó al estado y acto seguido la Guerra de la Cuádruple Alianza enfrentó a la monarquía borbónica contra una coalición constituida por Gran Bretaña, Francia, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio Romano Germánico.

Claro está, que tras la merma de buena parte de los territorios italianos, España precisaba sostener cuanto antes los recintos que avalaban la dirección del Mediterráneo Occidental. Ceuta, junto con Gibraltar, que desde 1704 estaba a disposición de los británicos, pasó a ser uno de los pilares cardinales del equilibrio de poder.

En 1720, compareció en la ciudad el marqués de Lede reuniendo a unos dieciséis mil soldados. Eran fuerzas curtidas en combate que acababan de luchar en los principales teatros de operaciones europeos. Su incursión forzó a los contendientes a retroceder hacia Tetuán y durante varias semanas se consideró que el bloqueo había concluido, pero el azote de una plaga de peste se explayó como la pólvora y obligó a interrumpir la campaña. En tanto, el ejército español hacía un alto en el camino con la ofensiva, las tropas marroquíes retornaron prontamente para proseguir el sitio.

El escenario cambió drásticamente en 1727, tras el anuncio de la muerte de Muley Ismaíl. Si apenas pausa, sus hijos despuntaron una guerra por la secuencia sucesoria que obligó a desistir del asedio para aspirar al trono. Una expedición consignada desde Ceuta pudo verificar in situ, que los puestos avanzados habían quedado desamparados.

Después de treinta y tres inacabables años, el asedio había finalizado y con ello, Ceuta sobrevivió a lo indescriptible. Ni que decir tiene que aquel dilatadísimo atolladero belicoso dejó un impacto imborrable en el recuerdo emocional de la ciudad.

Durante los prolegómenos del asedio, la urbe portuguesa menguó paulatinamente, mientras crecía la recalada de comerciantes y familias provenientes de la región andaluza. Simultáneamente, las conexiones con España eran más vigorosas y las relaciones con Portugal acabaron esfumándose. Recapitulando, Ceuta rebasó el siglo XVIII siendo muchísimo más española de lo que había sido en sus orígenes. El cerco que aspiraba aunar Ceuta con el Norte de África, perfiló con España el reforzamiento de su integración política, social y cultural.

En otras palabras: Ceuta, exhibió a los ojos del mundo que podía subsistir mientras atesorara la soberanía marítima. Terciados tres siglos después, esa premisa estratégica sigue siendo irrevocable.

El valor real de la ciudad jamás ha estribado en su dimensión terrestre, sino en la situación terrestre que habita. Cuando hacemos referencia a la geografía, el detalle y la descripción de la posición suele incumbir mucho más que el plano en la superficie. Pocos enclaves revelan mejor esa imagen, que esta pequeña península acomodada entre las Columnas de Hércules conocida la perla del Mediterráneo.

Llegados a este punto de la disertación, tras cinco siglos de fricción desde su fusión a España, tanto Ceuta como Melilla, son objeto de una discordia diplomática que en un futuro cercano parece no tener escapatoria. Para Marruecos, estas ciudades simbolizan los últimos indicios del colonialismo europeo en el Norte de África. En cambio, para España son como cualquier otra que satisfacen la geografía española.

Marruecos respalda que en pleno siglo XXI resulta incongruente contradecir que dos ciudades emplazadas en tierras africanas prosigan bajo la jurisdicción de España. Desde Rabat se llama a la prolongación geográfica y la argumentación de la descolonización: el estado alauita interpreta que al igual que se disolvieron los protectorados y colonias europeas en África durante el siglo XX, Ceuta y Melilla deberían formar parte íntegramente de Marruecos.

Contrariamente, el pronunciamiento de España se apresta a una deducción categórica: ni Ceuta ni Melilla, son colonias. Cuando el Imperio Jerifiano obtuvo su independencia de Francia (2/III/1956) y España (7/IV/1956), respectivamente, ambas ciudades eran parte exclusiva del territorio español. Como tampoco se atinaban incluidas en el Protectorado implantado (27/XI/1912), sino que establecían zona metropolitana con dirección propia porque eran españolas, incluso mucho antes de la plasmación del reino alauí que en nuestros días administra el país.

