Carta al director

La identidad no debería separarnos

Vivimos rodeados de símbolos. Banderas, fronteras, religiones, idiomas, costumbres. Cosas que, en principio, deberían servir para recordarnos quiénes somos, de dónde venimos y qué historias nos habitan. Y, sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario: en lugar de acercarnos, nos separan. En lugar de ayudarnos a entendernos, nos empujan a desconfiar. Y ahí es donde uno se pregunta en qué momento la identidad dejó de ser algo bonito para convertirse, a veces, en una excusa para levantar muros.

Tener identidad no es el problema. Amar tu cultura no es el problema. Sentirte parte de una tierra, de una historia, de una lengua o de una fe tampoco lo es. El problema empieza cuando todo eso se usa para mirar por encima del hombro a los demás. Cuando se cree que para querer lo propio hay que rechazar lo ajeno. Cuando el orgullo se transforma en desprecio. Ahí empieza el daño. Ahí nacen el racismo, la xenofobia, la islamofobia y tantas otras formas de odio que siguen ensuciando la convivencia.

La islamofobia, por ejemplo, no nace del conocimiento, sino del prejuicio. Nace de repetir ideas sin entender a las personas que hay detrás. De convertir una religión entera en sospecha. De mirar a millones de personas a través del filtro del miedo, como si todas tuvieran que cargar con la culpa de estereotipos que no les pertenecen. Y eso, además de injusto, es profundamente cruel. Porque nadie debería tener que dar explicaciones por su nombre, por su ropa, por su origen o por la manera en que vive su fe para merecer respeto.

"Y hay palabras que, aunque parezcan pequeñas, dejan a alguien sintiéndose extranjero incluso en el lugar donde vive"

Lo más triste es que muchas veces este rechazo no aparece solo en los grandes discursos, sino también en lo cotidiano: en una mirada, en un comentario, en una broma, en una frase dicha “sin mala intención”. Pero el daño sigue estando ahí. Porque hay violencias que no gritan, pero pesan. Hay prejuicios que no golpean, pero apartan. Y hay palabras que, aunque parezcan pequeñas, dejan a alguien sintiéndose extranjero incluso en el lugar donde vive.

Nos falta aprender a convivir con la diferencia sin verla como amenaza. Nos falta entender que una sociedad no se empobrece por ser diversa; se empobrece cuando deja que el odio gane espacio. La diversidad no rompe nada. Lo que rompe es la intolerancia, la ignorancia, la necesidad constante de señalar al otro como si fuera el problema. Y quizá esa sea una de las mayores contradicciones del ser humano: buscamos pertenecer, pero demasiadas veces construimos esa pertenencia excluyendo a otros.

La identidad debería ser algo que nos sostenga, no algo que nos encierre. Debería ser una raíz, no una trinchera. Algo que nos dé sentido, no superioridad. Porque uno puede amar profundamente su cultura sin despreciar otras. Puede defender sus raíces sin pisar las de nadie. Puede sentirse orgulloso de lo que es sin convertir ese orgullo en una frontera.

"Ojalá algún día entendamos que la cultura no debería servir para dividir, sino para enriquecer"

También hace falta decirlo claro: defender el respeto y luchar contra la islamofobia no significa dejar de pensar críticamente ni idealizar nada. Significa, simplemente, negarse a juzgar a personas enteras a partir de prejuicios. Significa recordar que ninguna diferencia justifica la humillación. Significa elegir la humanidad por encima del miedo.

Quizá lo que más necesitamos hoy no es menos identidad, sino más conciencia. Más capacidad para mirar al otro sin reducirlo a una etiqueta. Más educación, más escucha y menos odio heredado. Porque al final, antes que banderas, religiones o fronteras, están las personas. Y una persona siempre es mucho más que el prejuicio con el que otros deciden mirarla.

Ojalá algún día entendamos que la cultura no debería servir para dividir, sino para enriquecer. Que la identidad no debería usarse como un arma, sino como una forma de estar en el mundo sin dejar de reconocer la dignidad del otro. Y que la libertad de una sociedad se mide también en cómo trata a quienes son diferentes.

Porque el verdadero peligro nunca ha sido la diferencia. El verdadero peligro siempre ha sido el odio.

Adil Hamed Cañibano 

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