Opinión

De entre las cenizas

La verdad es que se me asoman lágrimas de tristeza al observar las ausencias en los montes de Ceuta.

No obstante, heredamos el humor y la paciencia de nuestros paisajes; ora de rocas milenarias; ora de verdes mares; ora de árboles erguidos.

Llegados a este punto, la vida siempre te da otra oportunidad, siempre estamos a tiempo de empezar. Es la ley del eterno comienzo.

Se debaten en el corazón de los elementos dos fuerzas antagónicas: el orden, la creación, de un lado; el caos, la destrucción, del otro. En la atención está lo primero; en el descuido está lo segundo.

La mirada del fuego es dolorosa, si no le encontramos un cauce, una lógica, una razón; y así, es capaz de calentar nuestras manos y nuestras mejillas, pero también es capaz de infligirnos un castigo si crece su tamaño en demasía.

La luz de las estrellas es fría, no veo peligros en ella. Al contrario, la cercanía del sol nos amenaza con el desierto.

Afortunadamente, la fuerza creadora es poderosa, y está escrito que la vida arraiga con el menor suspiro. La ceniza simboliza el final, pero también simboliza el principio: es un ciclo infinito.

Por otra parte, la naturaleza y el ser humano somos uno: sería un error desconocerlo. Aunque vivamos entre calles de asfalto, conservamos un cordón umbilical que nos recuerda nuestros orígenes, y hemos de comprender que nuestras manos son un ingenio de la evolución. Es un hecho: la evolución natural nos dotó de manos para ayudar a crecer a la naturaleza, y para encontrar en ella el alimento.

La naturaleza contiene el aliento de la regeneración, pero nos concierne a los seres humanos hacer una lectura inteligente del ciclo de las estaciones, prestarle nuestras manos, y quedar a la espera de la lluvia bautismal.

Como se enverdece la esperanza, brotará de entre los surcos de la tierra un tronco nuevo, ahora con la experiencia del pasado.

Conservo en la memoria multitud de imágenes, en la tierna infancia, que me ponen en contacto con los montes de Ceuta, y no era extraño que fabricara cabañas de ramajes y helechos.

Así, sería injusto dejar al azar la conservación de nuestro entorno, y que se perdieran estos y otros recuerdos.

Como los arquitectos de las catedrales del gótico, tenemos que trabajar para la posteridad, en la seguridad de que la forma más pura es la justicia intergeneracional.

Si hemos llegado hasta aquí, es por los caminos que abrieron los progenitores. Sería un gran error no dejar respirar a la naturaleza. Manos a la obra.

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