A la sazón, Melilla acumulaba con escasa diferencia, ciento setenta años bajo soberanía castellana y Ceuta había resuelto perpetuarse incrustada a la Monarquía Hispánica. Por eso, la polémica no versa tan solo sobre la cercanía geográfica, potencialmente influyen la pervivencia, la organización eficiente del territorio y, sobre todo, el sentir de sus pobladores.

Pero, ¿qué menciona en este sentido el ordenamiento jurídico internacional? Ocasionalmente, se simplifica la cuestión al corroborar que Ceuta y Melilla son españolas, porque el tiempo retrospectivo así lo confirma. Toda vez, que el Derecho Internacional adopta el criterio de la posesión efectiva y continuada.

En otros términos: un territorio cuyo gobierno se desempeña de manera afianzada durante siglos, con organismos o instituciones específicas, además de un conjunto poblacional consistente y legitimación internacional, fundamenta reglamentariamente su soberanía. Es lo que para los expertos o estudiosos del derecho barajan como “prescripción adquisitiva”.

A ello se engloba otro componente irrebatible: la autodeterminación.

Los ciudadanos de Ceuta y Melilla ostentan la nacionalidad española, intervienen en las elecciones generales, autonómicas y municipales y en ningún tiempo han expuesto de manera influyente el agrado por desprenderse del vínculo jurídico que lo liga con el Estado español y le atribuye la condición de residentes. Véase, que en el Derecho Internacional contemporáneo, la voz del pueblo configura un principio imprescindible para cualquier proceso de descolonización o transferencia de soberanía.

Lo anterior desentraña por qué la Comunidad Internacional no encuentra en ambas ciudades, territorios en curso de descolonización, como sí sucedió en el siglo XX con diversas posesiones coloniales. Allende de la elocuencia política imperante, desde hace décadas el tema sigue virtualmente entumecido. Amén, que las discrepancias no se zafan solamente en la esfera diplomática.

Me explico: desde hace años, Marruecos manipula como pez en el agua la regulación de los flujos migratorios como una de sus herramientas predilectas de chantaje en un ilusorio trato con España y la Unión Europea (UE).

“Esta historia que sugiero al ilustre lector examine con rigor, llegue a su punto y final. Porque entonces, no quedará duda de que la rojigualda ondea flamantemente en estas tierras, fruto de su idiosincrasia y pasión por su pertenencia a un gran país como España”

Es sabido que la contribución de las Fuerzas de Seguridad marroquíes es esencial para inspeccionar una de las divisorias externas de la Unión. Cuando el intercambio o conexión directa bilateral pende de un hilo por las tensiones, esta hipotética o incierta cooperación disminuye hasta los mínimos. Como resultó en 2021, cuando en pocas horas miles de individuos salvaron la frontera de Ceuta.

Todo se teje a que esta relajación menudea en la crisis migratoria de la que se cumple un mes y en la que otra vez, miles de sujetos vuelven a cruzar a España.

Hoy por hoy, variables intervinientes como la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico o la inmigración, conciernen a una misma balanza de poder. Ceuta y Melilla son mucho más que dos ciudades demarcatorias. Por antonomasia, concretan uno de los puntos calientes donde convergen los retos estratégicos más importantes del Mediterráneo Occidental.

A ello ha de incluirse otro ingrediente candente: la ascendente resonancia internacional de Marruecos. Durante estos últimos tiempos el país ha fortalecido su economía, al igual que ha restaurado sus Fuerzas Armada e intensificado sus nexos con Estados Unidos, la UE y otros estados africanos. Este tacto diplomático describe que el entresijo de Ceuta y Melilla aflore todavía intacto en su agenda exterior.

En consecuencia, Marruecos ha dado con la tecla para promover en el flujo inmigratorio irregular un ingenio para amplificar su pericia híbrida de presión contra España. Y esta amenaza es más eficaz cuando detecta gobiernos laxos, como ocurre con una ciudadanía fraccionada por la polarización, más un choque continuo entre gobierno y oposición, incompetentes para acordar una política exterior y de seguridad nacional.

Frente a esta estrategia de presión e influencia orquestada afinadamente, Marruecos no parece estar dispuesto a aflojar en su pulso reivindicativo de Ceuta y Melilla. Sea como fuere, Marruecos insistirá demandando políticamente estas ciudades, pero una reivindicación política no lleva instantáneamente a una aspiración territorial en un derecho internacionalmente contemplado. O sintetizado de otro modo: la reivindicación no denota un justificante jurídico.

