Cuando antes se hablaba del Sáhara se hacía en genérico, refiriéndose a la franja que integran una docena de países, allí donde Pierre Benoit sitúa su Atlántida, con la reina Antinea y la Legión Francesa, en el macizo de Ahaggar, al sur de Argelia; e Isabelle Eberhardt, “la novia del Sáhara”, perecerá ahogada con sus manuscritos al sur de Orán; o Saint-Exupéry inicia su Principito en el desierto libio, o, como igualmente se ha contado tantas veces, P.C. Wren coloca su Beau Geste y a las guerreras azules con los képis típicos de la Legión, al norte de Nigeria.
En 1960, con la descolonización, entra en la escena internacional un territorio no autónomo, provincia española desde dos años antes, cuya posesión arrancaba de la Conferencia de Berlín, denominado asépticamente, por criterios geográficos, Sáhara Occidental, que ocupa la zona entre Marruecos y Mauritania limítrofe con el Atlántico y que comprende 266.000 kms2 del millón por el que se extiende el Sáhara. En 1976, el mismo día de la salida de España, el 26 de febrero, el movimiento de liberación del Frente Polisario, lo titulará la RASD. Pero aunque en términos internacionales, con el inglés, se ha impuesto correctamente Western Sahara, convencional, coloquial, usualmente, hasta por comodidad enunciativa, y sobre todo en la zona, España-Marruecos-Sáhara Occidental, se dice el Sáhara, sin más. La expresión Sáhara ha quedado así limitada a lo que significa, el desierto, pero sólo en el ámbito geográfico, la franja que forman once estados, porque en lo que se refiere a países, a naciones, el Sáhara es el Sáhara.
Se han superado ya cuatro décadas desde el inicio de tan desgraciado como enconado conflicto, que se constituye así en un permanente ejercicio inacabado para la diplomacia, la bilateral y la indirecta en sus diferentes grados incluido el del interés, y cuyas causas responden tanto a diversas insuficiencias del derecho internacional como a distintas servidumbres de la política exterior. Ese panoramic understanding ha llevado a abogar por situar la búsqueda de la solución en ámbitos metajurídicos y parapolíticos, esto es, en la realpolitik, raras veces enteramente ortodoxa pero con capacidad de principio para solventar determinados diferendos, que introducen elementos añadidos de alta complicación en su ya de por sí delicada ingeniería diplomática.
Porque el Sáhara se proyecta asimismo como mediatizador de la reivindicación alauita sobre las ciudades españolas en el norte de Africa, en grado imposible de precisar pero fácil de reconocer, lo que a su vez, en el juego de los contenciosos de la diplomacia española, conduce a una variable geoestratégica de primera magnitud en tan hipersensible zona, que faculta para lecturas del siguiente tenor: ¨ningún estado permitirá que un mismo país detente las dos orillas del Estrecho¨, en la aproximación alauita, que significa el punto central de su doctrina táctica, completada con el corolario ¨cuando Gibraltar sea español, Ceuta y Melilla volverán a Marruecos¨.
El Sáhara viene transitando de manera cansina, forzadamente monocorde y dramática bajo un sino aún incierto, donde por un lado no ha sido absorbido por Marruecos, ni siquiera relativamente a efectos concluyentes, con el reino alauita hipotecado por críticas de país anexionista y conculcador de derechos humanos, mientras que por otro, prosigue ampliando su reconocimiento diplomático y reafirmando su personalidad en la escena internacional, aunque en términos insuficientes, agravados por unas perspectivas a medio plazo en el vinculante Consejo de Seguridad francamente escasas, en el obligado eufemismo. Va sin decir que durante tantos años se han ido sucediendo las propuestas e intentos de solución pero el cuadro global persiste en sus líneas sustanciales.
Las distintas propuestas de acuerdo, de ¨arreglo¨, comprenden naturalmente las posibilistas y por tanto más aplaudibles a efectos operativos, incluidas las de resolución equilibrada, el ¨ni vencedores ni vencidos¨ de Hassan II, paradigma del monarca árabe culto y diplomático, que ha sido objeto de demasiadas exégesis como para que todas gocen del beneficio de la exactitud, pero desvirtúan la controversia en cuanto emplazan el punto de conexión con la solución en la realpolitik: ¨la realidad se impone después de tantos años; no hay solución técnica; la solución es política¨, afirmó Kofi Annan, desde el puro pragmatismo aunque lejos de los pactos internacional y bilateralmente convenidos, añadiendo que ¨esa vía, la política, es siempre mejor que la ruptura de hostilidades¨.
A la búsqueda, pues, de una fórmula ¨mágica¨ para desbloquear el diferendo, se impone precisar que el quid de la cuestión radica en la votación de los saharauis sobre su futuro, jalón central de consenso, es decir, que la fórmula sería para marcar el iter que conduzca al ejercicio del voto. Porque ese es el punto y no otro.
Ahora bien, reiterando que hay consenso total sobre la celebración del referendum para el desenlace, el problema está en las condiciones de su ejercicio y en lugar clave sobre los protagonistas, sobre el censo de votantes. Ahí procede centrar el asunto, en la búsqueda de la fórmula, que no tiene que ser tan mágica como en los imperecederas narraciones orientales, puesto que el elemento base, el censo, existe. El problema surge porque hay más de uno con pretendidos marchamos de validez.
El Sáhara cuenta con no pocos misterios, que se van desentrañando con la debida suavidad. Guardo la piedra caliza que me regaló el jefe de la misión cultural española en El Aaiún en 1980, con la representación de un ave, prueba de que el desierto fue un vergel hace diez mil años. Ya se sabe quién era la princesa Tin Hanin, última reina de la Atlántida, según la leyenda. También se ha resuelto el enigma del ¨ojo del Sáhara¨, el gran hueco circular de 50 kms. de diámetro en medio del desierto, como se han explicado las pinturas rupestres de Tassili. Incluso, si aceptamos la tesis de Fedan, allí en las montañas de Tibesti, en Chad, habría estado el Grial, en su versión de evangelio, llevado desde la biblioteca de Alejandría antes de su destrucción.
Pues bien, resulta que en el Sáhara también se encuentra el que podría ser elemento desbloqueador, un factor con entidad suficiente como para resultar cuasi decisivo, como lo pudo ser en su momento. Todavía viven venerables santones, con el gran valor que tiene la ancianidad en los pueblos árabes, que podrían arrojar luz sobre las personas que lo habitaban en 1976, que aún sobreviven en número quizá aceptable como para ser actores legítimos. En definitiva, se trataría de asignar solvencia bastante al censo del 74, el último realizado por la administración española, cuyo grado de fiabilidad se ha reputado como relativamente alto y de ahí, como se dice antes y por su pertinencia se reitera, que hubiera debido de suponer instrumento incuestionado para el referendum, que da un 81,9 por ciento de población sedentaria, con 73.497 habitantes, cifras ambas más que plausibles. Cierto que a estas alturas, cuatro décadas y media después y con las posiciones enquistadas, su aceptación se antoja como harto difícil, tarea ímproba, quizá digan algunos, pero en cualquier caso, puede y debe de sostenerse que factible. Claro está que se requeriría la buena voluntad de las partes y naturalmente y antes, la bona fide. Por supuesto. Pero ciertamente el movimiento en tan esclerotizado tablero bien parece merecer la pena, porque amén del objetivo final, refrendaría en alguna manera la introducción, la preponderancia del principio humanista en la diplomacia, siempre razón suprema de toda política exterior que se proclame civilizada.
Autor: Ángel Ballesteros (del Instituto de Estudios Ceutíes)

Un Brexit irrelevante para los contenciosos diplomáticos españoles
El gran problema, a efectos de solución, de los contenciosos de la política exterior de España, es que no son autónomos, sino que constituyen una madeja inextricable; una auténtica madeja sin cuenda, que no se puede o resulta muy difícil desenredar, donde al tirar del hilo de uno de ellos no se deshace precisamente el ovillo, sino que automática, indefectiblemente, aparecen los otros dos, al estar íntimamente entrelazados, cohesionados. Hace mucho tiempo que vengo sosteniendo esa tesis, junto con otra, que España, a pesar de contar con unas credenciales impresionantes o a pesar de eso mismo, a veces ha dado la impresión de tener más dificultades que otros países similares, para gestionar e incluso para definir y hasta para identificar el interés nacional.
Esa doble tesis, significa la diarquía diplomática básica, inexcusable, en el acaecer internacional del país, y si se la ignorara, vincularía el juego diplomático español hasta extremos de muy difícil, por no decir imposible, reconducción.
O en otros términos, y esta es la clave mayor, la resolución de los contenciosos radica en imprecisable pero en alta medida, en la realpolitik.
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Hace un año, en junio del 2016, los británicos aprobaron en apretado referendum el Brexit. En los primeros compases de la neotérica y en buena parte imprevista situación, que podrá calificarse como se quiera menos de jugada maestra, quedaba claro, a los efectos del contencioso gibraltareño, que al salir el Reino Unido de la Unión Europea, arrastraba también a Gibraltar a todos los efectos. Rápidamente el anterior titular de Santa Cruz proclamó que a España se le ofrecía una oportunidad única para cambiar el status de la Roca y relanzó la vieja propuesta de la cosoberanía, al parecer estudiada aunque no manifestada con Castiella; formulada por Morán; reformulada por Matutes, y puesta en la mesa de negociaciones por Aznar-Blair, que permitiría a los llanitos evitar el aislamiento y por ende, el derrumbe. Y luego, Madrid ha estado diligente esgrimiendo su cláusula de salvaguardia, aceptada unánimemente por los demás miembros, de que cualquier negociación entre el Reino Unido y la Unión Europea sobre Gibraltar, tras su salida, tendría que realizarse a través de España, que mantenía así su derecho de veto.
Yo por mi parte, entré en la dinámica teórica y apliqué la teoría del dominó, en versión libre ciertamente, a los contenciosos, en un artículo que ha tenido cierto eco, Alta diplomacia en el Estrecho. Al avecinarse un cambio en Gibraltar, Mohamed VI podría verse llevado a anticipar la histórica e irrenunciable reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla, en función del sentido de la oportunidad en la geostrategia defendida por Hassan II, según la cual ninguna potencia permitiría que un mismo país detente las dos orillas del Estrecho, y el mover ficha, el avanzar sus piezas en el tablero de la hipersensible zona, se haría por tanto sin haber solventado previamente el asunto Sáhara, como figura de forma inamovible en los esquemas alauitas.
