Francis Ballesteros Romero constituye un mentís elocuente de los prejuicios trasnochados que dibujan el perfil femenino con trazos frágiles y endebles. Con sus actitudes y con sus comportamientos ella nos muestra cómo, para acreditar su papel de mujer, esposa, madre y abuela, no necesita exhibir formas blandas ni estereotipos trasnochados. Su fortaleza y su seriedad la acreditan como una señora que nos invita a los convecinos para que convivamos con respeto y colaboremos con generosidad.
Nos llama la atención, sobre todo, su expeditiva capacidad de decisión, su aguante ante las adversidades y su modo directo de comportarse sin dobleces y sin disimulos. Activa, natural y cercana, Francis está pendiente de la vida de los que la rodean, se interesa por lo que hacen sus familiares y sus amigos, los valora, los respeta y con ellos establece una fluida corriente de cordialidad. Serena en sus decisiones, posee una extraña habilidad para capear los temporales con libertad y con imaginación. Su afabilidad hace que sus amigos se sientan parte de su hogar.
Sus habilidades para conversar, aunque sólo sea del frío o del calor, constituyen la demostración de que la comunicación cordial es una manera importante para sentirnos acompañados y comprendidos como verdaderos vecinos. Sus destellos de espontaneidad para romper con las falsas imágenes y con los papeles estereotipados son herramientas eficientes para demostrar que la comunicación es el mejor cauce para sumar, para crear redes de ayuda y de apoyos. Es cierto que, en muchas ocasiones, hablar es una adecuada terapia para serenar los nervios.
Hablar por hablar -como muchos afirman- no hace daño a nadie y, cuando hablamos, sentimos que vivimos y que somos alguien. Charlar es una manera inofensiva de volver a vivir los sucesos agradables y una fórmula eficaz para disminuir la presión de los recuerdos molestos, es un lenitivo para que las penas nos resulten menos amargas y más soportables. Pero, si aceptamos que las palabras son los instrumentos más valiosos, tendremos que concluir que hemos de administrarlas y dosificarlas.
Mujer fuerte, dotada de exquisita delicadeza y de depurada ternura, soporta con entereza el proceso de la enfermedad transmitiéndonos un testimonio vivo de serenidad. Con sus silencios elocuentes y con sus expresiones medidas, nos ayuda a “vivir la vida” en el más intenso sentido de esta expresión. Su sencillez patentiza las considerables dimensiones de su talla humana y de su hondura espiritual. Ella –que se ha impuesto la obligación de luchar para lograr la felicidad posible y el bienestar compartido- sueña con los ojos abiertos y con los pies en tierra, y apuesta decididamente por la vida.
Lo que más me llama la atención es la manera con la que armoniza su exquisita sensibilidad con su probada firmeza. Si algo caracteriza a Francis, además de su ilimitada capacidad para encajar las adversidades, es la seriedad con la que defiende sus convicciones. Laboriosa y servicial, nos dicta lecciones compartiendo su tiempo, sus ilusiones y sus adversidades con su esposo José Antonio Galiana.
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