En este recorrido temporal de pasado, presente y futuro como el expuesto en estas líneas, ni Ceuta, como tampoco Melilla, pueden ser una vía de acceso según me interese de inmigración irregular, porque lo que se encuentra en riesgo es nada más y nada menos, que la integridad territorial de España.

Queramos o no queramos verlo, la línea roja se ha rebasado hasta atrapar como perros de caza la zona gris, que inexcusablemente distingue ese margen intermedio entre paz y conflicto abierto en el que se desenvuelven acciones coercitivas, políticas o económicas, sin tocar el techo de cristal del enfrentamiento armado directo.

Ante hechos de este calado y al compás de su reincidencia, no parece sensato obstinarse en una política cimentada en empequeñecer los contratiempos o hacer la vista gorda con respecto a Marruecos.

Cuando un mismo artilugio se disfraza de presión se duplica, daña la integridad territorial, desacredita la seguridad nacional y se esgrime ecuánimemente a intereses políticos preliminarmente declarados. Tratar lo acaecido en Ceuta como un simple capítulo migratorio, deja de ser prudencia y comienza a parecer un abandono en lo que cae por su propio peso: Rabat lleva décadas avivando o reprimiendo los flujos de personas para ajustar la presión sobre España.

A quien corresponda

Los acontecimientos que se están viviendo estos días en nuestra frontera sur me obligan a manifestar mi profundo, rotundo y sincero sentimiento de lealtad y gratitud por Ceuta. Cuando llegué allí en 1979, mi vida estaba un poco desorientada, pero tras estar unos meses en el cuartel del Teniente Ruiz tuve muy claro que ése era el momento de encauzar mi camino. Allí comencé a sentar las bases de mi futuro y cada vez que miro atrás y repaso mi estancia en Ceuta lo hago con agradecimiento y cariño.

Hoy, después de 47 años, cuando la situación en Ceuta es más que delicada, cuando todos debemos aportar nuestro granito de arena por el pedazo de España que está al otro lado del Estrecho, es el momento de dar las gracias y devolver un poco de lo que allí se me dio. Gracias en primer lugar a los que allí me enseñaron a trabajar duro por lo que se quiere y a poner en valor la enseñanzas de mis mayores. Gracias a los que me hicieron ver que la vida no es farándula ni frivolidad, sino seriedad, compromiso, disciplina y altura de miras. Gracias en suma a vosotros, hoy compañeros y hermanos veteranos de Ingenieros, que con vuestro ejemplo me hicisteis comprender que lo fundamental estaba en el camino que ya me habían mostrado mis padres y que hasta entonces había considerado banal.

Pero también, y esto cobra hoy una especial dimensión, tengo que dar las gracias a la ciudad en la que maduré como lo hicieron muchos jóvenes españoles, cada uno a su manera, pero casi todos asumiendo que el paso por Ceuta marcaba el verdadero inicio de su etapa adulta, el momento definitivo del vuelo del nido, del confort de la casa familiar. Ceuta fue, para miles de jóvenes españoles, la gran escuela de la responsabilidad en cuyas aulas aprendieron además, que la Patria no es un concepto abstracto, sino la suma de los rostros de los compañeros y la tierra que se pisa.

“Ceuta fue, para miles de jóvenes españoles, la gran escuela de la responsabilidad en cuyas aulas aprendieron además, que la Patria no es un concepto abstracto, sino la suma de los rostros de los compañeros y la tierra que se pisa”

Cuando mucho tiempo después acabé mi etapa como militar profesional dije en mi despedida que los hombres y mujeres pasamos por los destinos pero que las piedras quedan. El poso que en mayor o menor medida forma el espíritu de las unidades militares se sedimenta en las piedras que las acogen y cobijan. Y aquí, ese sedimento se encuentra en cada rincón de nuestra querida Ceuta. Cada calle, cada plaza, rezuma la historia de los que por aquí pasamos. Cada rincón se ocupa con las esperanzas, los anhelos, los sufrimientos y hasta los suspiros de quienes estuvimos paseando, viviendo y creciendo material y espiritualmente en su regazo.

En mi caso, el giro copernicano que di a mi vida en aquel momento quedó indefectiblemente unido a Ceuta para siempre.

