Ceuta se vuelca con sus militares y convierte la concentración de ATME en un clamor histórico de apoyo

La Asociación de Tropa y Marinería Española (ATME) quiere trasladar públicamente su profundo agradecimiento a la ciudadanía de Ceuta y a los militares desplegados en la ciudad autónoma por el extraordinario apoyo mostrado durante la concentración celebrada el día 16, a las 20:00 horas, en la Plaza de los Reyes. La respuesta social fue tan masiva y tan contundente que resulta difícil encontrar palabras que describan con precisión la fuerza y la emoción de ese respaldo.

La asistencia de miles de ceutíes, junto a militares, familiares, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y otros servidores públicos, evidenció de manera inequívoca que la sociedad ceutí reconoce el papel esencial que las Fuerzas Armadas desempeñan en la defensa de la integridad territorial y en el apoyo directo a la población. La ciudadanía expresó alto y claro que las condiciones actuales de los militares son humillantes, y que es urgente avanzar hacia un modelo profesional digno, moderno y plenamente reconocido.

ATME desea poner en valor la valentía, entrega y espíritu de sacrificio demostrada por los militares desplegados en Ceuta, así como el compromiso de sus familias, que han acompañado y apoyado cada paso de esta situación excepcional. El pueblo ceutí ha dejado claro que no estamos solos: quiere a sus militares, quiere más efectivos, quiere profesionales mejor preparados y quiere un reconocimiento de la carrera militar como de riesgo, con derechos y garantías acordes a la responsabilidad que asumen.

La concentración del día 16 constituye un hecho histórico para la democracia y la sociedad española. Una asociación humilde, formada por tropa y marinería, logró reunir a una cantidad de ciudadanos sin precedentes en apoyo a sus militares, demostrando que la sociedad exige unas condiciones laborales dignas, el fin de la temporalidad a los 45 años, y un reconocimiento real del servicio que prestan las Fuerzas Armadas.

ATME quiere destacar también el apoyo institucional recibido por parte del presidente de la Ciudad Autónoma de Ceuta, Juan Jesús Vivas, y de los partidos políticos que aceptaron reunirse con la asociación, como Partido Popular y VOX, que estuvieron presentes tanto en la concentración como en los encuentros posteriores. Este respaldo refuerza la legitimidad de las reivindicaciones y demuestra que Ceuta está comprometida con sus militares.

La palabra éxito se queda corta. La palabra gracias resulta insuficiente. ATME no va a olvidar este día, ni va a dejar en el olvido a Ceuta ni a sus militares. La asociación seguirá luchando, seguirá peleando y seguirá exigiendo al Ministerio de Defensa y al Gobierno que cumplan con quienes son garantes de la libertad y que merecen una carrera profesional digna.

Ceuta ha hablado con claridad: Ceuta está con sus militares. ATME responde con la misma firmeza: Ceuta no está sola.

La crisis que cambió Ceuta y que casi hemos olvidado

Han pasado treinta años y, sin embargo, hay recuerdos que no necesitan fotografías para permanecer intactos. A veces basta con volver a caminar por la Plaza de los Reyes, por la Plaza de Correos o por El Boquete para regresar a aquella Ceuta de mediados de los noventa en la que muchos de nosotros todavía éramos adolescentes y no alcanzábamos a comprender que, mientras jugábamos en la calle, nuestra ciudad se aproximaba a una de las crisis comerciales más duras de su historia reciente.
Yo pertenecía a una generación de niños de una comunidad hindú entonces rebosante de familias jóvenes, comercios y actividad. Éramos de la misma quinta y compartíamos colegio, recreos y tardes enteras jugando al escondite, al 1, 2, 3 o improvisando un partido de fútbol donde hubiera sitio. Kumar, Annu, Noni, Sanjay, Sonu, Jeetu, Rambularam, Rahul, Vishal, Bharti, Sachin, Daneshi, Puni, Pinky, Manisha, Kavita, Savika, Reshmiti, Shakira… nombres que forman parte de mi infancia y que, con el paso de los años, fueron desapareciendo de Ceuta. Canarias, la Costa del Sol y otros lugares de la Península se convirtieron en el destino de muchas de aquellas familias.
Y sí éramos conscientes de que se marchaban. Hubo despedidas. Sabíamos que algunos de nuestros amigos se iban de Ceuta porque sus padres habían tenido que cerrar sus negocios o porque ya no podían continuar con la actividad que durante años había sostenido a sus familias. Empresarios que habían trabajado por cuenta propia terminaron encontrando empleo para otras empresas en Lanzarote, Las Palmas, Málaga y otros lugares. Nosotros quizá no comprendíamos todavía la dimensión económica de lo que estaba sucediendo, pero sí entendíamos algo mucho más sencillo y doloroso: un amigo se marchaba y al día siguiente ya no estaría en el colegio, ni en el recreo, ni jugando con nosotros en la plaza.