Sin embargo, un año después, al iniciarse las negociaciones en junio del 2017, el Brexit duro, el inicial, parece difuminarse un tanto en lontananza, al socaire de una serie de nuevas circunstancias, comenzando por la debilidad creciente del gobierno conservador tras el fracaso electoral de May, que pierde la mayoría absoluta, y ello en comicios convocados voluntariamente por ella misma, viendo debilitada su posición negociadora, más el declive de su moneda, el símbolo de su anticontinentalismo, y siguiendo correlativamente por el avance de la oposición laborista con Corbyn, más proclive al europeísmo, nucleando a las masas de población joven que votaron en forma mayoritaria contra el Brexit, como se ha destacado, y vertebrando un revisionismo que llega a no descartar hasta un nuevo referendum que anule el anterior.
Al mismo tiempo, los europeos, conscientes de lo que significaría el alejamiento británico, han comenzado a instrumentar mensajes conciliadores, incluyendo incluso la referencia a que la puerta para el regreso de Londres sigue abierta. En definitiva, abogando por establecer una relación especial, que faculte para proseguir en buena medida un camino común, que pivotará, matizándolo sobremanera, sobre el mercado único y la unión aduanera, donde Londres no tendrá que hacer demasiada gala de su estilo negociador de tenderos, en la acuñación del propio sir Harold Nicolson. Esta superadora propuesta de una relación especial, constructiva y mutuamente ventajosa, se ha visto reforzada, amén de por el manifiesto retraimiento norteamericano, el America first, enfatizado por los analistas, en base, como igualmente se ha remarcado, al juego clave de la seguridad, factor cardinal en la mancomunidad de intereses no ya europeos, sino a escala planetaria, quebrado dramáticamente con los sucesivos y recientes ataques terroristas.
En resumen, nadie sabe cómo van a terminar las negociaciones tras el plazo previsto de dos años, pero la mayoría pronostica con suficiente fundamento que no será con el Brexit, el Brexit duro, sino que más bien se va a un soft Brexit, cuyo primer jalón viene dado por la aceptación británica, aunque no todavía en grado bastante, ¨por debajo de las expectativas¨, del respeto a los derechos de los ciudadanos europeos en su territorio –¨es un buen punto de partida¨, ha dicho Angela Merkel- lo que les permitirá en contrapartida defender los de sus tres veces menos connacionales en Europa.
En estas o similares condiciones, y por lo que se refiere a los contenciosos diplomáticos, esto es, a Gibraltar, Inglaterra, el país donde, como tantas veces se ha recordado, antes aparecieron las instituciones representativas, podrá seguir siendo campeón de los llanitos, y garante de sus deseos e intereses repetidamente expresados con cifras paladinamente elocuentes frente a la justa causa españolista. Además, la amenaza terrorista, la seguridad común, permitirá al gobierno británico dar cumplida satisfacción al ministerio de Defensa, patrocinador del alto valor militar de la Roca, del que se dice, que su oposición influyó sobremanera en el naufragio de las conversaciones del 2002, cuando el acuerdo estaba hecho ¨para el verano¨.
Y siempre en nuestro tema de los contenciosos, si no hubiera incidencia sustancial sobre Gibraltar, ya no procedería en el horizonte contemplable el efecto dominó, en cadena, sobre los otros dos contenciosos. Sólo, pues, añadir porque resulta inocultable, la preocupación por las revueltas del Rif, en las que resuenan los ecos de ¨las revueltas del pan¨ en los 80, y luego de la Primavera Arabe, un fenómeno necesario pero inmaduro, en el que habrá que confiar en aquello de que ¨el tiempo de la paz es más lento que el de la guerra¨, que diría Rojas Paz.
Dique fundamental contra la emigración irregular y ante el terrorismo, Marruecos, precisamente por esas positivas características supranacionales, necesita mantener la debida estabilidad como se requiere solventar adecuadamente el asunto Sáhara, no ya en base a esa retahila de ¨solución política, que sea justa, duradera y mutuamente aceptable, en el marco de los principios y propósitos de las Naciones Unidas ¨, que se recita para describir lo que no necesita descripción, por evidente. Y que , para colmo, pudiera resultar insuficiente, porque la solución, dado lo enconado del conflicto, quizá tuviera que pasar por todo ello, por supuesto, pero asimismo incluir, en el grado que proceda, la realpolitik. Y ahí, la tradicional capacidad de inventiva árabe, debería de aportar las cuotas que correspondan.
Desde la auctoritas que me da el haber sido el primer y único diplomático allí desplazado ocasionalmente, en enero hará 40 años del inicio de mi gestión, ocupándome de los 335 compatriotas que quedaron en el territorio, a los que censé, siendo felicitado y condecorado también por tan relevante misión, quizá una de las mayores de protección de españoles del siglo XX, y de haber seguido tratando a lo largo de cuatro décadas tan desgraciado diferendo, en numerosa páginas y diversas conferencias en distintas latitudes, hasta estar considerado como posiblemente el mayor experto diplomático en nuestros contenciosos, es decir, siendo uno de los pocos con singulares conocimientos, teóricos y prácticos, de la controversia y de las partes, y tengo amigos, quizá resultara oportuno ponerse a disposición del S.G. Antonio Guterres, a fin de ser nombrado asesor a su representante personal para el Sáhara Occidental, Horst Köhler, en la convicción de que mi potencial contribución podría ser de especial utilidad para el buen fin de la misión de Naciones Unidas.
Alta diplomacia en el Estrecho
El avance español, lento pero en principio inexorable, en todo caso en función de la mayor o menor capacidad de los políticos y diplomáticos que lo lleven adelante, hacia el cambio de status en Gibraltar, constituye la variable mayor del neotérico juego diplomático en el Estrecho, ya que obligaría a Marruecos a ir considerando el reactivar, el anticipar su latente estrategia sobre Ceuta y Melilla, siempre prevista pero no sin haber solventado previamente el asunto Sáhara.
Es más, la carga en cuanto interrogante de esa variable mayor es tal, que posiblemente no haya nadie capaz de pronosticar el momento de arranque de ese potencial movimiento. El “cuándo” Rabat estime impostergable el mover ficha, una incógnita más difícil de despejar dado que no estaba contemplada a corto plazo, un plazo que ha precipitado la nueva diplomacia española sobre el Peñón. Mohamed VI tendrá que calibrar la duración de un período que irá marcando el progreso de Madrid ante la Roca, en un ejercicio estratégico que amén de incluíble en una táctica incómoda, resulta harto complicado, al tener que estructurar su acción diplomática con unos elementos hasta ahora no ya contemplados sino en buena medida imprevistos.
Es decir, que el fijar los tempos, el administrarlos, campo en el que Hassan II era un maestro consumado, se erige como la cuestión clave ya que la sustancia de la reivindicación continúa inamovible. Rabat sabe bien que sus chances jurídicas reivindicando las ciudades españolas son mínimas, por eso nunca planteará la controversia ante el TIJ, como muy forzadamente tuvo que hacer en el Sáhara para capitalizar, con el dictamen del tribunal en contra, un momento irrepetible, que le facultó para la Marcha Verde.
Rabat, jugará la partida en la vía política multilateral, ante el Comité de los 24, donde la cuestión está aplazada desde el 13 de agosto de 1975, “pendiendo cual espada de Damocles sobre la cabeza del gobierno español hasta el día en que a Rabat le interese reanimarla”, en la frase un tacto efectista pero autorizada del diplomático Francisco Villar. Esto es, transformará un litigio en el que ni jurídica ni histórica ni administrativamente ni en su vertebración humana, le asiste la razón, en un diferendo diplomático en el que contaría previsiblemente con la mayoría de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Francia, China y Rusia, éstos dos a su vez partidarios del referendum de autodeterminación en el Sáhara, más la abstención de Estados Unidos y la indiferencia británica. Y en la Asamblea General en principio tendría a su favor el lobby tercermundista, ampliamente más numeroso que el hispanoamericano (aquí ni siquiera latinoamericano por la presunta defección gala) que podrá instrumentar España.
Sigamos en la hipótesis de que el Comité de los 24 admite a trámite la petición marroquí y vistas, entre otras, las resoluciones 1514 (XV), 1541(XV) y 2265 (XXI), resuelve nunca descartablemente desde la óptica política, la inclusión de las ciudades en el estatuto de Territorios no Autónomos.
En este punto y como es sabido, las modalidades de la libre autodeterminación a tenor de las resoluciones citadas, son: independencia; libre asociación; integración o cualquier otro estatuto político. Entonces, existiría la posibilidad teórica de que Marruecos “recuperara” las ciudades. Pero se daría también la misma posibilidad –sólo que con visos de mayor probabilidad- de que se desestimara la opción marroquí. No resultaría difícil concluir que en la disyuntiva libre asociación o integración a España o a Marruecos, las ciudades se decantarían por la alternativa española o, en otros términos, que en ninguno de los cuatro supuestos de la autodeterminación, Ceuta y Melilla revertirían indefectiblemente a Marruecos. Por lo pronto, está el argumento más simple, el numérico (esto lo escribimos hace casi treinta años; ahora, con el incremento de la población musulmana, procede añadir “en edad de votar”, como lícita cláusula de salvaguardia). El numérico, pues, en edad de sufragio. Pero hasta en cuotas similares poblacionales, habría datos suficientes para pronosticar que los musulmanes se sienten melillenses y ceutíes, lo que les da un nivel de vida político y económico superior al que ofrece el vecino del sur, que necesitará bastante tiempo –así, en genérico- para superar el gap.
Y si se quiere, la misma independencia, donde la exigüidad no resultaría inconveniente determinante (Ceuta, 19.300 kms2; Melilla, 12.300) Recordemos que Mónaco tiene una superficie de 20 kms2. A partir de aquí, la viabilidad sería otra cuestión, lo que emplaza el tema ante la posibilidad teórica de la libre asociación, en el estado políticamente casi puro de Puerto Rico con Estados Unidos o en los más peculiares pero igualmente operantes de la “amistad protectora” de Francia con Mónaco o de Italia con San Marino, y dentro de esos regímenes interesarían los aspectos económicos, es decir, las uniones aduaneras del tipo Liechtenstein-Suiza o Mónaco-Francia.
