Lila Horovitz ya había avanzado ayer, desde estas mismas páginas, que el espectáculo que unas horas después descubriría el público del Revellín era lo más próximo a un “lenguaje universal”. No exageraba. The Funamviolistas sometió ayer al aforo del Auditorio a una arriesgada apuesta que a la vista de los aplausos cosechados acertó en la
fórmula. Un experimento en el que los ingredientes eran tan aparentemente dispersos como la música clásica y el humor, la percusión y el Vivaldi arrancado de las cuerdas de un violín, todo aderezado con la reflexión sobre los nexos comunes entre tres desconocidas que coinciden sobre unas mismas coordenadas.
Un banco de madera, una farola y tres mujeres que aparecen desde tres ángulos distintos con sus maletas a cuestas y, en otra mano, el instrumento a punto de desgranar notas. Era el punto de arranque de la noche, que aún debía descubrir al público las virtudes que han llegado a Horovitz y a sus compañeras de plantel –Mayte Olmedilla y Ana Hernández– a arrancar aplausos en sus periplos por Madrid y el resto de teatros y auditorios patrios. A partir de ahí, historias de complicidad, de anécdotas casi cotidianas y gestos cercanos para los que no es necesario articular palabra. Una especie de homenaje continuo al cine previo al sonido, cuando un movimiento de ceja o un paso al frente comunicaba más al receptor que una verborrea de diez minutos. Una Primavera de Vivaldi, un disparo desde detrás de un chelo para deshacerse de la malsana competencia o los sones de La Cucaracha para, simplemente, tocar las narices del adversario musical también pueden canalizar sentimientos como la tristeza, el desconcierto o la belicosidad sin necesidad de mover los labios.
Danza, percusión, puentes hacia la risa, fina ironía... El entramado de sensaciones canalizado a lo largo de The Funamviolistas, con la heterogeneidad supuestamente irreconciliable de un Bizet junto a una Rita Pavone, puso las palmas de las manos del Auditorio a funcionar. Aplausos y reconocimiento para una apuesta osada que ratifica que el arte, en sus interminables acepciones, no entiende de encasillamientos. Crisol y eclecticismo transmiten, y de qué forma.
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