Carta abierta de un padre de Ceuta que temió por la vida de su hijo

A quien corresponda, y a toda la sociedad:

Hay momentos que marcan a un padre para siempre.

El día que mi hijo necesitó cuidados intensivos urgentes fue el día que entendí lo que significa sentirse completamente impotente. No porque faltaran médicos comprometidos, no porque faltara esfuerzo, sino porque en mi propia ciudad no existía el recurso que podía salvarle la vida.

Ese día, el mar estaba embravecido. El helicóptero no podía salir. Y mi hijo, un bebé indefenso, necesitaba una UCI pediátrica que Ceuta no tiene.

Mientras miraba a mi hijo, no pensaba en estadísticas. No pensaba en porcentajes. No pensaba en números. Pensaba en su respiración. Pensaba en si lo iba a perder.

Por eso, escuchar ahora que instalar una UCI pediátrica o una unidad de Radioterapia en Ceuta “no sería ético”, en palabras del secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, no solo me indigna. Me rompe por dentro.

Porque lo que no es ético es que un padre tenga que esperar a que el tiempo permita despegar un helicóptero para que su hijo tenga la oportunidad de vivir

Lo que no es ético es sentir que la vida de tu hijo depende de la geografía.

Lo que no es ético es que nos digan que nuestros hijos son demasiado pocos como para justificar su protección.

Mi hijo no es un número.
Ningún niño de Ceuta lo es.

El Hospital Universitario de Ceuta está lleno de profesionales extraordinarios que luchan cada día con lo que tienen. Pero también está limitado por lo que no tiene.

Nadie puede entender lo que se siente hasta que te dicen que tu hijo debe ser trasladado fuera urgentemente pero que no hay medios para ello por un temporal. Nadie puede entender el silencio, el miedo, la angustia de no saber si un barco de salvamento maritimo recibira el permiso o no de venir a recogerlo.

Ceuta es España.
Nuestros hijos son españoles.
Nuestros hijos merecen las mismas oportunidades de vivir.

No pedimos privilegios. Pedimos protección. Pedimos igualdad. Pedimos que ningún padre tenga que volver a sentir lo que nosotros sentimos.

Porque cuando la vida de un hijo está en juego, no hay argumento técnico que calme el miedo y la incertidumbre! No hay justificación que haga aceptable el riesgo.

Solo hay una verdad: nuestros hijos merecen todas las oportunidades de sobrevivir.

Espero que el que toma estas decisiones no tenga que pasar por esto para entenderlo.