Aquella sucesión de despedidas también terminó afectándome a mí. En 1996, con muchos de mis amigos dejando Ceuta y en medio de aquella incertidumbre familiar, la tristeza pudo conmigo y yo también me marché durante diez meses a la India. Mientras mi familia entera se quedó aquí, afrontando la crisis y tratando de sacar adelante el negocio, yo viví desde la distancia aquellos meses en los que tantas cosas estaban cambiando en mi ciudad y en mi propia familia. Después regresé a Ceuta, pero aquella experiencia quedó inevitablemente unida en mi memoria a una etapa en la que nuestra generación empezaba a dispersarse.
Ceuta había desarrollado durante décadas un modelo comercial extraordinariamente dependiente de Marruecos. Su régimen fiscal, su puerto y su posición geográfica favorecieron un importante sector importador y mayorista que abastecía un mercado infinitamente mayor que el de la propia ciudad. Miles de ciudadanos marroquíes cruzaban diariamente la frontera y adquirían mercancías que posteriormente introducían en Marruecos, en lo que con el tiempo terminamos denominando «comercio atípico».
La dimensión de aquel fenómeno no era precisamente anecdótica. Ya en diciembre de 1993 se advertía en el Congreso de los Diputados de que la mayor parte de las compras realizadas por determinados importadores de Ceuta tenía como destino Marruecos y de que una ciudad de nuestro tamaño era incapaz de absorber por sí sola el volumen de mercancías que reflejaban las estadísticas. Se trataba de un comercio basado muchas veces en grandes volúmenes, márgenes reducidos y una rápida rotación de las existencias. Dicho de otra manera: mientras la mercancía circulaba, el sistema funcionaba; si dejaba de circular, el riesgo para el empresario era enorme.


Las cifras ayudan a comprender la magnitud de aquella economía. Un estudio elaborado años después por Analistas Financieros Internacionales y la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas, encargado por el Ministerio de Agricultura, calculó que solamente en alimentos y tabaco el flujo irregular hacia Marruecos desde Ceuta y Melilla había alcanzado los 43.310 millones de pesetas en 1994 y los 36.004 millones en 1995. Y hablamos únicamente de dos grandes grupos de productos, no del conjunto de mercancías que alimentaban aquel circuito comercial.
El año 1995, además, había sido complicado. España y Marruecos atravesaron fuertes tensiones por el acuerdo pesquero con la Unión Europea y permanecían abiertas las habituales discrepancias políticas entre ambos países. Gibraltar aparecía recurrentemente en el discurso marroquí como argumento comparativo frente a Ceuta y Melilla, aunque se tratase de realidades históricas y jurídicas diferentes. No fue Gibraltar, por tanto, la causa de la crisis comercial que sufriríamos después, pero sí formaba parte de aquel escenario de relaciones hispano-marroquíes permanentemente sometidas a altibajos.
A todo aquello se añadió la presión migratoria. En octubre de 1995, Ceuta vivió los graves Sucesos de El Ángulo, en pleno entorno de las Murallas Reales, donde un numeroso grupo de inmigrantes subsaharianos permanecía hacinado en condiciones extremadamente precarias. Los disturbios dejaron decenas de heridos y un agente de la Policía Nacional resultó herido de bala. Como respuesta, el Gobierno anunció la llamada «impermeabilización» de la frontera, con nuevas alambradas, iluminación, cámaras térmicas, visores nocturnos y un importante refuerzo de los medios de vigilancia. Días después, tras el desalojo de El Ángulo, los inmigrantes fueron trasladados al campamento de Calamocarro, que se convirtió durante meses en el símbolo de aquella crisis humanitaria y fronteriza.
Ceuta estaba cambiando y todavía no éramos conscientes de cuánto.


Pero para el comercio el verdadero golpe llegó entre finales de 1995 y comienzos de 1996, cuando Marruecos puso en marcha la llamada campaña de assainissement, literalmente de «saneamiento». Bajo el reinado de Hassan II, las autoridades marroquíes emprendieron una operación de enorme alcance contra el contrabando, el fraude y la corrupción. Lo que inicialmente se presentaba como una limpieza del sistema económico terminó convirtiéndose en una campaña de una dureza extraordinaria que alcanzó a empresarios, comerciantes y altos funcionarios, incluidos responsables de la propia Administración de Aduanas.
El fenómeno que Marruecos pretendía combatir tenía dimensiones gigantescas. Algunas estimaciones de la época situaban el conjunto del contrabando marroquí de 1994-1995 en alrededor de 3.000 millones de dólares y señalaban expresamente el enorme flujo de mercancías procedente de Ceuta y Melilla que abastecía no solo el norte marroquí, sino mercados que llegaban hasta Fez, Rabat o Casablanca. Durante los primeros meses de 1996 se sucedieron controles, barreras y operaciones contra aquel circuito.
Ceuta recibió el impacto inmediatamente.
El problema no era únicamente que se vendiera menos. El modelo mayorista necesitaba rotación. Había mercancías compradas, almacenes llenos, compromisos adquiridos y gastos que seguían existiendo aunque el comprador hubiera desaparecido de un día para otro. La campaña marroquí interrumpió bruscamente unas relaciones comerciales que durante años habían sostenido una parte muy importante del sector privado ceutí. Y cuando una economía pequeña depende tanto de una frontera, cualquier decisión adoptada al otro lado termina atravesándola, aunque políticamente se pretenda lo contrario.
Mi familia fue una de las que sufrió aquel golpe.