¿Y el Sáhara Occidental? Siempre recuerdo con honor que en enero hará 40 años del inicio de mi misión en el inolvidable territorio-país, modesta pero a la postre, quizá una de las mayores de protección de españoles del siglo XX. Cuando antes se hablaba del Sáhara se hacía en genérico, refiriéndose a la franja que integran más de media docena de países, allí donde Pierre Benoit sitúa su Antinea en el macizo de Ahaggar, al sur de Argelia; e Isabelle Eberhardt, “la novia del Sáhara”, perecerá ahogada con sus manuscritos al sur de Orán; o Saint-Exupéry inicia su Principito en el desierto libio, o, como igualmente se ha contado tantas veces, P.C. Wren coloca su Beau Geste al norte de Nigeria.
Al Sáhara Occidental, pues, el gran mediatizador de la reivindicación alauita sobre las ciudades españolas, que viene transitando de manera cansina y dramática con un sino aún incierto, al no haber sido absorbido de forma definitiva por el reino alauita, ni siquiera relativamente, mientras que por otra parte prosigue reafirmándose, ampliando su reconocimiento diplomático, en el nuevo, todavía potencial tablero que parece avecinarse, se le abrirán inmensas posibilidades hacia la República Saharaui. No todas, porque en diplomacia no existe ese término, pero sí altas posibilidades, al mitigarse la presión marroquí, que se trasladaría al norte fundamental y forzadamente. Y en una partida donde se juega el todo o nada, reducir, atenuar, aflojar la presión, puede ser sinónimo del principio del final.
No parecen soplar, por tanto, buenos vientos para la política exterior, que es casi tanto como decir interior, de mi añorado Marruecos, al que siempre deseo lo mejor, lo que, por lo demás, es compatible con un ejercicio objetivo de diplomacia, donde haría falta la inigualable competencia imaginativa de Hassan II, paradigma del monarca culto y diplomático. “La lógica de la Historia”: “Tengo gran esperanza en que un día se reconocerá, igual que se ha hecho con nuestro Sáhara, que Ceuta, Melilla, las islas del Rif, son territorios marroquíes….”. Recuerdo su apotegma -creo que pensando también en la vía política bilateral, que asimismo pienso y dejo aquí constancia, que nunca estará cerrada- oyéndole en un libro (la tradicional literatura oral árabe) que tengo en La Serradilla, en mi biblioteca de trabajo en la vieja casona familiar de granito, rodeada de pinos vetustos, que se van cayendo, desde la que se ven las murallas de Avila, y en la que guardo la piedra caliza del Sáhara que me regaló el jefe de la misión cultural española, con la representación de un ave, prueba de que el desierto fue un vergel.
¿Se cumplirá “la lógica de la Historia”? O quizá mejor ¿hasta qué punto? Y, sobre todo, ¿cuándo?… Diplomacia sobre el estrecho, que en este período de aceleración histórica sin precedentes, tiene que ser alta. Y ortodoxa.
Diplomacia sobre Gibraltar… Y Ceuta, Melilla y el Sahara, al fondo
Hace mucho tiempo que vengo sosteniendo una tesis central en nuestros contenciosos diplomáticos y es la de que su gran problema radica en que constituyen una madeja inextricable, que no se puede o resulta muy difícil desenredar; una verdadera madeja sin cuenda, tremendamente entrelazada, en la que al tirar del hilo de cualquier diferendo no se deshace el ovillo sino que surgen automática, indefectiblemente los otros dos. Por eso, en metódico analista, hace tantos años como escaso éxito, que vengo propugnando un tratamiento coordinado de nuestras tres grandes controversias internacionales.
Aunque el euroescepticismo ya venía de antes, de siempre, no parecía esperable que ahora, casi de repente, un prometedor ya expolítico conservador británico, oficializara la necesidad de resolver tamaña cuestión de estado en base al criterio tan democráticamente impecable como dudosamente representativo por mil circunstancias y más en este caso dadas su hipersensibilidad e implicaciones extranacionales, de la pura democracia numérica, de la mitad más uno. Justamente para superar esa servidumbre, la técnica del derecho político creó la mayoría cualificada.
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Nunca antes, en ningún momento de las tres centurias transcurridas reclamando permanentemente Gibraltar, España, gracias a un Brexit tan impensado como impensable, ha estado en una posición tan inmejorable para conseguir su objetivo histórico. España, cuyas perspectivas diplomáticas en el Peñón se mostraban más bien escasas en el horizonte contemplable, repentina, sorpresivamente, ha recibido el mejor regalo en esa dialéctica siempre incómoda, a veces no fluida (incluso ad intra, y Jose María Campos, reclama desde Ceuta que el ofrecimiento de la cosoberanía para Gibraltar se ha debido de consultar con ceutíes y melillenses previamente en previsión de los posibles efectos colaterales) y hasta hace nada sin salida visible, por la que ha venido transitando la causa nacional de Gibraltar.
Nunca antes, por consiguiente, la diplomacia española ha tenido tanta responsabilidad para la resolución del contencioso. Y de ahí, lo extremadamente cuidadosa, es decir, profesional, que tiene que ser, como lo es, para recorrer un iter, que si bien se antoja corto, no está, no puede estar, exento de determinados obstáculos, sustanciales y adjetivos. Se trata, como ha señalado en ¨ Una victoria a medias ¨, con su agudeza habitual, José Zorrilla, ¨no me hago ilusiones¨, a quien más de una vez le he dicho que pudo haber sido un nuevo Edgar Neville tras las cámaras, de ¨recorrer la otra mitad del camino¨, la que falta para llegar a la meta. La más difícil.
Lo primero que hay que hacer es evitar que las cosas se salgan de carril, degenerando en derivas improcedentes producto de ardores patrióticos fuera de lugar, al menos de este lugar, así como en actuar con la suficiente mesura para anular o reducir el riesgo de que, apoyados en una cierta cuota de indocumentada opinión pública internacional de apoyo moral al más débil, se pudieran mutar lo que son derechos españoles y tornarlos por pasiva, en ¨una defensa numantina ante medidas abusivas ¨, incompatibles con todo lo imaginable e inimaginable. El plano procedimental requiere un cumplimiento escrupuloso y excluye cualquier tipo de semiparafernalia, desde las de bajo estilo, ¨el matonismo ¨que intenta adjudicar sin conseguirlo Picardo a la acción diplomática española, hasta las sin duda menos recusables por elegantes: nadie puede negar lo simpático y elocuente que resultaba el marqués de Santa Cruz, de quien se dice que llevaba a su perrita delante del mismísimo Buckingham Palace para exteriorizar más que simbólicamente su protesta.
Asimismo se impone ponderar en sus justos términos, ese casi hipnótico punto de referencia británico, lo que sir Harold Nicolson denominaba ¨la diplomacia mercantilista¨, ¨de tenderos¨, de sus compatriotas.
Igualmente la conceptuación de la Roca como base militar en zona estratégica, debe de catalogarse como corresponde, incluido el pertinente recordatorio de las bases de Estados Unidos en España y la condición de aliados en la OTAN. Y también, como modélica, la alianza anglonorteamericana, la más longeva en el mundo occidental. Sería la oposición del poderoso ministerio de Defensa británico, el escollo técnico insalvable para el acuerdo Aznar-Blair.
País donde antes se desarrollaron las instituciones representativas, los británicos figuran a justo título en la historia como campeones de la democracia, y en el caso de los gibraltareños, se muestran en su triple condición de paladines de sus deseos, de garantes de sus intereses y de custodios de sus derechos. De ahí, que esgriman de manera inmutable el respeto absoluto a la voluntad de los gibraltareños, ¨sin cuyo acuerdo nunca firmaremos nada¨.
Es decir, asenso de los llanitos y blessing desde Londres, como doble e inexcusable condición para la adecuada superación del diferendo, en el que los términos españoles deben de estar regidos por el señorío, el diálogo y la generosidad razonable. Esa misma o similar razonabilidad que puede pedirse a la contraparte.
………………
Avanzando, siempre teóricamente, en la senda hacia el Gibraltar español, Rabat no tardaría ni un segundo en reivindicar Ceuta y Melilla, reclamación que forma parte perenne e imprescriptible del credo político marroquí. Y que en términos geoestratégicos, Hassan II dejó así centrada la cuestión: ¨ninguna potencia permitirá que un mismo país detente las dos orillas del Estrecho¨ (aunque se ha sostenido que con España en la OTAN este aserto podría ser susceptible de segunda lectura), completado con el corolario ¨cuando Gibraltar sea español, Ceuta y Melilla volverán a Marruecos¨. Ante Naciones Unidas ya quedó el asunto en 1975, aplazado ante el Comité de los 24, ¨ pendiendo cual espada de Damocles sobre la cabeza del estado español, hasta que a Rabat le interese reanimarlo¨, en la frase un tanto efectista pero autorizada del diplomático Francisco Villar.
En ese nuevo escenario, en el que naturalmente también figurará el Sáhara (en enero hará 40 años que comencé a ocuparme de los 335 compatriotas que allí quedaron) y no precisamente como comparsa, el juego diplomático se complica y la respuesta española tendrá que estar en consonancia. Sin necesidad de explicitar, por conocidas y reconocidas, las distintas variables marroquíes, posiblemente baste con apuntar aquí que la dinámica fronteriza africana con la UE, ha puesto de relieve la tremenda capacidad de retorsión del reino alauita, auténtico guardián de la llave del paso del Estrecho.
Yo espero, con un Exteriores ya en proceso de renovación, poder contribuir en directo con mi modesta pero reconocida competencia en los contenciosos diplomáticos (desde Argentina, con las Malvinas, se la han recordado a Madrid) a la mejor defensa del interés nacional.
Los contenciosos diplomáticos, ¿hacia un turning point?
Tres hechos singulares están introduciendo en las últimas semanas una aceleración sin precedentes en la dinámica imparable de los contenciosos diplomáticos españoles. Tras el Brexit cuya incidencia real sobre Gibraltar ya sólo admite ponderaciones cualitativas, en diciembre el Tribunal de Justicia europeo ha estatuido que el Sáhara Occidental no forma parte de Marruecos, lo que se traduce en la prohibición para Rabat de utilizar los productos saharauis, limitando así los acuerdos comerciales y en la misma línea, más que previsiblemente los de pesca entre la UE y el reino alauita. Y sólo hace una semana, ochocientos cincuenta africanos han asaltado y saltado masivamente, dos veces en 72 horas, la valla ceutí que por lo desbordable, minora su valor hasta simbólico.
