La muerte, un asunto fundamental y el episodio más previsible de la vida impregna de manera no siempre consciente todos nuestros pensamientos y todas nuestras actividades. Su interpretación ha sido diferente a lo largo de la historia humana en las distintas culturas y religiones. Sus visiones lejanas o próximas, propias o ajenas, razonadas o insensatas pueden determinar que los comprensibles sufrimientos que conllevan sean suavizados por una oportuna preparación y por una correcta ayuda o agravados por una inadecuada educación: igual que la zigzagueante ruta de la vida, el trance de la muerte puede ser bueno, malo y horroroso.
En esta obra Ramón Lobo, periodista, escritor y corresponsal de guerra que nos ha informado de conflictos bélicos en África, Los Balcanes, Oriente Próximo y Asia, nos relata con claridad, con serenidad y hasta con cierto agrado sus sensaciones, sus emociones y sus reflexiones sobre su propia muerte, un hecho que, tras los diagnósticos de dos cánceres terminales, él ya sabía que sería muy próximo.
El relato detallado de ese final de su tiempo, cuando ya está seguro de que “la suerte está echada”, y su manera lúcida de referirse a su vida pasada desde esta nueva perspectiva, constituyen, a mi juicio, unas directas y amables invitaciones para que nosotros nos planteemos y tratemos de responder a preguntas importantes como, por ejemplo, ¿Cuál es la naturaleza de nuestro temor a la muerte? ¿Cómo podemos afrontar con cierta serenidad ese futuro desolador? o ¿Qué actitudes y conductas podemos cambiar si las iluminamos de este punto de vista?
En mi opinión, la lectura de esta obra puede ser realmente positiva porque, con independencia de la edad de cada uno de nosotros, y prescindiendo de nuestras convicciones culturales y religiosas, lo cierto es que el paso imparable del tiempo cumple una función aniquiladora, reduce el capital potencial de la vida y, como consecuencia, acorta el horizonte de la muerte.
Todos podemos –y deberíamos- asumir que la vida posee un contenido mortal y que la muerte contiene –puede contener- un sentido positivo cuando abre y estimula la posibilidad de unas vidas más intensas y más razonables. Me refiero a los binomios humanos vida y muerte, salud y enfermedad, bienestar y sufrimiento, virtud y vicio, amor y odio. Son esas dualidades que corresponden a los ámbitos naturales que en la naturaleza se suceden como alternancias de los tiempos y de los espacios, de los días y de las noches, de la luz y de la oscuridad, del calor y del frío.
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