Mi padre tenía un negocio mayorista dedicado principalmente a ropa y otros artículos: pijamas, zapatillas, mantelería, sábanas… No éramos una de aquellas grandes familias empresariales que disponían de patrimonio inmobiliario, inversiones u otras actividades capaces de amortiguar una crisis. Éramos una familia de clase media que dependía del trabajo y de un negocio que durante años había funcionado razonablemente bien.
Hasta que dejó de hacerlo.
Recuerdo especialmente la frustración de mi padre cuando comprendió que tenía que abandonar el mundo mayorista y empezar prácticamente desde cero. Acostumbrado a otro volumen de negocio, un día resumió su situación con una frase que nunca he olvidado: cómo iba él, acostumbrado a contar billetes, a ponerse ahora a contar monedas, aquellos duros que todavía utilizábamos entonces.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Decidió quedarse en Ceuta y reinventarse. El negocio cambió completamente: bazar, golosinas, pequeño comercio, aquello que permitiera seguir adelante. Mi hermano mayor, junto con mi padre, tomó las riendas del negocio y, poco a poco, la familia consiguió atravesar aquellos años difíciles. No hubo ninguna épica extraordinaria; hubo trabajo, preocupación, orgullo, discusiones, sacrificios y la obligación cotidiana de abrir nuevamente la persiana al día siguiente.


Muchas otras familias tomaron una decisión diferente y perfectamente comprensible: marcharse. Y quizá sea aquí donde aquella crisis dejó una de sus huellas más profundas y menos contadas en la comunidad hindú de Ceuta. Una comunidad que hasta entonces rebosaba familias, niños y negocios vio cerrar numerosos comercios y marcharse a muchas de las personas que habían formado parte de su vida cotidiana. No se fueron solamente empresarios; se fueron matrimonios, hijos, hermanos, amigos y generaciones enteras que comenzaron de nuevo lejos de la ciudad en la que habían construido su vida.
Para una comunidad relativamente pequeña como la nuestra, aquella salida se notó de una manera enorme. Cada negocio que cerraba no significaba solamente una persiana menos; muchas veces detrás venía una familia que preparaba las maletas. Y cuando esas familias se marchaban también desaparecían compañeros del colegio, vecinos, amigos de nuestros padres y niños con los que habíamos crecido. Parte de aquella comunidad hindú numerosa y llena de vida se dispersó por Canarias, Málaga, la Costa del Sol y otros lugares de España. La comunidad que quedó en Ceuta fue haciéndose mucho más reducida, y quienes conocimos la de aquellos años todavía podemos percibir hoy ese vacío.
Por eso, cuando recuerdo la crisis de 1996, no recuerdo solamente estadísticas económicas. Recuerdo ausencias.


Treinta años después vuelvo inevitablemente a aquellos años porque Ceuta atraviesa nuevamente una grave crisis fronteriza. Sería un error afirmar que estamos ante la misma situación que en 1996: no lo estamos. Las circunstancias son diferentes y también lo son sus dimensiones migratoria, humanitaria, económica, social y de seguridad. Pero hay un paralelismo que me resulta difícil ignorar: una ciudad pequeña y extraordinariamente vulnerable a cuanto sucede a su alrededor vuelve a vivir momentos de tensión e incertidumbre que afectan a la confianza, al comercio, a la hostelería, al turismo y, sobre todo, a la percepción que los propios ceutíes tenemos de nuestro futuro. Más allá de interpretaciones políticas o de cómo cada cual quiera denominar lo que está ocurriendo, creo que existe un deseo mucho más sencillo que compartimos muchos ceutíes: recuperar nuestra normalidad, vivir con seguridad y tranquilidad y continuar siendo esa ciudad en la que distintas culturas y comunidades hemos aprendido a convivir en paz.
En 2026 volvemos a escuchar conversaciones que me resultan inquietantemente familiares: empresarios preocupados, familias que sienten inseguridad, inversiones que se aplazan, negocios que hacen cuentas y ciudadanos preguntándose si sus hijos tendrán aquí las oportunidades que necesitan. Las primeras estimaciones han situado en decenas de millones de euros las pérdidas directas del sector privado, con importantes descensos de actividad en comercio, hostelería y turismo. Otra vez aparece una palabra que en economía es tan importante como las cifras: confianza.