Tanto, que a pesar de haber transcurrido casi cincuenta años, recuerdo la ciudad con un cariño especial y el sitio que ocupa en mi corazón es tan importante que muchos ratos vuelvo imaginariamente a sus calles. Por eso me duele especialmente lo que ahora está pasando. Que algunos puedan siquiera pensar que se puede comerciar con ese pedazo de España, que se pueda abandonar a su suerte o que pueda ofrecerse como moneda de cambio, es algo que no puedo, que no podemos, consentir. Quienes hemos pasado por ella tenemos que requerir a quien corresponda su preservación como lo que es, un auténtico conjunto histórico, vivo por su patrimonio artístico y cultural, e inmaterial por ser el depósito del legado de tantos y tantos jóvenes.

Y digo bien: a quién corresponda, como el título de una preciosa canción de Serrat, porque los responsables políticos e institucionales de todo signo –los locos con carnet que llama el cantautor en su canción– tienen la obligación, no moral sino legal, de preservar Ceuta, sus piedras y su esencia, para que las futuras generaciones conozcan que esta ciudad no es sólo un enclave estratégico o turístico, no es una periferia ni un puesto fronterizo cualquiera, sino la depositaria de tantas y tantas historias que, con ser las nuestras, son las de España.

¡Viva nuestra Policía Nacional!

Sin duda ninguna, en España tenemos la mejor policía de Europa: la Policía Nacional, de la cual estamos muy orgullosos.

La profesionalidad, preparación, humanidad, saber estar y capacidad de actuar en los momentos más difíciles de los policías nacionales que están trabajando en Ceuta la estamos viendo a diario. No sé qué sería de Ceuta sin el gran trabajo que están haciendo.

Está claro que, desde antes de la entrada masiva orquestada por los gobernantes de Marruecos y por su rey, el Gobierno de España ya tenía que haber desplazado a muchos policías nacionales de la Unidad de Intervención Policial (UIP), así como unidades de la Guardia Civil, para hacer frente a lo que se venía encima.

Tanto a los guardias civiles como a los policías nacionales que han venido de la península, el Gobierno tiene la obligación de proporcionarles un alojamiento digno y que no les falte de nada, así como de garantizar que tengan las horas de descanso suficientes. De ninguna manera el Gobierno los puede dejar tirados y, encima, mal pagados. Lo mismo se puede hacer extensible a los policías nacionales y guardias civiles de Ceuta, que igualmente están haciendo un gran trabajo.

Los ceutíes, en su inmensa mayoría, han demostrado a diario un gran respeto y cariño hacia los agentes de la Policía Nacional, hay imágenes que son verdaderamente conmovedoras.

También hay migrantes, algunos de ellos menores, que han expresado su agradecimiento a los policías nacionales que en ese momento los estaban intentando de mantener en una cola.

La forma en que la Policía Nacional está trabajando en Ceuta, con la situación tan crítica que estamos viviendo, es impecable, digna de toda admiración y elogio.

No me puedo olvidar de resaltar el trabajo tan importante que está haciendo el Ejército.

También hay que poner en valor el trabajo de los vigilantes de seguridad, funcionarios públicos, médicos, enfermeras, auxiliares de enfermería, operarios y encargados de la empresa municipal de limpieza Servilimpce, por el gran trabajo que están haciendo, etc.

Que no quede ninguna duda de que, en esta invasión, como no puede ser de otra manera, hay unos claros responsables: los gobernantes de Marruecos y el Gobierno de España.

Los caballas debemos estar unidos y exigir soluciones rápidas, pero, a la vez, mantener la calma y dejar que la Policía, la Guardia Civil y demás cuerpos que están trabajando puedan hacerlo.

La tensión o los enfrentamientos tampoco traerían nada bueno.

Es comprensible que los ánimos estén calientes y que haya una gran desesperación entre los ceutíes, pues lo que estamos viviendo no es para menos. Pero, aun así, aunque es difícil, lo mejor es que no haya enfrentamientos ni perder esa humanidad que siempre nos ha caracterizado.

Melisa y Patricia

A nada de llegar a Algeciras desconecto de la realidad. Quiero no pensar, borrar este mes terrible para Ceuta, imaginarla como siempre, abrazada al Atlántico y al Mediterráneo, rodeada de mar, vigilada por pavanas que surcan las olas.

Salgo a las 5 de la mañana desde la ciudad de las palmeras que siempre esperan mi vuelta. Voy ligero de equipaje preparado para todo y para nada. Conforme pasan los años habito en la incertidumbre sin importarme dónde me llevará el río de Heráclito.

