Carta al director

Ceuta, una canción y 1.500 razones para soñar

No he sido scout. Llegué al escultismo por mi hijo, como se llega a tantas cosas importantes: descubriendo, poco a poco, que hay una manera distinta de estar en el mundo.

Este fin de semana, en Ceuta, lo entendí mejor que nunca. Más de 1.500 scouts de toda España, de distintas edades y acentos, compartiendo canciones, juegos, calles y ese cansancio rebosante de alegría. Sin pantallas, sin la prisa habitual que nos devora, sin más artificio que una pañoleta al cuello y ganas de convivir.

En estos tiempos tan convulsos, atravesados por el consumo, el individualismo y el ruido, ver a tantos niños y niñas divertirse así reconforta. No porque sean perfectos, sino porque están aprendiendo a respetar al otro, a crear comunidad.

El grupo Quercus 448, en representación de Andalucía, ganó el 51 Festival de la Canción Scout de España. Pero estar allí ya era un premio: ver cómo una canción reunía 41 años de historia, desde que Antonio Lucas y Loli López fundaron el grupo hasta ese escenario en el que cantaban su hijo Raúl y tres de sus nietos. El tema, firmado por Juanjo Amador y el propio Raúl Lucas, pone voz a la solidaridad y al compañerismo, los valores que sostienen el relevo generacional.

También impresionaba mirar alrededor y descubrir la labor altruista de decenas de personas, muchas que peinan canas y aún dando lo mejor de sí. El voluntariado scout tiene algo difícil de explicar en una época en la que casi todo se mide, se factura o se exhibe. Allí no faltaban manos para organizar, resolver y cuidar. Haciendo posible que una ciudad entera pareciera, durante tres días, una casa abierta.

Y qué casa.

No conocía Ceuta. Sabía que compartía con Cádiz el prefijo telefónico, el Obispado y la afición por el carnaval. Pero Ceuta tiene un hilo gaditano que se reconoce en cuanto una se baja del ferry. En la luz, en el mar, en la Muralla Real, en la piedra ostionera, en el acento. A Ceuta se la han disputado civilizaciones y países por su lugar estratégico. Pero la que de verdad conquista es ella, con su hospitalidad, su limpieza, la convivencia de distintas culturas, su gente. Pescaíto frito y pinchitos morunos en una misma carta.

Volvemos con un premio, sí. Pero sobre todo con algo que no se guarda en una vitrina: la certeza de que todavía hay espacios donde se comparten valores urgentes y necesarios. Ceuta lo hizo inolvidable. Gracias.

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