Y eso es precisamente lo que une, a mi juicio, 1996 y 2026: no las causas ni las circunstancias, sino la fragilidad.
Hace treinta años descubrimos dolorosamente hasta qué punto Ceuta podía depender de decisiones políticas y económicas tomadas fuera de sus escasos veinte kilómetros cuadrados. Descubrimos que una frontera podía transformar en cuestión de semanas un modelo de negocio construido durante décadas y que detrás de cada cierre había empleados, familias y niños que terminaban haciendo las maletas.
También aprendimos algo más: que los problemas migratorios no desaparecen simplemente porque dejemos de mirarlos. En 1995, cientos de personas subsaharianas permanecieron durante meses en condiciones precarias, primero en distintos puntos de la ciudad y posteriormente en Calamocarro. En junio de 1996 todavía había más de trescientas personas en aquel campamento y las propias autoridades ceutíes advertían del riesgo de que se reprodujeran los graves incidentes del año anterior. La historia debería servir, al menos, para reconocer determinadas señales antes de que los problemas vuelvan a desbordarnos.


Por eso quizá no estaría de más recuperar la memoria de aquella crisis ahora que se cumplen treinta años. No para comparar artificialmente dos momentos históricos diferentes ni para alimentar el miedo, sino precisamente para evitarlo. Una ciudad que conoce su historia dispone de algo que no tenía la primera vez: experiencia.
Yo miro hacia atrás y veo a mis amigos jugando en la Plaza de los Reyes. Después recuerdo las despedidas y cómo fueron marchándose. Veo el negocio de mi padre cerrar una etapa y abrir otra mucho más modesta. Veo a una familia que decidió quedarse cuando probablemente habría sido más fácil buscar otro lugar. Y cuando miro la Ceuta de hoy comprendo que mi preocupación no consiste solamente en saber cómo saldremos de esta crisis, sino en preguntarme qué Ceuta quedará cuando salgamos de ella.
Porque las crisis terminan. Lo verdaderamente importante es evitar que se lleven por delante una generación, que nuestros jóvenes vuelvan a pensar que su única salida está al otro lado del Estrecho y que dentro de treinta años otro ceutí tenga que escribir, con los nombres de sus propios amigos, un artículo parecido a este.
La historia está para recordarla, pero sobre todo para aprender de ella. Y quizá defender Ceuta sea también eso: conocer lo que nos ocurrió, reconocer nuestras vulnerabilidades, exigir soluciones antes de que sea demasiado tarde y trabajar para que quedarse en esta ciudad vuelva a ser una elección de futuro y no simplemente un acto de resistencia.


Y quizá no haya mejor día para terminar estas líneas que hoy, coincidiendo con la festividad hindú de Ganesha, el Señor que remueve los obstáculos y abre los caminos. Mi plegaria es por Ceuta: que ningún obstáculo nos haga perder aquello que somos, que sepamos encontrar el camino cuando parezca cerrarse y que nuestros hijos puedan seguir construyendo aquí su futuro. Que Ganesha nos conceda la sabiduría para aprender de nuestra historia, la fortaleza para afrontar el presente y la esperanza para seguir creyendo en esta tierra. Que así sea.

Por Prakash Ratan Mirchandani

El Comentario Inocente

En la invasión que se produjo en Ceuta desde Marruecos por unos 80.000 invasores engañados y aparte de la importancia del tema en sí, hay dos asuntos que trascienden por su importancia. Uno es la escalofriante cifra de muertos intentando pasar la frontera por mar que se cifra nada menos que en unos 140 personas y que fueron enterrados en el cementerio ceutí de Sidi Embarek. Otro asunto de gran trascendencia, aunque en otro orden de cosas, ha sido la revolución que se ha materializado sin organización alguna y de forma espontánea en ciudades y organizaciones de toda España, en contra de la citada invasión y adhiriéndose a Ceuta en su reivindicación de volver a la seguridad y respeto de sus fronteras.
Dentro del citado capítulo de las movilizaciones a favor de Ceuta, han tenido especial importancia la afluencia a Ceuta de las directivas que representan a diversas organizaciones jurídicas, de farmacia, médicas e incluso empresariales.
En lo que se refiere a estas últimas, la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), celebró en Ceuta la reunión de su Junta Directiva y Comité Ejecutivo bajo la presidencia de Antonio Garamendi Lecanda y a la que asistieron más de 30 dirigentes de los sectores y territorios más importantes de toda España.
En un apretado programa, pudieron conocer de primera mano la realidad de Ceuta y la grave situación en que se encuentra esta ciudad.
En los encuentros con los medios de comunicación y con miembros de la Confederación de Empresarios de Ceuta (CECE), se intercambiaron impresiones y quedaron claras las conclusiones del empresariado español después de conocer a fondo el problema, visitar los puntos más conflictivos y entrevistarse con todos los organismos implicados.
En la explicación que se ofreció por los empresarios locales quedó claro que la invasión debió ser conocida por Marruecos al generarse una avalancha de setenta u ochenta mil personas hacia la frontera. Igualmente, que el Gobierno español debió tener conocimiento de este atentado contra nuestra soberanía. Todos coincidieron en que lo importante y urgente es que Ceuta recupere su situación anterior de paz y tranquilidad, devolviendo a Marruecos los miles de invasores que actualmente ocupan y saturan la ciudad.
Para esto, tanto CEOE como múltiples organizaciones empresariales nacionales ofrecieron todo su apoyo y colaboración, especialmente si se requiere una modificación de la legislación actual mediante un Real Decreto Ley u otro instrumento para que en pocos días pueda resolverse la situación.
El resumen, es que cada uno de los dirigentes de CEOE que regresaron a sus ciudades, han contemplado la dramática realidad y abandono estatal que sufre Ceuta y han asumido el compromiso de colaborar en su ámbito de actuación en lo que sea posible para que el Gobierno de España tome las decisiones correspondientes a fin de que Ceuta recupere su vida anterior y los invasores, inmigrantes ilegales o como se les quiera llamar, regresen a su tierra a la mayor brevedad posible.