Lllevo viajando en BlaBlaCar muchos años, acumulo 60 viajes, 60.000 Kilómetros, 20 destinos por la piel de toro y haciendo amigos: en pocas horas nos contamos la vida, sabremos que, posiblemente, no volvamos a coincidir nunca más. Es la sensación de resumir en muy poco tiempo todo una vida. Personas anónimas y desconocidas comparten historias vitales, experiencias, culturas…un reguero de conversaciones en las que el alma toma la palabra.

Los trayectos Elche/ Algeciras son habituales en Verano, primavera e invierno, siempre coinciden con las vacaciones del instituto. Me pregunto quiénes serían mis compañeras del bla blacar, con qué personas compartiría las próximas 6 horas efímeras.

El destino me hizo coincidir con Melisa y Patricia; con ellas te irías a recorrer el mundo. Es posible que el destino tenía previsto este encuentro.

Melisa era Venezolana, se enamoró y se quedó en España comenzando otros capítulos: trabajo, amigos, experiencias, proyectos. Nos relató la agonía de Venezuela, el pasado terremoto en el que murieron dos amigos y una nostalgia disipada de nostalgias de su país, ya tan lejano.

Patricia era la calma, el sosiego, la luz que despide cualquier tempestad. Ser azafata de vuelo le permitía perderse por distintas ciudades, callejear lo invisible y palpar un aire limpio y relajado. Me recomendó una película que parecía retratar su alma, ‘Perfect Days’, el mensaje se basaba en la coexistencia de la alegría y la tristeza, la belleza de la vida y el peso de la soledad.

También me regaló un texto de Anaís Nin: “ A veces la vida es tan intensa o compleja que resulta imposible ponerla en palabras.” ( Diario íntimo de Anaïs Nin).

Hubo tiempo para saborear un bizcocho de calabaza, un café y contar las desventuras de Rogelia y Patricia, dos gallinas que se hacían la vida imposible.

Melisa y Patricia, viento en popa hacia Barbate Zahara de los Atunes, el Palma, Vejer de la Frontera y Tarifa.

Somos polvo de estrellas, partículas que coinciden en universos a millones de años luz.

La inacción del Gobierno resulta insoportable

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, daba este lunes su primera entrevista a un medio de comunicación tras el estallido de una crisis en Ceuta que ha terminado situándose en el foco nacional e internacional.

Lo que sucede a este lado del Estrecho no es algo que deba entenderse en clave local, muy al contrario, las consecuencias de las gestiones políticas que aquí se adopten tendrán su efecto en todo el país.

El movimiento de apoyo que se ha hecho fuerte en otros territorios ha servido, además, para que este asunto no se olvide y adquiera el protagonismo que debe.

El amparo e implicación de buena parte de los medios de comunicación nacionales es y será determinante para que Ceuta siga en el foco, en el objetivo, se hable de ella y de todo lo que se ha soportado, así como sus consecuencias.

Es importante, ayuda, sirve de calor a una ciudad que ha tenido que sufrir durante muchísimo tiempo el peso del olvido. Y eso es malo. Que hablen de Ceuta, pero además que hablen estando aquí, es importante ya que ayuda a entender que está sucediendo realmente, abre esa ventana transparente que se nutre de los principales testimonios de las personas que están en esta tierra, que entienden lo sucedido, que no hablan desde un plató sin haber pisado antes este lado del Estrecho para entenderlo, para asimilar la gravedad de lo ocurrido.

La entrevista concedida por Pedro Sánchez sirvió para aclarar más bien poco sobre lo sucedido, pero sí para insistir en una clave: exculpar a Marruecos. Una insistencia que choca con cualquier reflexión basada en la más pura conclusión racional, es imposible que miles de personas intenten el cruce sin que el país vecino no solo lo capte sino también que actúe.

“Seguimos investigando”, dijo el presidente Sánchez justo un mes después del que sin duda es el episodio más grave asociado a la seguridad nacional.

El Gobierno de España tiene cuantiosos recursos para conocer más datos, para saber qué movimiento de personas se produjo y por qué. Los tiene en cantidad y debe ofrecer respuestas rápidas porque todo un pueblo las requiere. Más aún en un momento de tantísima tensión que amenaza con una quiebra social que sería el desastre para esta tierra.

El presidente Pedro Sánchez aportó datos, habló de políticas, ofreció una radiografía de lo que está pasando, pero no facilitó claridad para una sociedad, la de Ceuta, que la necesita más que nunca.

