Estoy de vacaciones a muchos kilómetros de Ceuta. Ando por Elche reconciliándome con las palmeras, con los huertos, con los barrios y las calles que vieron mi infancia, mi adolescencia y mi vida que pasó como un huracán.
Entre el descanso y las prisas, entre el silencio y el estruendo de las noticias, entre la vida y la muerte televisada, tengo tiempo para meditar sobre lo que me pasa y lo que sucede, sobre Ceuta, sobre mis alumnos, mis compañeros, mi circunstancias y sobre la voz de mi madre arrullándome a mis 60 años.
Me propuse darle carpetazo a temas pendientes. Me pregunto qué haré en la jubilación: libros, viajes, cine, teatro, un café en todos los bares, una cerveza en todas las terrazas, charlas anónimas con gente anónima, saborear el no hacer nada.. Cuando posees mucho tiempo es señal de que se acaba, que terminará cuando menos te lo esperes. La vejez, la edad provecta, los achaques, la memoria desordenada avanzaran a pasos agigantados y no podrás alejarte de ellos.
Dejarse llevar, danzar con lo inefable, aquello tan sublime, profundo o intenso que resulta imposible de expresar con palabras; no hay lenguaje para comunicar emociones, experiencias o realidades que escapan a cualquier descripción, como una felicidad inmensa, una belleza indescriptible o un dolor abrumador.
Vivo con la idea de que todo está por hacer cuando parece que ya lo has hecho todo, que pierdes el miedo cuando la parca te tiene sitiado porque aceptas esa eternidad efímera; ser materia o energía sepultada en polvo de estrellas. Allí no habrá Dios, ni cielo, ni infierno, ni culpa, ni pecado, ni amor, ni odio. Es un viaje a otras dimensiones ignotas.
No creo en la resurrección de los muertos, ni en la venida de Cristo, ni en el, ni en la absurda resurrección de los muertos, ni en el maravilloso túnel, ni en el alma. No creo en la reencarnación, ni en el nirvana, ni en los cuentos chinos que inventan las élites para cerrarnos la boca.
Volveré a Ceuta aunque no me vaya nunca, ya soy una parte de la ciudad. Miraré el mar con otros ojos, las vistas majestuosas salpicadas de pavanas, el anonimato deambulando por el Revellín.
Ya me veo dándole de comer a los gatos a hurtadillas, jugando al dominó en baretos, leyendo la prensa desordenando las páginas y oír: ¡Cuidado abuelo!, en cualquier lugar y en cualquier momento.
Eso sí, hasta el último día, estaré lanzando cañonazos comprometidos.
Las bombas y la destrucción es cosa de los señores de la guerra.
Por cierto, no te olvides de Gaza. Olvidarse es desumanizarse.
Fueron asesinados dos periodistas gazatíes por el ejército Israelí.
Que los aranceles no nos hagan ignorar la barbarie.
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