Más allá de cualquier exégesis, parecería emerger con claridad la siguiente proposición: Los nuevos factores dan un cuadro de situación neotérico y por encima de lo novedoso, si no imprevisible sí imprevisto hasta hace pocas fechas, autorizando a formular cuestiones fundadas sobre el fondo de los diferendos, que parecen encaminarse hacia un turning point. Si hasta ahora la duda metodológica hispánica radicaba en proseguir manteniéndose a la defensiva, jugando con las piezas negras, en estos momentos España parece estar facultada para jugar con las blancas, tomando la iniciativa, con un margen bastante, en este lubricán del ajedrez diplomático de los contenciosos. Porque si hay algo claro es que así, donde la situación global no sólo no se resuelve sino que se deteriora progresivamente, no se puede seguir.
En la partida, Madrid debería de basar su juego ante Marruecos y en el Sáhara, en los caballos, pieza más noble aunque más torpe que los incisivos alfiles, más apropiados en la situación casi directa del post Brexit en Gibraltar, y teniendo en cuenta, como idea-guía, la virtualidad de las interconexiones en los diferendos como variable nucleadora. ¨Ningún estado permitirá que una potencia controle las dos orillas del Estrecho¨ (aunque, como ya han sentado los analistas, con España en la OTAN, el aserto podría ser susceptible de segunda lectura) en la valoración geoestratégica de Hassan II, el gran dosificador de los tempos reivindicativos, completado con el corolario ¨cuando España recupere Gibraltar, Ceuta y Melilla volverán a Marruecos¨. Y a su vez, la imprescriptible reclamación alauita sobre las ciudades españolas, se muestra mediatizada, en imprecisable pero alta medida, por la resolución del asunto Sáhara.
En esta situación, Rabat muestra abiertamente sus cartas, por lo demás tan visibles como conocidas y reconocidas y, tras reingresar este enero del 2017, en la Unión Africana, que había abandonado en 1984 cuando la entonces OUA admitió a la RASD, juega un papel decisivo en la emigración irregular, enfatizando la dificultad de ser el primer gendarme en beneficio de los europeos, mientras hace valer su contribución especial a la lucha contra el fenómeno capital del terrorismo, al tiempo que reclama mayores facilidades para la entrada de sus productos en la Europa con la que colabora.
¿Y España? Madrid no puede, como salta a la vista y así se ha sostenido, desaprovechar la oportunidad única, impensada del Brexit, siempre con mayúscula por sus efectos, e invariablemente sin perder de vista el hipnótico punto de referencia de ¨ la diplomacia mercantilista, de tenderos ¨, como sir Harold Nicolson caracterizaba al accionar exterior británico, replanteando la tesis de la cosoberanía, con sus matices, asumida por el actual ministro de Exteriores, esgrimida por Morán, reformulada por Matutes, puesta en la mesa de negociaciones con Aznar-Blair y relanzada por el titular anterior de Santa Cruz, con su torpe ¨pondré la bandera¨, que sin su recusable sentido de la patrimonialización de nuestra sufrida política exterior en el Peñón, hubiera quedado en un más discreto ¨pondremos los españoles la bandera¨.
Siempre por supuesto, con el asenso de los llanitos y el correspondiente blessing desde Londes, doble condición sine qua non, que podría prenegociarse muy cordial y simbólicamente – lejos del ¨a Ynglaterra metralla que pueda descalabrarles ¨, del muy citado por nosotros Gondomar- hasta tomando un café con Picardo en el Jury´s, lo que como los conocedores intuyen no supone ninguna boutade, sino más bien situar coloquialmente la cuestión en coordenadas mentales y geográficas, en principio no reñidas con un asunto que todo él, es sui generis.
Y al tiempo de sopesar debidamente que no es lo mismo tratar con los hijos del Profeta que con los de la Gran Bretaña, si existiera la suficiente voluntad política, ahora, justo ahora, sería el momento, en el juego del federalismo nacional que se avecina, de, como hace años se ha propuesto, elevar a las ciudades a comunidades autónomas (ya hace casi tres lustros, ante una pregunta periodística, me pronuncié positivamente, como antes habían hecho otros tratadistas, sobre su factibilidad constitucional) reforzando su status, que es lo que demanda en primera instancia el interés nacional, que se vertebraría además en términos psicológicos, tremendamente valorables, agradecidos, por aquellas latitudes.
Y de manera subsidiaria, abriendo un abanico de posibilidades que ya he recogido reiteradamente, y que podrían llegar, con el tiempo y vistas las circunstancias del momento, hasta la independencia, sin que resultara inconveniente determinante la exigüidad territorial (Ceuta,19.300 kms cuadrados; Melilla, 12.300). Recordemos que Mónaco tiene una superficie de 20 kms. cuadrados. A partir de ahí, la viabilidad sería otra cuestión, lo que emplaza el tema ante la posibilidad teórica de la libre asociación, en el estado políticamente casi puro de Puerto Rico con Estados Unidos o en los más peculiares pero igualmente operantes de la ¨amistad protectora¨ de Francia con Mónaco o de Italia con San Marino y dentro de esos regímenes interesarían los aspectos económicos, es decir, las uniones aduaneras del tipo Liechtenstein-Suiza o Mónaco-Francia.
¿Y en el Sáhara? Dentro de nueve meses, en enero próximo, hará cuarenta años que el diplomático que suscribe comenzó a ocuparse de los 335 compatriotas que allí quedaron, a los que censé, siendo felicitado y condecorado también por tan relevante misión, quizá una de las mayores operaciones de protección de españoles del siglo XX.
Tras la digresión anterior, que va tanto dentro como fuera de texto y ante el dramático impasse, el análisis debería de incluir como dato configurador, que los polisarios iniciaron, natural y lógicamente, una guerra colonial, de liberación, frente a España, aunque dadas las circunstancias a pequeña escala pero con algún que otro episodio mayor, que llevaron a Madrid a cerrar las oficinas de representación que los saharauis tenían en España. Y que después, libraron una contienda contra Marruecos, donde la suerte de las armas les fue esquiva. Y ya han recordado los tratadistas, que en las guerras los derrotados pierden territorio y mencionado el caso de México, que vio amputado nada menos que el 55% del suyo a manos de Estados Unidos, por citar un ejemplo con participación de unos de los principales intervinientes en el conflicto saharaui. Al mismo tiempo, la RASD ha obtenido de manera concluyente la victoria diplomática en el conflicto, que no quedará resuelto hasta que se celebre el referendum de autodeterminación, en el sentido que sea. Y además, procede añadir, que de la controversia se ocupan tanto la ONU, como la UA, y ahora, que ese es el punto, asimismo la UE, esto es, atención, pues, de primer nivel.
Aceptando como verosímil la bondad de la tesis aquí expuesta, es decir, que se asiste a un cambio, relativa pero quizá suficientemente sustancial en la temática de los contenciosos, España debe de integrarse en la coyuntura y efectuar sin mayores dilaciones, el indicado movimiento de caballo, indirecto, que vistos los importantísimos intereses que tenemos en Marruecos, no habrá necesidad de subrayar que requerirá un delicado trabajo de ingeniería y hasta de artesanía diplomática, siempre de la mano de la realpolitik, para adaptar, hasta donde las tensiones lo permitan, el interés nacional a la indeclinable responsabilidad histórica.
Elegancia, dandismo y diplomacia
En el XIX de la Revolución y la Contrarrevolución, con la innovadora oleada de movimientos políticos y sociales que rompían la coyuntural y esclerotizada paz social, el Congreso de Viena certifica el papel menor de España en el concierto de las naciones. Si en Westphalia, en 1648, se había puesto fin a la hegemonía española, ahora, en Viena, donde, como tantas veces se ha destacado, ni siquiera se reconoció en forma debida la importante contribución española en la lucha contra Napoleón, despachando a D. Pedro Gómez Labrador, más tarde marqués de Labrador, con una antes que exigua, insultante recompensa, prácticamente nada en función de los objetivos perseguidos, la bajada de categoría española en el juego de poderes resultaba paladina. Y lo que posiblemente sea peor, respondía a la realidad de España, cuyo peso atómico internacional entraba en una imparable cuesta abajo, preludiando, ya al final de aquella agitada centuria, la crisis del 98, el año que se suicidaba en Riga, el cónsul Angel Ganivet, llamando al renacer del país en su Idearium Español.
La decadencia española cubría en su in crescendo aspectos menores pero representativos del mundo diplomático, como el atuendo, el ir a la moda, que también formaba parte del bagaje de la diplomacia, y asimismo reflejaba el descenso, la postergación, el ocaso hispánico: ¨En el XVII, la Cortes, los embajadores no españoles copian hasta los vestidos y las formas sociales de los embajadores españoles. Por ejemplo, la Corte de Viena sigue en todo las formas sociales del embajador español, Conde de Oñate. Lo mismo en el XVIII, los enviados copian las modas que prevalecen en la Francia que ha sucedido a la brillante corte de Luis XIV, y en el XIX, el modelo en el vestir, las costumbres, los juegos vienen de Londres y todavía a principios del XX los diplomáticos que se estiman se visten en Londres¨, describe Aniel-Quiroga.
Y aunque en el XIX contábamos con el duque de Osuna, épateur principal en la corte de los Zares durante su embajada en San Petersburgo, con sus fastuosos dispendios que terminaron arruinándole y de quien, como recuerda el conde de Altea, el poeta Manuel del Palacio, reclutado para la diplomacia por Juan Valera, escribía, ¨debe a Dios el nacimiento, debe a sus padres los bienes, de modo que es este duque, notable por lo que debe¨, pocos diplomáticos mencionables en aquel siglo pródigo en maestros de la política exterior, desde la trilogía clásica Metternich, Talleyrand y Castlereagh, limitándose las escasas referencias a casos particulares como el del I marqués del Zarco, destacado por Jules Cambon, en Le Diplomate, en su faceta de protocolo, de ntroductor de embajadores, como cita Altea, pero sin que conste, pero sin que conste que fuera un elegante. Sin embargo, sí parece que los agregados diplomáticos cuidaban los modales y según recoge Gómez de Valenzuela, el propio Valle Inclán pone en boca de la Reina Castiza, aunque en clave satírica, aquello de ¨pasemos a mi alcoba, para el humor reumático, corre un aire más fino que un joven diplomático¨.