ORGANIZACIONES EMPRESARIALES QUE VIAJARON A CEUTA: CEOE, CEA, CEPYME, ATA, SEOPAN, CEIM, IEE, UNESPA, ABANCA, CEV, SARNAUTO, CECAM, FOES, CEOE ARAGÓN, CEG, FADE,CONFECAT,CEHAT, CROEM, CES, CEME,CREEX,CAEB,FADECO,ASEDAS, CEHE, FOMENT DEL TRABALL NACIONAL…

El corazón roto

Con la invasión y ataque a la frontera de Ceuta con la entrada de más de ochenta mil inmigrantes se rompió el corazón de la ciudad y lo que es más grave el corazón de los más de ochenta mil ceutíes que vivimos en la ciudad.
¿A quien le importa? Todos somos testigos del caos que se vive en la ciudad, caos sanitario, de educación, de seguridad, de limpieza y para que seguir, lo vivimos aquí los ceutíes desde hace más de un mes y no se aplican soluciones urgentes para que nuestros hijos, nietos, padres y en general todos los ciudadanos podamos vivir en libertad, sin miedo, sin ansiedad y con unas mínimas garantías de poder recobrar la tranquilidad y la convivencia de la que siempre nos hemos sentido orgullosos.
Sí, nos han roto el corazón y no sabemos porque ni quien es el responsable por acción u omisión
CEUTA no puede ser un CETI gigantesco, queremos vivir en paz y armonía y con unas calles seguras donde nuestros hijos puedan vivir en paz.
Estos miles de inmigrantes tienen que retornar a su país de origen y nuestro Gobierno está obligado a modificar, por los medios que estime oportuno, las Leyes que impiden este retorno.
Los ceutíes no podemos más, no aguantamos más.
Gracias a los millones de españoles que dia a dia nos muestran su apoyo y solidaridad.

Cartas de apoyo a los ceutíes

Recuerdo que durante la pandemia se puso en marcha una iniciativa que consistía en enviar cartas a aquellos que estaban hospitalizados por Covid, y por tanto aislados, para que sintiesen la cercanía humana.
Hoy en día somos muchos, muchísimos, los que estamos viviendo la tragedia de Ceuta como si estuviese ocurriendo en la puerta de nuestra casa, porque de alguna manera es así. Salvo estar pegados a las noticias, manifestarnos si hay una convocatoria y esperar a que haya elecciones, poco podemos hacer de facto si no tenemos un cauce. Lo estamos buscando.
Hace unas semanas escribí a la página web del Consejo de Gobierno de Ceuta proponiendo la creación de un sistema de compra on line en la Península e islas de productos no perecederos procedentes de los comercios ceutíes y bonos de aquellas actividades turísticas y de restauración en la ciudad autónoma, para que pudieran ser usados en el futuro. Sería una manera de ayudar a la economía y al tejido comercial de la ciudad en estos momentos. Muchos lo haríamos de muy buen grado, hasta que consiga recuperarse. Hoy propongo el envío de cartas desde el resto de España a los ceutíes, para que sientan la solidaridad de sus compatriotas y su admiración, por la valentía que están mostrando, fortaleza, humanidad y templanza. Se que es difícil, pero les pido que no decaigan. Que no se vayan. Esto no es irreversible. Ceuta es muy bonita (he estado varias veces). La vida allí es grata. Bien gestionado por un Gobierno consciente, esto no tiene porque volver a pasar. Hay mucha España detrás… y mucha más Europa de lo que parece. Solo hay que pedirlo como se debe, que aun no se ha hecho. Mucho ánimo y todo el apoyo.