No facilitó confianza, una palabra necesaria para los ceutíes, los hombres y mujeres que integran un pueblo que está cansado de soportar esta falta de reacción y celeridad para recuperar la normalidad.

No aportó confianza, tampoco cercanía, empatía e implicación ante todo lo que está ocurriendo.

Ni siquiera ha contactado con el presidente de la Ciudad, Juan Vivas. Es algo más que un detalle, no hacerlo supone una reacción deplorable.

Seguimos asistiendo a situaciones tan graves como la que están sufriendo los vecinos de Loma Colmenar, con enfrentamientos, reyertas, ocupaciones de la barriada, asentamientos frente al embolsamiento…

Cualquier día sucederá una desgracia si no se actúa con rapidez, si no se interviene para empezar a poner orden en un auténtico caos.

Ceuta lleva tiempo soportando una calma tensa, el Gobierno de la Nación no se puede permitir el lujo de que esta situación vaya a más hasta que explote.

La inacción es insoportable. Del presidente de todos los españoles se esperaba mucho más. No son tiempos para las campañas de imagen, son tiempos para dar la talla ante una sociedad que puede echarse a perder.

Los vecinos de Otero vuelven a protestar contra la acogida de inmigrantes

Decenas de vecinos de la colonia militar de Otero se han concentrado este lunes a las 20:30 horas a las puertas de la antigua fábrica de harina para mostrar nuevamente su rechazo a la habilitación de estas instalaciones como espacio de acogida de inmigrantes.

La protesta, convocada por Antonio Seoane, miembro de la Junta Directiva de la Asociación Profesional de Suboficiales de las Fuerzas Armadas (ASFASPRO), ha contado con la presencia de familias de militares residentes en la zona, que denuncian la falta de información por parte del Ministerio de Defensa. 

“Ceuta no es un CETI”

Los vecinos aseguran que desconocen los detalles sobre el uso que se pretende dar al inmueble, pese a encontrarse anexo a edificios en los que viven militares destinados en la ciudad y sus familias.

Durante la protesta se han podido escuchar diferentes cánticos como “un caballa nunca se rinde”, “Ceuta no es una CETI” o “Delegado dimisión”.

Los asistentes también han entonado conjuntamente el himno de España. Entre los participantes había familias y menores, dos de ellos han portado pancartas con mensajes como “Los niños también tenemos derechos”.

Los vecinos reclaman seguridad y más información

La portavoz de los vecinos afectados, Inmaculada Cadavieco, ha trasladado la preocupación de las familias por la ausencia de comunicación oficial.

En su comunicado, ha señalado que existe “falta de comunicación y desinformación por parte del Ministerio de Defensa” respecto a una situación que afecta directamente a las familias de los militares destinados en Ceuta.

“Somos ciudadanos, españoles, vecinos de Ceuta y reclamamos algo tan básico como seguridad, tranquilidad y protección”, ha manifestado Cadavieco.

Críticas a la Margarita Robles

En este sentido, los vecinos han dirigido sus críticas directamente a la ministra de Defensa, Margarita Robles, preguntando “¿quién protege a nuestros militares y a sus familias?”.

Esta vecina ha recordado que muchos militares permanecen fuera de Ceuta por motivos de servicio o misiones, mientras sus familias continúan residiendo en la ciudad, y otros desarrollan labores de patrulla.

“¿Cómo pueden desarrollar su trabajo con total eficacia, sabiendo que el lugar de residencia propio y de sus familias no tiene las condiciones de seguridad necesarias?”, se preguntan.

Peticiones

Los vecinos también han querido dejar claro que reconocen el derecho de quienes solicitan asilo y protección internacional a que sus peticiones sean examinadas conforme a la legislación.

No obstante, reclaman que los procedimientos de retorno o devolución se ejecuten con rapidez cuando legalmente corresponda.

Rechazan estos espacios

Entre sus principales reivindicaciones se encuentra que las instalaciones militares en uso o situadas junto a viviendas, barrios o zonas residenciales no sean utilizadas como solución permanente.

“Pedimos algo muy concreto”, trasladaron. En primer lugar, que no se utilicen este tipo de instalaciones como respuesta permanente y, en segundo, que las autoridades proporcionen información actualizada a los vecinos afectados.