Ni el marqués de Labrador, ni Angel Ganivet fueron elegantes. Tampoco lo es Felipe VI- simplemente viste bien, pero menos que hace años y guardamos con el afecto y el respeto que corresponden, las fotos que se hizo con nuestra hija Sonsoles en brazos, en 1991, en el consulado en Córdoba, en una visita que marcó un jalón en la ciudad más hispánica de Argentina- no siguiendo una línea de elegancia distinguida en la que Alfonso XIII era modelo, y en la que figuran por derecho propio Juan Carlos I o su hermana la infanta Elena, por citar y ponerme a los pies de las señoras.
Por encima de las incorrecciones de diversa índole que llenan todos nuestros libros y las referencias a ellos y que no volveremos a escribir, parece que podría suscribirse que en una corte más palaciega quizá por lo todavía comparativamente desacostumbrada como es la española, el medido protocolo adolece de alguna que otra laguna, y en mi artículo El protocolo de Estado en España, formulo modestamente algunas sugerencias, que aquí, que se habla de elegancia, no vienen al caso. Acaso procediera traer a colación por inocultable, que después, sólo hace días, en la Cumbre Iberoamericana de Cartagena de Indias, el Rey apareció, como el ministro que le acompañaba, con los puños de la camisa levantados, (luego se corrigió), junto al presidente de Perú, que iba con chaqueta, mientras que el anfitrión colombiano llevaba las mangas de la camisa abrochadas como corresponde, a la manera de la guayabera.
El consejero político de nuestra embajada en Rabat, Joaquín Ortega, que más tarde sería subsecretario de Exteriores, y que conocía al escritor Carlos Fuentes, el dandy de la diplomacia mexicana, me atribuía ¨un cierto dandismo¨ (es de suponer que cuando yo regresaba del Sáhara). En unos tiempos en que dos diplomáticos elegantes –que no habrá necesidad de precisar, supone categoría próxima pero distinta del dandismo- el alemán Claus von Amsberg y el francés Henri de Montpezat, contraían matrimonio con dos reinas, la de Holanda y la de Dinamarca, en la diplomacia española no había casi dandis y constituía un tópico el recordatorio a principios de siglo, de Gutiérrez de Agüera, traductor del citado Le Diplomate, que frecuentaba los salones con su sempiterno clavel en la solapa, como evoca Altea.
Quizá pudo serlo Edgar Neville, conde de Berlanga del Duero, literato y cineasta, de ¨bohemia dorada¨, pero su obesidad sobrevenida le sacó del elenco, aparte de que en cuanto tuvo ocasión, lo que fue pronto, se salió de la carrera para dedicarse a otros menesteres distantes de la burocracia: ¨Un dandy tras la cámara¨. Para colmo, dos prototipos del dandy pudieron entrar en la diplomacia, pero José Luis de Vilallonga, que siempre encarnó en la cinematografía, francesa y española, a aristócratasdistinguidos, es decir a sí mismo, no quiso seguir las indicaciones de su padre, y del conde de Villapadierna, ¨el último dandy, que disfrutó y dilapidó tres grandes herencias, que vivió al galope de sus pasiones, caballos, galgos y coches y fue un caballero de proverbial porte, con un toque internacional especial en la España de su tiempo¨, sólo sabemos que ¨cursó oposiciones a diplomático¨.
(Sobre lo que en un principio, desde finales del XIX, suponía la simple comodidad de guardarse el pañuelo una vez utilizado en el bolsillo más próximo al apéndice nasal, el superior de la chaqueta, con el resultado frecuente de que quedaba sobresaliendo de forma descuidada, elegantes y horteras introdujeron distintas variaciones. Éstos, entre los que en la moda figuraban el Caudillo y varios de sus ministros, exhibiendo en su cursilería el pañuelo de manera cuidadosamente horizontal, mostrándolo con una anchura matemática de un dedo, y aquellos, bien a modo de triángulo más o menos acentuado u otras modalidades de distinta afectación, entre los que se hacía notar Villapadierna, que lo llevaba de forma en verdad exagerada, casi como un tubo emergente, lo que no le impedía sobresalir como un destacado émulo de Petronio).
Tampoco la referencia a los titulares de Santa Cruz nos llevaría muy lejos, poco más que a Gregorio López-Bravo, sin que un defecto en una pierna, cierto que imperceptible, llegara a mermar un ápice su elegancia. José María de Areilza era persona particularmente distinguida, ¨¿alguien más refinado que él? ¨, hiperboliza García de Cortázar, pero innegable la distinción, su elegancia quebraba en el punto de los puños de las camisas, con gemelos, que sobresalían en exceso en más de una ocasión.
El mismo García de Cortázar define a Agustín de Foxá como ¨dandi irónico y exquisito¨. No, por favor. Escritor y poeta de nivel, el más conocido de los literatos diplomáticos españoles, el tantas veces citable y el más citado por mí, el brillante y ocurrente dialéctico, cincelador de frases lapidarias y celebradas, y siempre cantando a la Carrera, desde sus hombreras nevadas de caspa y con su corazón: ¨con la brújula loca pero fija la fe¨. Todo lo que usted quiera y más, pero dandi- aunque sea con i, como escribe el profesor y se escribe artificial, académicamente en español, yendo contra natura, rompiendo la estética inmutable que se proyecta desde la cuna-sede del dandismo, en los gentlemen´s clubs, en los clásicos, en el White´s, en el Boodle´s o en el Brooks´s- no.
Porque el dandy va unido al refinamiento y en consonancia al atuendo, es decir, a la elegancia; porque el dandismo ¨que es un ideal¨, en la valoración de Félix de Azúa, que parece excederse conceptualmente un tanto, ¨es ponerse prendas que puedan llamar la atención, dentro de un aire de elegancia¨, en el enfoque quizá amplio y desde luego coloquial pero elocuente de Luis Antonio de Villena. Por otra parte, algún viejo embajador me citaba a Pedro Cortina Mauri, cuidadoso en el vestir sin llegar a atildado; bueno, aquí queda. Y poco más que contar, por razón de espacio claro está, de los Beau Brummell de la diplomacia española….
Una oficina para los contenciosos diplomáticos y Gibraltar al fondo
España, a pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, a veces ha dado la impresión de tener más dificultades que otros países de su entorno para gestionar e incluso para localizar y hasta para identificar, el interés nacional.
España es un país medio-alto del flanco sur europeo. Pero también cuenta con una historia grandiosa que la llevó a ser primera potencia mundial. Los restos irresueltos de esa historia privativa, son los contenciosos diplomáticos españoles. Asumirlos y responsabilizarse debidamente de ellos, constituye hoy la gran misión a cumplir.
Por encima de las incorrecciones de diversa índole que llenan todos nuestros libros y las referencias a ellos y que no volveremos a escribir, ya no puede postergarse más la creación de una oficina para los contenciosos, como vengo pidiendo desde hace tiempo, desde no mucho después de tener el honor de ser el único diplomático que se ocupó in situ de los 335 compatriotas que quedaron en el Sáhara, a los que censé, siendo felicitado y condecorado también por tan relevante misión, quizá una de las mayores de protección de españoles del siglo XX. Más o menos, pues, desde que “tengo uso de razón diplomática” en el tema clásico, histórico y recurrente de los contenciosos de nuestra política exterior, donde mi competencia está considerada al máximo nivel.
Lo primero sería darles el tratamiento adecuado, lo que conlleva la creación de un centro que permita estudiarles no sólo en sus peculiaridades sino además analizarles de manera unitaria y coordinada, superando la tradicional polisinodia hispánica desde Felipe II, que decía García de Enterría, de los distintos centros concernidos y competentes, que a la postre se tornaban en un seminúcleo incompetente.
Resultando irrelevantes su denominación, carácter y rango, la ubicación debería de estar en Presidencia, en aras de una mejor coordinación y mayor congruencia. Y poco más que argumentar en asunto tan diáfano, que incluso desde el punto de vista administrativo implicaría un gasto adicional menor, ya que podría utilizarse la actual oficina para Gibraltar, del ministerio de Asuntos Exteriores, bastando con incluir en ella, los demás contenciosos. El balance que vengo haciendo sobre las seis controversias internacionales de España, abona todavía más, en su, con las correspondientes excepciones, hipostenia general, en su déficit diplomático global, su inmediata puesta en funcionamiento.
Y sobre todo, diríase inexcusable el tratamiento coordinado de los litigios, porque el problema clave –de nuestras “international disputes” , en la traducción convencional, ergo imprecisa, que desestimamos, prefiriendo por su mayor fidelidad “the contentious ones of the Spanish foreing policy” que da título a un libro mío- es que están tan entremezclados, que al tirar del hilo de uno para desenredar la inextricable madeja, a la manera de moderno hilo de Ariadna, surgen de esa madeja sin cuenda, automática, inevitablemente, los otros dos. ¨Ningún Estado permitirá que un mismo país detente las dos orillas del Estrecho¨, en la aproximación alauita, que constituye el punto central de su doctrina táctica (cierto que con España en la OTAN, el aserto podría ser susceptible de segunda lectura) completado por el corolario “Cuando Gibraltar sea español, Ceuta y Melilla volverán a Marruecos”. Asimismo, tras el dato de coincidencia geográfica de los dos grandes contenciosos en el área del Estrecho de Gibraltar (“Ceuta y Melilla y la OTAN”), igualmente se presenta incontornable la conexión rabatí con el tercero: la reivindicación de las ciudades españolas, irrenunciable para Marruecos, depende en imprecisable pero en alta medida, de la resolución del conflicto del Sáhara, que al mediatizarlo prácticamente introduce un elemento añadido de profunda y obscura complicación para la delicada ingeniería diplomática de la zona.
En efecto, la atipicidad internacional de España viene dada por la subsistencia del problema colonial, connotación que si bien comparte con otros cinco estados, hace del país prácticamente el único donde la obligada resolución del expediente se presenta todavía, ya avanzando el tercer milenio, de forma incompleta e insatisfactoria. Podría sorprender que una nación que figura entre las fundadoras del derecho internacional por varios conceptos, comenzando por el más noble, la incorporación del humanismo al derecho de gentes, no haya logrado no ya resolver sino ni siquiera desbloquear, su complicado historial de diferendos. La explicación parece simple y sobrepasa el marco jurídico para inscribirse abiertamente en el ámbito parapolítico, puesto que en las tres principales controversias inciden diversas servidumbres de la política exterior amén naturalmente de algunas de las imperfecciones del ordenamiento jurídico internacional. Y todo ello, nucleado por el factor geostratégico citado, de la confluencia de los tres grandes contenciosos en la misma zona hipersensible.
