Opinión

Todas las mañanas del mundo

Después de una dura jornada en la Facultad de Periodismo, a mitad de camino entre la cafetería y la biblioteca, mi amigo Carlos me invitó a vivir una experiencia que, a buen seguro, no me dejaría indiferente.

¿De qué se trataba? Cogimos su Suzuki blanco y nos dirigimos a la zona de Huertas, donde la gente se empapa de las mejores cervezas de Madrid.

Carlos me hizo el gesto de seguirle, así que nos introdujimos en un viejo portal, y subimos por una estrecha escalera de peldaños gastados, hasta lo que sería una típica buhardilla. Tras llamar a la puerta, una enigmática dama nos recibió con gesto amable. “Basilio, esta es Aidé, mi hermana”- dijo mi amigo. “Encantado”. Aidé se movía como sobre los jardines del Edén, y su figura parecía renacida de un cuadro de Boticcelli; tanta era su luz.

El espacioso ático estaba concebido para albergar lo que quizá sea el mayor invento de la humanidad: un imponente piano de cola.

Aidé era profesora de conservatorio, y empecé a comprender la situación. Nos acomodamos sobre unos cojines, y de lo que ocurrió después solo recuerdo la ilusión, y el dibujo de las manos de Aidé desplazándose por el teclado con la agilidad de un gimnasta. Acababan de dedicarme un concierto de piano en primera persona, y yo me sentía el rey de un imperio en esplendor.

Por momentos, deseé que el tiempo se detuviera, o al menos, que el presente se volviera infinito. Sin embargo, al final sólo quedó la esencia, y el recuerdo de unos instantes que se fueron sin más.

Muchas veces me pregunto si la mente no se me fue por vivir escenas tan altas, tan puras, y tan insospechadas. El caso es que pasaron los viernes, y al cabo, Carlos me propuso como plan visionar una película en casa de su hermana. “Perfecto”, pensé. Otra vez sobre los cojines, Aidé me recomendó prestar atención, y nos entregamos a ver el filme “Todas las mañanas del mundo”.

Eran las peripecias de un músico de chelo, empeñado en convertirse en genio de la interpretación. Todas las mañanas se recluía en una pequeña cabaña de su hacienda, y ponía toda su fe, y toda su musculatura, al servicio de un único mensaje: la armonía.

La enseñanza: todos los que están uncidos por el lenguaje de la música tienen un aura especial que les hace reconocibles, pero ¿qué ocurre con los que buscan la eternidad en el concurso de las letras, en la permanencia de las palabras? Es necesaria la raza, la rabia, es necesario el método y es necesaria la conciencia al límite; el orgullo de que tu escuela es la verdadera.

Pero todo esto se hace pobre si no practicas todos los días; si no te encierras en esa humilde cabaña que es el escritorio y te aplicas. Aunque solo sea en la hora tardía de las musas. Aidé era una mensajera de la música, y en el aire de su ático flotaban como millones los espíritus de sus notas, como gotas de luz destinadas a permanecer.

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