“No queremos enfrentamiento, queremos soluciones. No queremos odio, queremos seguridad, planificación y cumplimiento de la ley”, concluyó. 

ASFASPRO alerta del riesgo para las familias

Antonio Seoane, en representación de ASFASPRO, ha explicado que la asociación ha querido acompañar a los vecinos ante el temor de que la situación de tensión que se está viviendo en determinados puntos de la ciudad pueda terminar afectando también a los vecinos.

“Desde la Asociación Profesional de Suboficiales de las Fuerzas Armadas hemos venido a apoyar este movimiento de los vecinos dado el temor que tenemos a que la escalada de violencia que se está produciendo hacia las unidades que patrullan se pueda trasladar a la zona de vivienda donde residen las familias de sus militares”, declaró.

Temor a un incidente mayor

La asociación ha vuelto a reclamar al Ministerio de Defensa medidas para reforzar la seguridad de los militares y reducir los riesgos durante el desempeño de sus funciones. Seoane ha pedido “seguridad personal, seguridad jurídica” y un marco de actuación claro para los miembros de las Fuerzas Armadas.

Asimismo, ha reclamado que se establezcan “instrucciones adecuadas” y que, conforme al marco jurídico, los militares puedan ser reconocidos como agentes de la autoridad.

“Esperamos que el Ministerio de Defensa recoja estas palabras porque tememos que en el caso de que exista algún incidente de mayor gravedad no sabemos dónde vamos a tener que ir para pedir responsabilidades penales”, ha advertido.

Marruecos condena a un año de prisión a un joven por subir a redes vídeos sobre inmigración

El Tribunal de Primera Instancia de Tánger (norte de Marruecos) ha condenado este lunes a un año de prisión a Yassine El Mrabet, un joven de 28 años arrestado tras publicar varios vídeos en sus redes sociales sobre las condiciones de vida en el país y la crisis migratoria hacia España, que todavía escribe un hito en Ceuta.

La Fiscalía imputó a El Mrabet los delitos de «incitación a cometer delitos a través de medios electrónicos» e «injurias a funcionarios públicos», según un comunicado de la Asociación de Derechos Humanos de Marruecos (AMDH).

El juicio se celebró este lunes sin la presencia de representación legal debido a la huelga nacional de abogados, una circunstancia que, según la familia y la ONG de derechos humanos, vulneró las garantías de un juicio justo.

«Detenido arbitrariamente» por policías de paisano

En declaraciones a EFE, su hermano, Abderrahim El Mrabet, denunció que el joven fue «detenido arbitrariamente» por policías de paisano en su propio puesto de trabajo en Tánger y, posteriormente, fue interrogado por sus publicaciones en Facebook e Instagram.

En los vídeos, eliminados por las autoridades, el joven realizaba comentarios críticos sobre la situación social, diciendo frases como «no hay nada que hacer en este país» o «qué vergüenza, no están educados estos agentes de las fuerzas auxiliares», acompañadas por música vinculada a la ‘harraga’ (movimiento de migración irregular).

Asimismo, las imágenes mostraban inmigrantes cruzando la frontera, emoticonos con las banderas de España y la Unión Europea (UE), y en uno de ellos aparecía una embarcación similar a una patera con decenas de jóvenes.

El detenido no entró en Ceuta hace un mes cuando lo hicieron 80.000 personas

Según su familiar, el detenido no trató de entrar irregularmente a Ceuta, ciudad española ubicada en el norte de África a la que cruzaron más de 80.000 personas hace un mes, sino que difundió vídeos «grabados por él o compartidos» con canciones de protesta.

Estas canciones «hablan de la situación en Marruecos, del desempleo, de la gente que quiere huir, que no tiene trabajo o que no tiene acceso a la sanidad. Es decir, las cosas que empujan a los jóvenes a huir del país», declaró a EFE Hakim Sikouk, presidente de la AMDH de Rabat.

La asociación de derechos humanos convocó una concentración de solidaridad frente al Tribunal y exigió la puesta en libertad de Yassine El Mrabet al considerar que esta detención «es arbitraria» y se enmarca dentro del «acoso sistemático a la libertad de opinión y el derecho de expresión».

A las muestras de apoyo se sumó la organización Juventud de la Vía Democrática de los Trabajadores, que emitió un comunicado en el que acusó a las autoridades de empujar a las nuevas generaciones «hacia la patera de la muerte y la migración forzada».