Hace algún tiempo, el agudo periodista gibraltareño David Eade, en su artículo “The triangle Ceuta, Melilla and Gibraltar: Why Ceuta and Melilla might be Moroccan but Gibraltar never will be Spanish”, se hacía eco de una entrevista mía con la referencia hassaní del factor geostratégico: “Ballesteros is a former diplomat, ambassador, academic, writer and so on and so forth, and his words are listened to in his native Spain”.
No habrá necesidad de añadir que mi propuesta de creación de una oficina, no ha tenido éxito. Sólo una vez, en 1983, con Fernando Morán como ministro de Asuntos Exteriores, cuando yo entregaba en el ministerio lo que más tarde sería el Estudio diplomático sobre Ceuta y Melilla, estuvo a punto de establecerse, con carácter secreto, un Comité del Estrecho, que cubriría las dos orillas, en el que nos integrábamos expertos diplomáticos y militares. Al parecer, una filtración al Faro de Melilla dio al traste con la oficina que quedó así en non nata.
“Supongo que seguirás con tu eterna curiosidad y tu continua dedicación a desvelar las claves de las grandes cuestiones diplomáticas que afectan a nuestro país”, me escribió desde Nicosia, en 1989, Miguel Angel Moratinos, el primer mediador internacional permanente que ha tenido la diplomacia española contemporánea y nada menos que en el conflicto palestino-israelí. El mismo Moratinos se había mostrado de acuerdo en que nos ocuparíamos debidamente de los contenciosos cuando todavía no estaba al frente de Santa Cruz, llegando a decirme que “lo intentaremos cuando yo sea ministro”, pero cuando lo fue, adujo, con innegables cuotas de realismo, que “eran unos temas con una sensibilidad tremenda y que para un político resultaba difícil abordarlos”.
Después, el Instituto de Estudios Ceutíes, en primera línea académica y vivencial de los contenciosos españoles, rubricaba públicamente, en la prensa, mi petición para que se creara la oficina y se me integrara en ella.
El pasado 2015, seguí con atención profesional la entrega de despachos a doce nuevos secretarios de embajada, a los que dedicaría estas líneas de diplomacia crepuscular, para ver qué apuntaba el titular de Santa Cruz sobre el tema clásico e irresuelto, que no irresoluble, de los contenciosos de nuestra diplomacia, siempre en teoría en el frontispicio de nuestra política exterior, con España presidiendo pro tempore el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Bueno, pues ni los mentó, ni siquiera en genérico, en lo que supuso, al menos para mí, una curiosa lección de relaciones internacionales españolas, dicho ello con el tono casi festivo y por supuesto cordial que corresponde a esta crónica menor para profesionales (“El horizonte contemplable y los contenciosos de la diplomacia española”).
Pues bien, para que no sea un artículo predominantemente teórico, introduzcamos un caso práctico, el del más típico de los contenciosos españoles, y preguntémonos ¿Qué puede hacer España para recuperar Gibraltar? Y a quién se lo tenemos que decir: parece claro que a los británicos (y a los llanitos, naturalmente). Con el gobierno inglés semi inoperante por el bloqueo del Brexit, siempre está la vía del Parlamento, como ya escribí hace bastante tiempo, depositario de las tradiciones y también y ese es el punto, del common sense, que habría si no ejercitar, desde luego sí explorar más, rindiendo homenaje al país que, como se acostumbra a recordar, antes se dotó de instituciones representativas, y que como campeones de la democracia, saben bien que se ejerce cuando procede, es decir, cuando no está viciada ab origine por causas exógenas, como es el caso de la población gibraltareña.
Y si me vuelven a invitar los amigos del prestigioso Foro del Estrecho a dar una conferencia por tan gratas latitudes, vería a Picardo aunque fuera tomando café en el Jury´s y le formularía la cuestión desde coordenadas razonables, porque la razonabilidad es clave en tamaña cuestión, es decir, con realismo y generosidad pero también, para evitar equívocos, con la firmeza y el señorío que nos asiste desde que Gondomar esculpiera aquello de “A Ynglaterra, metralla que pueda descalabrarles” y eso que los ingleses todavía no habían tomado el Peñón, sin otra bandera que la de inverecundia.
Todo ello reconociendo que la solución ideal no es autónoma, depende de las partes hasta por definición, como confirman al sernos implacablemente esquivas, tanto la teoría y ahí está Gibraltar y los españoles, de Armangué, con cantidad de propuestas, imaginables y hasta inimaginables, como la práctica, con las políticas de la dictadura y las más variadas de la democracia. Mientras, pagaríamos tributo a su fértil imaginación en el tema, porque mientras la española se ha ido agostando un tanto, la suya les ha llevado a colocar los seis kilómetros del Peñón, siempre en inicua ampliación, entre los más rentables a escala planetaria.
Y, en fin, se les podría reiterar, a parlamentarios y al pueblo llano, pocas veces mejor dicho, y siempre que sea menester, un iter cohonestador y no enfrentador de los dos grandes principios, el de la integridad territorial, que devolvería el Peñón a los españoles, y el de la autodeterminación, que si bien técnicamente no les corresponde a los gibraltareños, por estar incursos en la excepcionalidad en los territorios no autónomos, de no ser la población original, no habría el menor inconveniente en que lo pudieran ejercitar y ser así, británicos o españoles o mejor aún, tener la doble nacionalidad, como ya todo ello se les ha venido ofreciendo.
Porque como acabo de escribir en El final del Sáhara que nunca existió, la hora de los realismos ha llegado de la mano del pragmatismo que conduce a la realpolitik. De la misma forma que en el Sáhara nos adherimos al mal menor para los saharauis con la tesis de la partición, en Gibraltar, a la búsqueda de una solución factible y pronta, pedimos, propugnamos, la colaboración –operativa- de la contraparte.
Ahora, todos estamos de acuerdo en la tremenda influencia que tendrá el Brexit sobre Gibraltar y yo mismo he escrito que “si se produjera, dejaría a los llanitos in the lurch”. Pero también me he visto en la precisión de señalar en La elemental cautela diplomática ante el Brexit sobre Gibraltar, eso, que se impone la elemental cautela, una obligada prudencia, primero, esperando que efectivamente se produzca y después, analizando las condiciones en que tenga lugar, siempre sin perder de vista el casi hipnótico punto de referencia de la “diplomacia mercantilista, de tendero”, con la que sir Harold Nicolson caracteriza el accionar exterior británico.
De ahí, el lamentable episodio final del anterior titular de Santa Cruz, que llevado por su precipitación y con cuestionable estilo diplomático, se apresuró a proclamar que “pondré la bandera en el Peñón”. Ya el mismo Franco, según desvela López-Rodó, advirtió a Castiella que “en Gibraltar el único que no tiene derecho al apasionamiento es el ministro de Asuntos Exteriores”. Y menos, podría añadirse, a entablar debate no precisamente sotto voce con un interlocutor de nivel impropio, todo ello sin mencionar el ¨pondré la bandera¨, con un recusable sentido de la patrimonialización de nuestra sufrida diplomacia en el Peñón, que hubiera quedado mejor con un más discreto “pondremos los españoles la bandera”. Confundiendo un elegante asalto de esgrima en algún gentlemen´s club, en el Reform Club, (“Elegancia, dandismo y diplomacia”) con un vulgar cuerpo a cuerpo dialéctico, lo que ha conseguido el hombre éste (y ha podido ser peor según le insinuó una diputada británica respecto de los sitios en que podría poner la bandera) es que los llanitos, comprensiblemente tocados, mejorando o empeorando, como se quiera, el humor británico con unas dosis del andaluz, le cantaran, es de suponer que regodeándose y para colmo con el tuteo que da la canción, el “No way, José”, como si fuera el butler, ¡el ministro de Asuntos Exteriores de España!…
En fin, rogaría al nuevo gobierno que se ponga en marcha la oficina, porque ése es el interés de España.
Ceuta, Melilla y la OTAN
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España queda situada en el fuego diplomático cruzado entre la Alianza Atlántica y Rusia, país amigo, que se ha quejado, ¨se han confundido de enemigo¨, y en la dialéctica defensa de sus derechos-obligatoriedad solidaria hacia la NATO
La escala de una flotilla rusa en Ceuta, que se ha venido repitiendo con frecuencia durante el último lustro, en base a la normativa de aprovisionamiento de los buques de guerra extranjeros en puertos españoles en tiempos de paz, en el caso actual, con el portaaviones Kusnetzov, ha resultado a la postre frustrada por las protestas de la OTAN, al invocar que el destino de la flota era Siria, con todo lo que conlleva en estos momentos. España queda así situada en el fuego diplomático cruzado entre la Alianza Atlántica y Rusia, país amigo, que se ha quejado, ¨se han confundido de enemigo¨, y en la dialéctica defensa de sus derechos-obligatoriedad solidaria hacia la NATO. Todo ello, incluido el perjuicio económico para el puerto ceutí, faculta para su análisis desde la técnica de la política exterior, confirmando una vez más que para que la toma de la decisión sea correcta, requiere la globalidad, esto es, la inclusión del tema en la técnica de la relación total a fin de que, en su atingencia, haga coherente la dialéctica relación total-interés total.
¿Por qué España no consiguió al integrarse en la OTAN la cobertura para Ceuta y Melilla? Cuando escribí sobre el asunto años después, recuerdo que me adherí a la tesis de que ¨un gobierno menos inseguro y precipitado que el de Calvo-Sotelo, quizá hubiera podido negociarlo¨, porque las ampliación de la cobertura atlantista a todo el territorio nacional, si bien estaba excluida del texto de la Alianza, lo era porque la situación geográfica extrametropolitana en Africa no se contemplaba, excedía de los teóricos límites naturales aliancistas.
