
Sobre una pantalla gigante desplegada en el escenario del Revellín apareció anoche Jaime Jiménez para narrar su historia de superación, de valentía, de batalla por la igualdad y contra la exclusión.
Lo hizo su imagen porque el joven murió el pasado abril a los 28 años en Madrid, su tierra natal, víctima de la Distrofia Muscular de Duchenne (DMD), una de esas enfermedades catalogadas como raras y para la que aún se busca antídoto. Jaime cumplió en vida uno de sus grandes sueños: que su aventura diaria tomara forma de documental y animara a sobreponerse a otros enfermos. Ideó el guión y embarcó a amigos, padres, compañeros… y sobre todo a Eduardo Pinel, que corrió con la dirección, la edición y la postproducción. El resultado, La huella de Jaime, se proyectó ayer en Ceuta, en presencia de sus padres Juana y Joaquín (segundo y tercero por la izquierda en la imagen superior), y de la presidenta nacional de Duchenne Parent Projet, Silvia Ávila (tercera por la derecha), con el objetivo de recaudar fondos que se sumen a los que ya recauda en la ciudad el Proyecto Ell@s para abrir una línea de investigación que combata el mal que padecía el joven. Jaime reconstruye aquellos momentos de la infancia, con 4 años, en los que percibió “que había algo” que no funcionaba en su cuerpo. A los 8 ya tuvo que acostumbrarse a una silla de ruedas que no le abandonaría más. Con ella convivió, pero también con un torrente de energía que le hace aparecer en el documental animando incansablemente desde la grada a su Atleti, viendo la nieve, sumergido en la playa, en locales de fiesta, asistiendo a clases de musicoterapia, sufriendo los obstáculos en el Metro o entrevistado en un plató de televisión… La vida, y el sueño de aferrarse a ella, en imágenes. “No quiero que me vean como un enfermito, dar lástima”, reclama en uno de los planos. “Hay que salir, conocer gente”, insistiría más tarde. Esa vitalidad la frenaría de cuajo la enfermedad de forma prematura, pero sus padres defendieron desde el escenario el legado de alguien que “era diferente pero igual”, que proclamaba “que el monstruo no acabará conmigo”. Una historia dura que sus progenitores animaron a ver “sin pena, como era él”, y que incita a colaborar con las iniciativas que plantan, como Jaime, cara al mal de Duchenne.


