Categorías: Opinión

La legalidad no tiene que ver con la justicia

Las notas de los niños pequeños las dan el lunes, las del resto de los mortales, ese viernes y luego llega semana santa  y vacaciones pagadas y sufridas, a cada cual lo suyo, para padres y enseñantes. Ya se huele a incienso, en las ganas de muchos, que llevan todo el año reuniéndose, cada tarde, en la Hermandad. Ya se frotan las manos los hosteleros que presumen- rezando y mirando al cielo- el buen tiempo y la buena caja, con afluencia de paseantes, playeros, cerveceros y tarjeteros de crédito, que la cosa está que arde, pero siempre hay para todo.                                                                                                                                      
En algunos sitios hay combinaciones y variaciones sobre ferias y próximas comuniones y los de “todo a un euro”, se reciclan y quitan mercado a las tiendas pijas, incluyendo en los huecos libres de los escaparates, que les quedaron de los ositos horteras del 14 de febrero, algo del día del padre, los muñequitos que regalan en las comuniones y los pendientes y las flores para la feria.                                                                                    
Somos un pueblo de chirigotas, de feriantes penitentes, con arena de playa en el cerebelo y conchas de mar en los dientes de la boca, con lo que sonreímos por no llorar .                                                        
El guiri que habla español entrecortado, para sacarse pana para irse al bar de argentino a tomarse un café, se adecenta la espalda rosada, rascándose los trazos bien dados que un artista del tato, le hizo, tejiendo una Pietat desconsolada, bellísima, que él enseña solo en fechas muy señaladas o cuando el desvarío que lo tiene preso de la calle, lo lleva por malas sendas.                                                                                                               
Debe ser obra del frío, de la lluvia o de la negligencia burocrática, pero aún ningún alma caritativa lo ha recogido en servicios sociales, ni han venido funcionarios a privarnos de su presencia, rubia y raftiana, como la de aquel otro , muchos más mayor y lastrado, que lucía greñas venerables y olores múltiples, a la puerta del colegio, olvidadas  después de pasar por dependencias sociales, retornando deslucido, sin melenas mesiánicas, viejo, aunque limpio, pero con el cuerpo achacoso y pocas ganas de nada. Pocas ganas de nada tenemos muchos, muchos que andamos a dos pies entre tantos otros, que nos entienden aunque no lo sepamos, muchos que escribimos por no morirnos de asco y no potar, escandalizando a las abuelitas pijas,que van con los niños repeinados a la guardería de la esquina, a madres lactantes de cuarenta y tantos y parados de larga duración, que se emborrachan de ocio, de desesperación y fracaso asumido, a malas ganas.                                                                                                    
Hemos empezado a escamotear a aquellos que un día lejano fueron triunfadores, que cotizaban en la bolsa diaria de vivir bien y que lucían aire acondicionado y piso nuevo, chalet con piscina o adosado y que ahora se les acabó el sueño español y solo rumian una pena honda , que no queremos que nos trague a nosotros, si estamos a su lado.              
Las notas de los pequeños las dan el lunes y vendrán y las veremos y reirán o se les reñirá, pretextando lo mal que está la cosa, que hay mucho que estudiar, pero serán eso, pretextos, porque el rencor va por dentro, las ganas, los odios y las pasiones y sobre todo el ansia de libertad, que perdimos y que vemos en los ojos de aquellos que han vuelto del infierno, que andan a dos pasos sin dos euros, que balancean el cuerpo atrás y adelante, con vibrar alegre, hacia el bar del argentino.                                                         
Melena rubia cargada de lluvia, de mar, de salitre, sobre hombros caídos, esquivos. Raftas que tienen más esencia que un Bulgari, huérfanas y perdidas, embebidas de fracasos acumulados, de noches con frío, de miedo, de hambre, de mantas para sobrevivir, empiojadas de vida y la mano alzada, pidiendo, con un hablar español que no se le entiende, porque el café está caro y no se paga, no se da, se esquilma, en esos monederos usurarios que se cierran y pliegan, hasta que un parado de larga duración se detiene y rebusca y encuentra algo de solidaridad o lo mismo una esperanza.

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