Quizá pues Madrid debió de jugar más fuerte sus bazas a la vista de los antecedentes de los territorios argelinos de Francia o del territorio de Turquía y de varias islas al norte del Trópico de Cáncer, especialmente si como recuerda el mismo Calvo-Sotelo, ¨me dí cuenta de que para España tendría mayor trascendencia por su superior calado político, acelerar el ingreso en la OTAN antes que en Europa, que se planteaba como un tema económico¨. Independientemente de que no parece que la aseveración resultara compartida por casi nadie fuera de algún que otro corpúsculo militar, el hecho es que no se consiguió y para colmo, en las negociaciones para la integración total en la estructura militar, en 1997, en alguna manera cedimos los derechos en superficie sobre Las Salvajes, como peaje ante Portugal por el apoyo que su aliado inglés daba a España. Pues bien, lo que en principio entonces resultaba factible, ahora se complica en el juego de alianzas por el factor marroquí y su estrecha relación con Francia y Estados Unidos.
Sin embargo, procede apresurarse a subrayar, centrándolo en sus justos términos, que el tema de la no cobertura explícita de los territorios españoles norteafricanos, no debería de llevarnos muy lejos, no debería de hiperbolizarse, de tergiversarse, puesto que el actual concepto de estrategia de la organización atlántica sí los cubre implícitamente, en base al principio de solidaridad entre los miembros, a través de las intervenciones fuera de zona.
Mayor interés plantea, por tanto, el asunto del juego de alianzas en el hipersensible Estrecho de Gibraltar, nucleado por un elemento geoestratégico que conduce a afirmaciones del siguiente tenor: ¨Ninguna potencia permitiría que un mismo país controle las dos orillas del Estrecho¨, en la valoración de Hassan II, que constituye el punto central de su doctrina táctica, completada con el corolario ¨cuando España recupere Gibraltar, Ceuta y Melilla volverán a Marruecos¨. Al mismo tiempo, también se presenta automática la conexión rabatí con el Sáhara, donde la reivindicación alauita de las ciudades viene mediatizada en alta aunque imprecisable medida por su resolución, complicando sobremanera la delicada ingeniería diplomática de la zona.
Ahí el punto nuclear radicaría en poder precisar el cuándo, el momento en que Mohamed VI, menos experimentado y quizá más urgido que su predecesor en marcar los tiempos en los contenciosos con España, considere suficientemente resuelto el conflicto saharaui y por ende, se sienta en condiciones de pasar a la por lo demás irrenunciable acción en el norte. Ese dato clave está a su vez en función de la alianza marroquí con Francia y con Estados Unidos. El Elíseo apoyando resueltamente a Rabat en la tradición inalterable con su antiguo protectorado y la Casa Blanca para reafirmar su estrategia post 11-S con la nación árabe más occidental y prooccidental, frente al terrorismo fundamentalista y cara a sus planes en Oriente Medio, más, como en el caso francés, los intereses petroleros.
En este momento procesal para la toma de la decisión y una vez precisado en grado bastante el peso atómico internacional de España, que junto a los activos económicos y militares, suma el acervo cultural, con la fuerza excepcional del idioma, procede establecer la comparativa de la relación española y marroquí con Francia y Estados Unidos. La referencia promarroquí al XVIII, a la independencia norteamericana, recordando que fue Marruecos el primer país en reconocer a la recién nacida república, es correcta pero no debería de sobrevalorarse en perjuicio de la conexión española, mucho más sólida en cuanto contribución activa a esa independencia. Pero en la evocación del tiempo diplomático hábil, esto es, reciente, los antecedentes operativos arrojan un cuadro elocuente con el papel USA en la Marcha Verde o el sin tapujos galo en Perejil.
Por encima de las incorrecciones de diversa índole que llenan todos nuestros libros y las referencias a ellos y que no volveremos a escribir, una conclusión emerge enhiesta: que la toma de decisiones en política exterior es más complicada que en política interior, hasta por definición, dada la bilateralidad, la trilateralidad, e incluso, como en este caso, la concurrencia de partes.
Sentado lo anterior, la solución dada al incidente ha resultado acertada, como han resaltado varios medios entre ellos El Confidencial Digital, que ha hecho un buen trabajo de investigación y del que tomamos algunos datos. La retirada de la petición rusa para hacer escala, tras la negociación con Madrid, faculta para salvar la situación y en su carácter casi salomónico permite que no marque un precedente. Y además de no deteriorar la relación con Moscú (donde yo realicé en solitario uno de los viajes iniciales de la cooperación hace treinta y tantos años) que conviene seguir incrementando en el juego diplomático global, otorga el blessing, a los efectos de la debida formalización de la cobertura atlantista de nuestros territorios, para dar un toque indirecto a Bruselas-OTAN, remarcando, sin complejos y sin prejuicios, el valor geoestratégico de la España europea, el mismo que llevó a Washington a la alianza con las bases en la España que entonces era una dictadura.
De esta mêlée non nata, la única parte perjudicada ha sido Ceuta económicamente, lo que no debería de volver a ocurrir, y si las demás opiniones que he formulado lo han sido a título de posiblemente el mayor experto español en nuestros contenciosos diplomáticos (circunstancia que espero ponga en valor el nuevo gobierno) esta última ponderación, el perjuicio para Ceuta o naturalmente para Melilla, la hago como miembro del Instituto de Estudios Ceutíes, a estos efectos en el centro de nuestros principales diferendos de política exterior.
Sáhara crepuscular (e intermedio para un dandy)
Se acercan, ya llegan las fechas que marcan el ritual anual del Sáhara Occidental. Y son legión los interesados, estudiosos, aficionados, que escriben sobre tan lamentable y fangoso asunto. Sin duda ello es bueno en cuanto que permite mantener la llama encendida pero con similar rotundidad podría mantenerse que es malo en cuanto probatorio de la inmutabilidad del diferendo, de que no se contemple solución visible en el horizonte contemplable. Los argumentos son los mismos; las imputaciones se repiten; las responsabilidades se reiteran. Todo está suficientemente claro, empezando por las dificultades de solucionar tan enconada controversia, derivadas de las insuficiencias del derecho internacional y de las imperfecciones de la política exterior.
Es cierto que los acontecimientos se siguen sucediendo pero sin que nada autorice a pensar que las cosas van a cambiar sustancialmente y menos a partir del sonado fiasco diplomático del secretario general de Naciones Unidas en su reciente visita de marzo a la que esperó hasta casi su jubilación de diez años en el cargo, manteniendo eso sí al mismo mediador durante ocho años, y la contundente respuesta rabatí, que cualquiera que fuera su exégesis se plasmaba en un rayano a lo definitivo.
En mayo de este año fallecía Mohamed Abdelaziz, tras 40 años al frente de la causa saharaui. Fue el típico líder árabe, con escaso carisma (pocos líderes tan carismáticos en el mundo árabe como Nasser, pero tal cualidad no le sirvió para escapar de la categoría del general permanentemente derrotado) e infinita e interesada paciencia, partidario de la vía diplomática, que hizo lo que pudo, que ya es bastante dadas las circunstancias. Sin nuevos líderes, impensable desde la típica mentalidad árabe un joven valor salvo surgido en acción, como fue el caso del primer héroe nacionalista, Bassiri, se ha encumbrado a uno de los clásicos en el grupo de los senectos, Brahim Gali, que tiene como credencial haber formado parte del núcleo decisor desde la misma creación del Frente Polisario y que en uno de los momentos más configuradores de la contienda, cuando en enero del 89, la única vez que el propio Hassan II se presta a hablar con ellos, formará parte de la delegación tripartita saharaui: ¨Se abre ¨el espíritu de Marrakech¨, con el rey cordialmente despectivo; los guerrilleros sumisamente altivos; y las banderas cansadas y los palmerales cantados por los poetas¨, escribía yo, antes de recoger la opinión de los tratadistas: ¨en aquellos momentos lo que se les ofrece a los saharauis es una amplia autonomía bajo bandera marroquí, que los polisarios, cuyas miras en el histórico encuentro eran ingenua pero debidamente más elevadas, rechazarán¨.
Por encima de las imperfecciones de diversa índole que llenan todos nuestros libros y las referencias a ellos y que no volveremos a escribir, un hecho se agiganta incontrovertible: hoy, cuatro décadas después, casi todo, todo sigue igual. Y esa es la clave: el conflicto no puede ser eterno. Existen disputas internacionales de larga duración e incierto desenlace (y hasta de más difícil solución, como la de Chipre, si traemos a colación la autorizada opinión de James Baker, que se ocupó de ambos diferendos) pero ninguna tiene los parámetros tan bien definidos, tan determinados, tan incuestionables como la del Sáhara Occidental.
Y sin embargo, los múltiples escritos y declaraciones que surgirán sobre la contienda saharauimarroquí no pasarán de la cantinela habitual y por tanto inoperante. Ya no hay datos nuevos salvo los de la evolución vegetativa del conflicto, más erosionante para los saharauis porque para ellos es vivencial. Podría mantenerse que ya no hay nada que no se haya dicho. Y mientras los archivos han sido expurgados y van desapareciendo los protagonistas y los testigos de primera fila, las alegaciones, cansinas, se repiten. Ni siquiera se encuentran datos para los investigadores, es decir, que excedan del plano puramente académico.
En La Serradilla, en la vieja casona familiar de granito rodeada de pinos centenarios desde la que se ven las murallas de Avila, he encontrado -junto a la piedra caliza del Sáhara con la representación de un ave, prueba de que el desierto fue un vergel: ¨nunca os olvidaré ni lo que simboliza este obsequio¨, dije a los profesores españoles en el Aaiun- un ejemplar de la memoria voluntaria que hice en 1980 al terminar mi destino en Rabat y pasar a Cuba. Se encuadernaron una docena de ejemplares mecanografiados –a sus pies, Mary Luz, que iba para cantante de ópera cuando le fallaron las cuerdas bucales- de La acción consular de España en Marruecos desde la independencia, cuya edición he propuesto al MAEC por su posible interés, ya que se trata de un sobresaliente y útil trabajo, que cubre prácticamente todos los aspectos del importante cuarto de siglo inicial de las relaciones consulares hispanomarroquíes.
