Opinión

La juventud del envejecer

Contamos las primaveras y olvidamos contar los inviernos. El tiempo es frágil, etéreo, invisible. Medirlo es complicado sin calendarios, sin relojes, sin hojas del diario en el que vamos dibujando recuerdos que una vez fuimos.

Medir la vida, sabernos en un tren que no vemos pero que no se para en ninguna estación. Flotar, sentir, vernos a lo lejos y estar y tener la extraña sensación de habitar en todos los lados que hemos estado.

De repente, un buen día escuchas canciones que no entiendes, conversaciones sobre temas que no te interesan, problemas que ya no son los tuyos, gente que casi no reconoces, personas que merodean en el barrio y ya no sabes quién son.

Mirarse en el espejo ya no es verse en las fotografías guardadas en cualquier album, guardadas en la página de un libro o en la orla al acabar la carrera.

Sabemos que nos vamos transformando sin percibirlo, nos vemos en el aquí, en el ahora, pletóricos, llenos de energía, capaces de comernos el mundo. Somos más sabios, más maduros, dejan de importarnos asuntos sin importancia, ya no nos enfadamos por lo que nos enfadábamos, Estamos fuertes, nos sentimos vencedores, ganadores, laureados. Hemos conquistado el Olimpo y comenzamos a deshabitar el tiempo. El día y la noche es un círculo, los meses, los años no se necesitan.

Esta tarde, paseando por los montes del Hacho he visto la silueta de la ciudad. Esa distancia, esa perspectiva me ha hecho reflexionar sobre la juventud de la vejez, sobre la mirada tranquila del paisaje, sobre la niebla en la que se va escondiendo la luz, el sonido que no oímos, el ferri que se marcha y se acerca.

La ciudad se va alejando y son las luces se confunden con una noche repleta de estrellas.

Nos sentamos cera del Oasis, en aquel pino retratado tantas veces cada vez que hemos estado en el restaurante celebrando un cumpleaños o una visita esperada.

Nos sentimos un universo en el universo, vamos desapareciéndonos en una emoción de emociones inexpresables.

La vejez es saber que no volveremos a la ciudad, no hay caminos, la oscuridad de la noche los ha borrado.

Y ahí, veremos el mar, una luna que riela es sus aguas. Ha llegado el momento de seguir la estela, vestidos de agua salada y nos convertiremos en un océano sin memoria, sin nombre, sin nada. Enterrados en una inmensidad donde habite el olvido, como decía mi amado poeta Luis Cernuda.

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