Íntimo y personal: El ser querido

El madrileño Rodrigo Sorogoyen, galardonado y encumbrado con los premios Goya a mejor director y al mejor guion original por la película El reino (2018), que ganó siete Premios Goya en total, y también premiado con cinco premios Feroz y premios Goya 2023 a mejor director y al mejor guion original por la brutal e hipnótica película As bestas en 2022, tiene de igual manera en su trayectoria trabajos como las interesantes Stockholm (2013) y Que Dios nos perdone (2016), además de proyectos en formato de serie como Antidisturbios (2020), Apagón (2022), o Los años nuevos (2024). Con semejante currículum exitoso es evidente que nos encontramos ante uno de los directores del momento, y que lleva siendo uno de los directores del momento hace ya bastante tiempo, hecho que deja claro que no se trata en realidad de algo coyuntural y sí una trayectoria cada estreno más variada y consolidada. Porque si algo se le debe reconocer de manera objetiva a Sorogoyen es su valentía para atreverse con historias muy alejadas entre ellas y tocar elementos y géneros de lo más diversos. El drama de cine dentro del cine, relacionado con el abandono y la culpa que separan a un reputado y polémico director (Javier Bardem), y su hija (Victoria Luengo, habitual en los repartos de Sorogoyen), una actriz poco conocida, mezclan su particular relación seudo familiar con la película que comienzan a rodar juntos, con todo lo que un rodaje de varias semanas acarrea.

Seguramente estamos ante la cinta más personal y minuciosa del realizador (el de verdad, Sorogoyen), en la que muestra un dominio estilístico y técnico más allá de la madurez profesional, con preciosas secuencias rodadas según el encaje en la historia, desde diferentes técnicas visuales que van desde el cambio de formato a la monocromía, cara en mano, pasando por otros elementos artísticos que por momentos resultan ornamentales y en otros momentos esenciales. Preciosismo cinematográfico, en resumidas cuentas.

Siendo cierto que el estreno de esta película viene muy cercano al del drama del director noruego Joachim Trier titulado Valor Sentimental, con planteamiento muy similar, a veces ocurre en esto de contar historias que un mismo año se estrenan dos proyectos que por separado son muy originales, pero que se hacen daño en ese aspecto al parecerse entre sí, el esfuerzo de Sorogoyen y de su equipo creativo habitual, merece el aplauso ante un resultado atractivo y notable. Como notable es la fortaleza del proyecto cuando se apoya en las interpretaciones, entre las que sobresalen las de sus dos protagonistas, unos Bardem y Luengo pasmosamente reales, que casi traspasan la pantalla para mirar a los ojos al espectador, precisamente en la piel de dos personas que entre ellos tienen dificultades serias para mirarse a los ojos. Incluida en la terna preseleccionada para representar a España en los Oscar, y candidata a la Palma de Oro del prestigiosísimo festival de Cannes, se erige como una de las películas del año, que ver sin prisa, curiosidad artística y emocional, y con la idea clara de que de que el cine no tiene por qué tener secuencias de acción para ser cine y merecer ser visto en una sala ante una gran pantalla.

La ficha

Dirección: Rodrigo Sorogoyen. Año: 2026. País: España. Duración: 135 min. Género: Drama. Cine dentro del cine. Intérpretes: Javier Bardem, Victoria Luengo, Raúl Arévalo, Marina Foïs, Mourad Ouani, Raúl Prieto, Melina Matthews, Laura Birn, Núria Prims, Pablo Gómez-Pando, Malena Villa. Guion: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen. Música: Olivier Arson. Fotografía: Álex de Pablo. Productora: Coproducción España-Francia; Caballo Films, Movistar Plus+, El Ser Querido, Le Pacte. Distribuidora: A Contracorriente Films, Movistar Plus+, Caballo Films, Cronos Entertainment AIE, Le Pacte, RTVE, Movistar Plus+, Canal+, Ciné+. Estreno en España: 26 agosto 2026.

Puntuación: 8   

JUAN CARRASCO DE LAS HERAS → co*********@***oo.es

Cuando todo cambia hay personas que hacen que todo siga

Cuando se habla de Ceuta en las últimas semanas, muchas conversaciones giran en torno a las fronteras, la inmigración o la tensión que vive la ciudad. Sin embargo, mientras la actualidad ocupa los titulares, hay personas que continúan haciendo posible algo tan sencillo (y tan importante) como que la vida siga adelante.

Carmen, Tamara, Chaima y Anisa son cuatro de las más de 200 auxiliares de Clece, empresa que gestiona el servicio de ayuda a domicilio del IMSERSO y del que dependen más de 550 personas. Mientras la ciudad se adapta a una situación excepcional, ellas siguen recorriendo sus barrios para garantizar la atención de sus vecinas y vecinos. En sus historias también se refleja la diversidad que siempre ha caracterizado al servicio de ayuda a domicilio: proceden de distintos entornos, culturas y creencias, pero comparten una misma misión: cuidar.