En la memoria he encontrado un dato menor pero fidedigno que, amén de para especialistas, procede reseñar. ¨Confeccionado el primer censo de españoles en el Sáhara, con fecha de 31 de diciembre de 1978, realizado por mí, la cifra ascendía a 335, repartidos entre Fos-Bucráa (220) y El Aaiún (115). Luego, el cerrado a 31 de diciembre de 1979, recoge 717 españoles, aunque no es una cifra real. Los españoles censados lo son a título de derecho ya que más de 300 son menores de edad y residen de hecho en Las Palmas. Pero es que además, la colonia española en Fos-Bucráa había desaparecido. El cierre real de las minas produjo en febrero de 1980, el licenciamiento de 203 españoles, quedando sólo 17, en puestos administrativos y con residencia en El Aaiún. Por tanto, el número de compatriotas se había reducido en casi una tercera parte, cayendo de 335 a 127, y todos con residencia en El Aaiún¨. Pues bien, en la memoria incluyo la siguiente addenda. ¨Ante todo, actualizar el censo de nuestra colonia en el Sáhara exespañol, con la inclusión de 6 compatriotas en Dakhla (antigua Villa Cisneros). Se trata de un sacerdote y cinco civiles cuya existencia constató el autor de estas líneas en uno de sus desplazamientos pero que con motivo de la ocupación del territorio bajo administración mauritana por Marruecos, en 1979, el anterior Depositario de los bienes de España en El Aaiún informó que habían abandonado la zona. Confirmando rumores en contrario que llegaban a la Embajada, con fecha de 30 de junio de 1980, se ha procedido a su inscripción en el censo que se lleva en la Sección Consular. Así pues, la cifra de españoles en el Sáhara Occidental que cifrábamos en 127, se incrementa en seis más, 133 ¨.
También encontré junto al dato anterior, otro texto igualmente amarillento, ajado, sin la menor atingencia con el Sáhara, puramente anecdótico, incluso de una cierta frivolidad, que se intercala con el permiso del lector porque quizá venga a cuento para intentar romper momentáneamente, con un toque semifestivo, la aridez administrativa y moral del contencioso. El consejero político de nuestra embajada en Rabat, Joaquín Ortega, que luego sería subsecretario de Exteriores, que a sus 84 años mantiene activa su atención profesional y que era amigo del escritor Carlos Fuentes, el dandy de la diplomacia mexicana, me atribuía ¨un cierto dandismo¨ (es de suponer que cuando yo regresaba del desierto). En unos tiempos en que dos diplomáticos elegantes –categoría próxima pero distinta del dandismo- el alemán Claus von Amsberg y el francés Henri de Montpezat, contraían matrimonio con dos reinas, la de Holanda y la de Dinamarca, en la diplomacia española no había casi dandis y constituía un tópico el recordatorio anterior de Gutiérrez de Agüera, traductor de Le Diplomate, de Jules Cambon, que frecuentaba los salones con su sempiterno clavel en la solapa. Quizá pudo serlo Edgar Neville, conde de Berlanga del Duero, literato y cineasta, de ¨bohemia dorada¨, pero su obesidad sobrevenida le sacó del elenco, aparte de que en cuanto tuvo ocasión, lo que fue pronto, se salió de la carrera para dedicarse a otros menesteres distantes de la burocracia: ¨Un dandy tras la cámara¨. Para colmo, dos prototipos del dandy pudieron entrar en la diplomacia pero José Luis de Villalonga, que siempre encarnó en la cinematografía, francesa y española, a aristócratas distinguidos, es decir a sí mismo, no quiso seguir las indicaciones de su padre, y del conde de Villapadierna, el ¨último dandy, que disfrutó y dilapidó tres grandes herencias, que vivió al galope de sus pasiones, caballos, galgos y coches y fue un caballero de proverbial porte, con un toque internacional especial en la España de su tiempo¨, sólo sabemos que ¨cursó oposiciones a diplomático¨. (Sobre lo que en un principio, desde el XIX, suponía la simple comodidad de guardarse el pañuelo una vez utilizado en el bolsillo más próximo al apéndice nasal, el superior de la chaqueta, con el resultado frecuente de que quedaba sobresaliendo de forma descuidada, elegantes y horteras introdujeron distintas variaciones. Éstos, entre los que figuraban el Caudillo y varios de sus ministros, exhibiendo en su cursilería el pañuelo de manera cuidadosamente horizontal, mostrándolo con una anchura matemática de un dedo, y aquellos, bien a modo de triángulo más o menos acentuado u otras modalidades de distinta afectación, entre los que se hacía notar Villapadierna, que lo llevaba de forma en verdad exagerada, casi como un tubo emergente, lo que no le impedía sobresalir como un destacado émulo de Petronio). Ni siquiera echando mano de los titulares de Santa Cruz encontramos más que a Gregorio López-Bravo, sin que un defecto en una pierna, cierto que imperceptible, llegara a mermar un ápice su elegancia. Y poco más que contar de los Beau Brummell de la diplomacia española….
Cuando antes se hablaba del Sáhara, se hacía en genérico, refiriéndose a la franja que integran más de una docena de países. Allí había estado la Legión Extranjera, tan exótica que sigue sin aceptar mujeres en sus filas, y allí, al sur de Argelia, en el macizo de Ahaggar, había situado Pierre Benoit a sus oficiales franceses en la Atlántida de la reina Antinea. En el desierto libio, Saint-Exupéry sufrirá el accidente de aviación con el que, como tantas veces se ha contado, principia El Principito. También en el argelino, al sur de Orán, morirá a los 27 años, ahogada junto a sus manuscritos, la escritora Isabelle Eberhardt, ¨la novia del Sáhara¨… El Sáhara español, a pesar de la inmensa ventaja de bordearlo el Atlántico, no figuraba mucho más allá del desvaído colonialismo hispánico en Africa y sin embargo en él ha surgido una nación, que prosigue a la búsqueda de su estado, resolviendo un profundo problema de filosofía política pura, el poder precisar hasta qué punto ocho lustros combatiendo son suficientes para solidificar una nacionalidad entre pueblos tradicionalmente nómadas, con un sedentarismo reciente. Y tan es así, que el Sáhara Occidental es prácticamente el único de los países que integran el Sáhara que se ha autodeterminado per se, que en paralelo divergente con Estados Unidos que añade de América en exclusiva, podría titularse el Sáhara sin más, eliminando el Occidental.
Uno de los escasos errores de Hassan II fue el no calibrar debidamente el potencial nacionalista en el Sáhara ex español: ¨España obró con sabiduría renunciando a organizar entre ¨el pueblo saharaui¨ un referendum de autodeterminación, porque hay un pueblo saharaui en Mauritania, en Argelia, en Mali, en Senegal y…en Marruecos ¿Podría uno imaginarse la aparición de media docena de naciones saharauis, bruscamente autodeterminadas, en el seno de estos países? En ese caso autodeterminación significaría autodestrucción¨. Pues bien, el nacionalismo saharaui – ¨El alma de un pueblo¨, en la expresión de Ahmed-Babá Miske- va a surgir al calor de una serie de circunstancias, recogidas por Francisco Villar. Por un lado, como reacción ante las continuas y crecientes reivindicaciones de sus vecinos; por otro, a causa de la política española, que en su paternalismo resaltará interesadamente la identidad colectiva de los autóctonos; también actuará la conciencia de no haber estado sometidos nunca a un poder ajeno, con la excepción matizable del colonialismo español; luego, las múltiples independencias en derredor; y asimismo, el saber que se cuenta con un país donde a la riqueza piscícola se suman los fosfatos.
Así nacería la RASD, iniciándose una contienda que ya dura más de 40 años, que se va acercando al medio siglo, que se dice pronto, generación y media de saharauis y marroquíes, en la que Marruecos ha obtenido una victoria militar pero no diplomática. Por tanto no concluyente. De ahí, que el conflicto se presente irresuelto y demande la correspondiente solución que, dadas las circunstancias, el valor tremendamente vinculante de los hechos consumados en derecho internacional, habría de buscarse en base al incontornable realismo, esto es, al posibilismo, en vía metajurídica, paralegal. Es decir, una salida regida por la realpolitik. Y yo, como primer espada en los contenciosos diplomáticos españoles, nemine discrepante, vuelvo a insistir, ¨con la brújula loca pero fija la fe¨, que decía Foxá, en la partición, a pesar de ser sabedor del escaso predicamento que en la actualidad tiene la tesis del reparto y que el ex ministro de exteriores Moratinos, gran conocedor de la problemática y buen amigo, ha sintetizado en un elocuente ¨antes pudo ser ; hoy ya no ¨.
En cualquier caso, siempre dentro del prisma de la realpolitik, de lo factible, de intentar superar el impasse actual con la defensa de la partición en cuanto salida casi salomónica, quizá resulte pertinente aducir otra consideración adicional, a la búsqueda de destrabar el diferendo, lo que constituye el objetivo nuclear. Podría pensarse que a la larga, el statu quo más o menos matizado si se quiere, se antoja extremadamente difícil de mantener, tanto para Marruecos, que tendría que seguir soportando olímpicamente la presión internacional de condena en cuanto país anexionista y conculcador de los derechos humanos, todo ello avanzando el siglo XXI, donde además resulta incuestionable que el tremendo –se reitera el calificativo- valor de los hechos consumados en derecho internacional tiene sus límites y desde luego, sería inconcebible que una nación pudiera desaparecer, como para los saharauis, que por mucho que proclamen en su forzado conformismo que ¨si no ahora, verán la independencia los hijos de nuestros hijos o los hijos de sus hijos ¨, es de suponer que son conscientes de que tamaña posición excede de las categorías contemplables y sitúa el tempo histórico de resolución del conflicto en coordenadas inaceptables.
Por lo demás, y por mucho que lamentablemente, así son las cosas, las guerras han provocado la cesión de territorios por parte de los estados derrotados y, como ya han recordado distintos analistas, ahí está el caso de México, que perdió nada menos que el 55 por ciento del suyo a manos de Estados Unidos, por citar un ejemplo con participación del, junto con Francia, principal interviniente no árabe, en el drama saharaui.
Aunque no estamos convencidos –raramente habremos utilizado ese término en materia de contenciosos diplomáticos españoles- podría pensarse que frente a la tesis ciertamente superadora de un estatuto para el Sahara ligado a Marruecos por vínculos pactados del tipo de un federalismo, de una confederación, o de un estado libre asociado, que esgrimen Bernabé López et alii, y que prima facie parece más cercana, también por lo continuista, a los contendientes, la partición, por la autonomía que conlleva, quizá encajara con mayor dignidad, respeto, y sobre todo consistencia de futuro, en el juego de soberanías.
Como ya he tenido el honor de escribir: Los mejores deseos a marroquíes y saharauis, nobles pueblos entre los que he convivido varios años y tengo tantos amigos. Y la paz…
El Sáhara Occidental, 40 años después, y ‘la lógica diplomática’
Este 28 de febrero se cumplirán 40 años de la salida de España del Sáhara Occidental.
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