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El cultivo de la cultura

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Por José Echarri 20/03/2026 - 10:38 · Actualizado a las 14:05
El Faro - El cultivo de la cultura

Pie de foto. Fotos y vídeo: Óscar Román

En mi opinión, los lectores y los escritores deberíamos profundizar en la estrecha relación que existe entre el cultivo de las letras, el trabajo con las sensaciones, emociones, pensamientos y palabras, y la agricultura, las labores con la tierra, con la lluvia y con las plantas en el campo. Cicerón, en sus cinco libros titulados Tusculnae Quaestiones, así llamados porque los escribió en Tusculum, afirma que la filosofía es la cultura del espíritu.
Con esta definición Cicerón explica que en las tareas culturales no es suficiente que sembremos buenas semillas sino que también es necesario que la tierra sea la adecuada y que, de vez en cuando, la removamos, la renovemos, la limpiemos de esas hierbas que crecen espontáneamente e impiden el cultivo de las plantas saludables y bellas.
La cultura también alimenta y salva -puede salvar- vidas, sanar las heridas y garantizar un futuro mejor. Los desequilibrios culturales, de manera análoga a los desórdenes alimenticios, generan deformidades e hipertrofias, y pueden producir unas consecuencias tan peligrosas como la desgana, la apatía, las repugnancias, las arcadas, la desnutrición o el raquitismo. Si pretendemos alimentarnos culturalmente para que crezcan armónicamente las diferentes dimensiones que nos definen como seres humanos, hemos de ampliar el abanico de nuestros gustos y, sobre todo, hemos de cultivar nuestra sensibilidad para ser capaces de analizar y de disfrutar con las creaciones artísticas antiguas y modernas, las elaboradas y las populares. La gravedad de los desniveles culturales estriba -no lo perdamos de vista- en que perpetúan y acentúan las desigualdades económicas y sociales.
Cuando afirmamos que la cultura es “alimento” que sostiene, no elaboro una sugerente metáfora poética, sino que formulo una definición comprensiva y comprensible del ser humano, y declaro mi profunda convicción de que el hombre no puede vivir plenamente con un simple pedazo de pan, o, en otras palabras, manifiesto mi convicción de que, para sobrevivir -para “realizarnos”, como se decía hace unos años- necesitamos cubrir también otras exigencias vitales y perentorias: la de una cultura que, arraigada en nuestra tierra, abra la posibilidad de intervenir en nuestra sociedad.