Opinión

No podemos perder la humanidad

Ayer pasé más de seis horas dentro del agua, por eso me atrevo a escribir estas palabras.

Soy miembro de Salvamento Marítimo de Cruz Roja y socorrista. Durante horas no hubo tiempo para pensar. Solo para nadar. Entrar, sacar a una persona, volver a entrar. Ancianos. Bebés. Mujeres embarazadas. Hombres exhaustos que apenas podían mantenerse a flote. Personas sin vida a las que intentábamos reanimar mientras las llevábamos hacia la orilla para, apenas unos segundos después, volver a lanzarnos al agua.

A cualquier persona de Ceuta le resultará sencillo imaginar el caos. El cansancio dejó de existir porque la adrenalina ocupó todo el espacio. Cada vez que pasaba el espigón miraba hacia el lado marroquí con la esperanza de que se viera el fin de aquella muchedumbre, pero la playa siempre estaba igual y cada vez aparecían más personas bordeando el espigón. Más vidas dependiendo de que alguien llegara unos segundos antes de que fuera demasiado tarde.

Porque ayer, dentro del agua, no había inmigrantes, marroquíes, españoles, musulmanes o cristianos. Había personas que se estaban ahogando. Y cuando alguien se ahoga solo existe una respuesta posible: intentar salvarle la vida.

Esa obligación moral no elimina el resto de problemas. No resuelve la gestión migratoria. No responde a las preguntas sobre seguridad, sobre capacidad de acogida o sobre las consecuencias que una situación así tiene para una ciudad pequeña como la nuestra.

A las diez de la noche tuvimos que parar, literalmente no podíamos dar un brazada más. Tras eso y ya en casa, empezó mi preocupación por Ceuta.

Comprendo el miedo de muchos ceutíes. Nuestra ciudad ha visto llegar, en muy poco tiempo, a un número de personas que supera con creces su capacidad asistencial. Es lógico que exista incertidumbre. Es lógico preguntarse qué ocurrirá en las próximas horas o en los próximos días, cuando esas personas necesiten comida, descanso, atención sanitaria o simplemente un lugar donde estar.

Sería ingenuo ignorar esa realidad.

Pero es todavía más peligroso permitir que ese miedo se transforme en odio.

Ceuta vuelve a soportar una presión extraordinaria. La feria ha sido cancelada. Muchos negocios han echado el cierre. La ciudad vive otro episodio que creíamos excepcional y que, sin embargo, vuelve a repetirse.

Y esa es también la pregunta más incómoda.

¿Qué aprendimos de 2021?

Si una crisis de esta magnitud podía volver a producirse, ¿qué hicimos para estar mejor preparados? ¿Qué protocolos se reforzaron? ¿Qué recursos se incrementaron? ¿Qué planificación se diseñó para minimizar el impacto humano y operativo si volvía a suceder?

La sensación, desde donde yo estaba ayer, es que seguimos reaccionando más que anticipándonos.

También me gustaría detenerme en algo que merece ser contado.

Ayer vi la mejor versión de muchas personas.

Vi a decenas de voluntarios de Cruz Roja atendiendo sin descanso a quienes llegaban a la orilla. Vi a mi compañero Mohamed nadando a mi lado hasta la extenuación, entrando una y otra vez sin preguntarse quién era la siguiente persona a la que había que rescatar. Vi a los miembros de los GEAS haciendo exactamente lo mismo: olvidándose del reloj, del cansancio y de cualquier diferencia para centrarse únicamente en salvar vidas. Vi a personas ayudando a personas.

Eso también es Ceuta.

Y merece ser recordado.

Ahora llega el momento de la política.

No para buscar culpables inmediatos ni para convertir una tragedia humana en un debate de consignas. Llega el momento de tomar decisiones valientes. Gestionar una crisis no consiste únicamente en resolver la emergencia cuando ya ha estallado. Consiste, sobre todo, en evitar que vuelva a producirse o, al menos, en estar preparados para responder mejor cuando ocurra.

Necesitamos planificación, coordinación, recursos y una estrategia que proteja nuestras fronteras sin renunciar jamás a la dignidad de las personas. Y deben ser estructurales, llegar para quedarse.

Porque ambas cosas no son incompatibles.

La humanidad nunca puede ser la primera víctima de ninguna crisis.

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