Hablamos de personas

Carmen Obispo lleva 14 años trabajando como auxiliar de ayuda a domicilio. Habla de su trabajo con la serenidad de quien ha dedicado media vida a cuidar de los demás. Atiende a usuarios con movilidad reducida y sabe que, con el tiempo, la relación va mucho más allá de un servicio. «Después de cuatro años que llevo con algunas personas, siento que soy como una más de la familia», cuenta. Lo que más le gusta de su trabajo es acompañar. «Muchas personas necesitan que hable con ellas y valoran ese tiempo incluso más que cualquier otra atención. Algunas están solas y mi visita es la única compañía que reciben durante el día. Siento que estoy haciendo un bien».

Natural de Ceuta, asegura que siempre ha convivido con vecinos y compañeros musulmanes sin ningún problema. «Siempre ha existido respeto, pero lo que vivimos ahora no lo habíamos visto nunca». Admite que ahora realiza algunos trayectos con miedo y también observa cómo la inquietud se ha instalado entre muchas de las personas mayores a las que atiende. «Una de mis usuarias no sale a la calle. Yo la aseo y me quedo acompañándola en casa». Y, aun así, no contempla dejar de acudir a los domicilios. «Mi trabajo es un servicio esencial y no puedo dejar de prestarlo. Lo hice durante la pandemia y sigo haciéndolo ahora».

La experiencia de Carmen la comparte Tamara Hernández. Ceutí, casada y madre de dos hijos, asegura que siempre ha convivido con personas de distintas culturas y religiones. Sus usuarios musulmanes, dice, la tratan «como si fuera su nieta». Sin embargo, durante las últimas semanas algo ha cambiado. Trabaja hasta las diez de la noche y acude andando a algunos domicilios situados en la periferia. Lo hace con nerviosismo, aunque no le ha llegado a pasar nada, “hay muchos migrantes por la calle, algunos te llaman o te piden ayuda porque nos confunden con enfermeras, pero tengo que ir porque hay una persona depende de mí». A última hora del día atiende a una mujer de más de 80 años. «Si yo no voy, ¿quién le da la cena y la medicación?». Durante las primeras semanas dejó de salir a pasear con uno de sus usuarios, pero ahora han recuperado esos ratitos porque, como ella misma dice, «hay que volver un poco a la vida normal».

Llegó a esta profesión después de formarse como auxiliar de enfermería y en ayuda a domicilio, donde descubrió su verdadera vocación. «Entro en sus vidas, en sus hogares y les ayudo en esta etapa de sus vidas, y eso es lo más gratificante».

La misma preocupación aparece también en el relato de Chaima Mohamed. Aunque pertenece a una generación más joven, comparte con sus compañeras la sensación de estar viviendo una situación inédita. Como muchas familias ceutíes, la suya tiene raíces a ambos lados del Estrecho. Sus abuelos llegaron desde Marruecos buscando un futuro mejor para sus hijos y ella ha crecido en una ciudad que siempre ha vivido la diversidad como algo natural. «Aquí hay hebreos, musulmanes, católicos, hindúes, matrimonios mixtos… Lo vemos en el colegio, en el instituto, en los trabajos y nunca habíamos visto lo de ahora».

Un rayito de sol

A sus 26 años, Chaima ha encontrado en esta profesión una auténtica vocación. Lleva un año en Clece y, cuando habla de las personas a las que atiende, lo hace con una mezcla de ternura y responsabilidad. «Viven situaciones muy difíciles, tienen mala calidad de vida o están solos. Somos un rayito de sol en su día a día, la única persona a la que ven en muchas ocasiones». Por eso está convencida de que este trabajo exige algo más que formación: «Tienes vocación o búscate otro empleo».

Por eso sigue adelante a pesar del estrés de este último mes. Acostumbrada a recorrer barrios como El Príncipe, admite que ahora siente inquietud en algunas calles. «A veces se acercan, te miran o te dicen algo y te sientes acorralada, aunque hay de todo. También entre ellos hay quien te defiende o te mira con respeto. La realidad es bastante compleja porque hay casos y casos». Este nerviosismo ha terminado influyendo incluso en su forma de trabajar. «Estoy siempre en alerta, aunque haré todo lo posible para que a las personas usuarias no les pase nada y perciban esta situación lo menos posible «.

Por último, la historia de Anisa Clavache aporta una mirada más sobre lo que significa cuidar cuando más se necesita.

Anisa trabaja como auxiliar de ayuda a domicilio desde 2016. Antes desempeñó puestos de asistencia en hospitales, pero encontró en la atención domiciliaria una profesión que la transformó. «Este trabajo te hace ver la vida desde otra perspectiva, con empatía». Ceutí de varias generaciones, hija de padre cristiano y madre musulmana, ha crecido en una ciudad donde la convivencia es “lo normal”. Por eso no puede evitar emocionarse cuando habla de los miles de migrantes: «nunca imaginé que Ceuta pudiera llegar a verse así. No paseamos, andamos entre una multitud».

Recuerda las primeras semanas como uno de los momentos más difíciles de su vida. «Salía de casa llorando porque no sabía cómo afrontar lo que estaba ocurriendo ni cómo proteger a nuestros hijos y mayores». Durante los primeros días, su marido la acompañaba hasta el coche para ir a trabajar, e incluso las propias auxiliares se organizaron para ayudarse entre ellas. «Nos protegemos unas a otras». Lo que más le duele es la sensación de pérdida de normalidad. «No quiero que mi ciudad se deteriore y ahora está todo sucio, ellos malviven en las playas, en los jardines…». A veces siente ansiedad al desplazarse a zonas donde antes nunca tuvo problemas, pero hay algo que no ha cambiado: «A pesar de todo, no he dejado de trabajar. No lo hice durante la pandemia y no lo voy a hacer ahora».

Carmen habla de compañía. Tamara, de responsabilidad. Chaima, de vocación. Anisa, de empatía. Cuatro historias distintas que coinciden en una misma idea: seguir estando cuando más falta hace.

La desaladora de Benítez, bajo la presión de los asentamientos

La alerta de Acemsa sobre el asentamiento instalado junto al perímetro de la desaladora debería obligar a actuar con la máxima urgencia. No estamos ante un espacio cualquiera: la zona ocupada forma parte del sistema de captación de una infraestructura esencial para el abastecimiento de agua de Ceuta.
El incremento de personas, tiendas y refugios improvisados, algunos apoyados sobre el propio cerramiento, supone un riesgo que no puede normalizarse. Mucho menos después de que una de las puertas del perímetro haya aparecido violentada. La seguridad, el acceso y el mantenimiento de la planta deben estar garantizados en todo momento.
Es necesario, por tanto, desalojar el asentamiento, retirar los enseres y establecer vigilancia para impedir nuevas ocupaciones. La actuación debe hacerse de forma coordinada, también con los servicios sociales cuando sea necesario, pero sin demoras.
Y no basta con despejar el terreno. Habrá que limpiar la zona, comprobar posibles daños y recuperar el entorno afectado, porque la proliferación de asentamientos también está provocando un deterioro medioambiental que no puede quedar como consecuencia permanente de esta crisis.
La situación evidencia además la necesidad de proteger de forma especial las infraestructuras estratégicas de la ciudad. No puede esperarse a que se produzca un incidente para actuar: la prevención debe imponerse cuando está en juego un servicio básico para todos los ceutíes.
La desaladora es demasiado importante para Ceuta como para asumir el más mínimo riesgo. Protegerla no es una opción: es una obligación.

Andrea Cantizano triunfa en las ’12 Horas Villa de Los Barrios’ con la bandera de Ceuta

La atleta ceutí Andrea Cantizano ha ganado las ’12 Horas Villa de Los Barrios’ rindiendo homenaje a Ceuta.

La deportista Andrea Cantizano, ceutí de origen aunque actualmente vive y trabaja en la localidad de Algeciras, se ha proclamado vencedora en la competición de las 12 Horas Villa de Los Barrios.

Pero, un detalle que ha llamado la atención durante el desarrollo de la prueba, es que la corredora ha querido rendir un emotivo homenaje a la ciudad autónoma.

Tras completar su recorrido ha estado en el podio para recibir su merecido reconocimiento y ha portado con orgullo la bandera de Ceuta. Pero no solo en ese momento, pues corriendo gran parte del trayecto, 50 kilómetros, también la ha llevado consigo.

Muestra de apoyo a la ciudad y vínculo con las carreras en Ceuta

La jornada deportiva contó además con la intervención de los speakers de turismo running, quienes recordaron su vinculación con la ciudad al haber estado presentes en diversas carreras organizadas en Ceuta.

Así como ha ocurrido en otras citas deportivas, Ceuta y sus vecinos han estado en el pensamiento de todos los presentes, como una muestra de apoyo en estos momentos tan difíciles que atraviesa la ciudad tras los acontecimientos de finales de julio.

El nombre de Andrea Cantizado ya se había escuchando recientemente en Ceuta, pues en marzo de este mismo año fue la segunda clasificada de los 20km de la X Cuna de la Legión.

Trayectoria y emoción en la X Cuna de la Legión

Muy emocionada y aún sin creerse el haber conseguido ese segundo puesto en la X Cuna de la Legión, Andrea Cantizano no sabía qué decir nada más allá que “qué fuerte, no me lo esperaba”, poniendo así de manifiesto que este premio era un logro para ella que quedaría grabado para siempre en su memoria.

Aunque es natural de Ceuta, Cantizano llegaba a la X Cuna de la Legión desde el otro lado del Estrecho. Concretamente, desde Algeciras, acompañada de su familia que vio cómo se ha convertido en una de las ganadoras de la prueba de los 20 kilómetros.