El hastío mecanicista

A pesar de la negrura que espera al ser humano al final de su camino vital, o como diría Joseph Campbell “de la tumba del vientre al vientre de la tumba” (véase el Héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito), también se puede adquirir el bálsamo del consuelo vitalista que nos hará amar a nuestra propia muerte, ya sea elegida como un final épico propio de los militares más aguerridos y valientes, verdaderos novios de la muerte en el caso particular de la brava legión, o en un tranquilo y sereno contexto intelectual desde donde se pueda abrazar el final por haber superado algunas etapas importantes.
La infelicidad se palpa a nuestro alrededor y es precisamente por el miedo que nos provoca el final negro de la muerte, después de haber existido sin sentir el pálpito necesario de la renovación de la vida en nuestro interior. No exponerse con valentía a las pruebas que inexorablemente nos pone la vida en nuestro planeta equivale a sellar un pacto con el más rufián de los demonios que promete una vida regalada pero ausente de las esencias que perfumarán el camino de nuestra existencia mortal; sin la satisfacción inigualable que nos proporciona haber salido victoriosos del inexorable camino de dificultades después del periodo de iniciación que todo ser humano debe recorrer en alguna medida. Todos los que pertenecemos a la especie humana somos seres sociales en mayor o menor medida y pocas satisfacciones son iguales a aquellas que contribuyen a mejorar el bien común de una forma pura y desinteresada.
Aquellos que no cumplen las distintas etapas requeridas por la tribu quedan desterrados y condenados a una existencia pueril y sin sustancia, ni personal ni social, conviertiendo su vida en algo tremendamente superficial y lleno de vacuidad hasta la negrura final. Es por este motivo que tantos y tantas se entregan con afición a la fiesta continua y a la superficialidad como medio para aplacar los fantasmas de la mente, que reaparecen con inusitada constancia a través de los sueños y de los pensamientos continuos a los que hasta el más estúpido está sometido. El inconsciente froidiano es el poso del que nacen los sueños que nos atormentan y que proviene del fondo de nuestra mente, de los albores del hombre y de la todavía incompleta evolución cultural. No podemos olvidar que nuestra psique es antigua como la de muchos otros mamíferos y proviene de acumular distintas etapas en el desarrollo orgánico del cerebro además de experiencias ancestrales que parecen haber marcado una evolución paralela de la mente humana a lo largo y ancho del planeta. Al igual que la genética une a los seres humanos en un estrecho margen de códigos genéticos emparentados, no parecen existir muchas dudas sobre la unidad de las respuestas étnicas de la mente del ser humano en todo el mundo; a esto se refiere Carl Jung en su exposición de los arquetipos o imágenes puras que solo pueden ser captadas por mentes privilegiadas y transmitidas a través de los necesarios ritos de iniciación en las distintas culturas. De esta manera, un héroe es la persona que alcanza la normalidad de la clarividencia al apartarse del mundo e iniciarse estoicamente durante un periodo para volver a presentarse ante los demás como un ser capaz de contribuir al bienestar común. Realmente no hace falta batallar con un minotauro o levantar de la nada una institución cultural o científica para ser un héroe pues no desestimemos la constancia, perseverancia y la actitud sacrificada de una persona que saca adelante a su familia sin pedir nada a cambio salvo la satisfacción del deber cumplido; este alma sin duda pertenece a una heroína o a un héroe. Al fin y al cabo el sabio Campbell expone que el héroe o heroína es el ser humano que ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones y ha conseguido alcanzar formas humanas generales, válidas y normales dentro del amplio espectro de la psique humana. El héroe o heroína es quien se atreve a cambiar transformándose en algo mejor.
En los mitos antiguos y muchos de los modernos, el mundo natural tiene unas repercusiones tremendas en el devenir del ser humano y por ello se nutren de explicaciones fantásticas que lo homenajean y sirven de aleccionamiento para los iniciados en el sendero de la transformación hacia la renovación de la vida. Sin irnos muy lejos, Ceuta y su entorno constituyen un punto de concentración de energía, donde se sitúan escenarios de acontecimientos mágicos y misteriosos que son tan reales como necesarios, rituales de iniciación para la tranquilidad de nuestra psique y por consiguiente para la plenitud vital. Muy cerca de Ceuta, hay unos bosques sagrados y bendecidos por aquellos musulmanes que veneran a Moulay Abdeselam del que se dijo que introdujo el sufismo en Marruecos y constituye un eje del mundo místico y su entorno natural una fuente inagotable de inspiración y dicha.
Demasiado tiempo han estado los mitos más modernos, egocéntricos y sobretodo malentendidos, gobernándonos y dirigiendo la mente del ser humano hacia el mecanicismo y alejándonos a todos del verdadero significado del mito que persigue, ante todo, la paz con el universo y por lo tanto con sus creaciones. Muchos han tenido que presentar incluso argumentos infantiles y superficiales acerca de la naturaleza, duramente combatidos y ridiculizados por los voceros a sueldo del implacable capital, para tratar de frenar la vorágine asesina del mecanicismo inmoral en contra de los ecosistemas. El mecanicismo muy bien representado por falsos profetas como el antiguo vicepresidente norteamericano en la era Clinton ha sido capaz de crear mitos tan poderosos como la “cortina de humo” del cambio climático en lugar de poner en cuestión el enorme impacto del cambio global que todo lo altera o destruye, nuestra infamante demografía y toda la destrucción de ecosistemas y recursos que estamos provocando. Primero vendieron el mito con voceros científicos que se han adherido con pasión interesada clamando por la subida del nivel de los océanos (algo que ha estado sucediendo a lo largo de la mayor parte de la historia de nuestro planeta) y luego, cuando sea al momento propicio, venderán a las masas aleladas, gracias a otros voceros, que ha sido cosa del planeta y no de la industria para continuar con sus falacias engañosas. Cuando la verdad es que el clima a gran escala es impredecible pero, sin embargo, la sexta extinción la hemos provocado nosotros por la destrucción de los ecosistemas y de multitud de especies. Con esta exaltación de la destrucción hemos aniquilado una parte significativa de los lugares sagrados de los mitos antiguos del hombre primitivo. Detesto el pensamiento mecanicista por muchos motivos largamente expuestos a lo largo de varias colaboraciones pero también porque es lo contrario al mito antiguo paleolítico, más puro y acorde con nuestra mente, pues se basa en un profundo respeto por el universo y sus creaciones y por lo tanto pertenecen al patrimonio de la preservación de todo lo más preciado que tenemos en nuestro planeta.

Viajamos para regresar a nuestro hogar

Aunque a primera vista nos sorprenda la afirmación, es posible que, si lo pensamos un poco, lleguemos a la conclusión de que la finalidad principal de los viajes es regresar a nuestra ciudad y, sobre todo, a nuestro hogar.
¿Cuántas veces, queridas amigas y amigos, tras un viaje al llegar a nuestro hogar hemos repetido que no hay un hotel en el que nos encontremos como en nuestra propia casa? Es posible que los viajes, además de descubrirnos lugares exóticos e inimaginables, nos sirvan para redescubrir y para revalorar ese rincón de nuestra casa en el que leemos o cosemos o, incluso, ese butacón desde el que, soñolientos, leemos la prensa, vemos el telediario, los partidos de fútbol o los programas del corazón.
En mi opinión, viajamos, también para comparar nuestros espacios con otros lejanos: nuestras playas con las de la Costa del Sol o con las de las Antillas, nuestra catedral con la de Notre Dame de París o con la de San Pedro de Roma, nuestro clima con el del norte de España o con el del Centro Europa. Los viajes nos abren unas vías de acercamiento a los demás y, al mismo tiempo, unos cauces de aproximación a nosotros mismos: viajar es una forma de alejarnos y de aproximarnos a nuestros lugares y, por lo tanto, una manera de salir y de entrar en nosotros mismos y de revalorar nuestras cosas.
También viajamos para reconocer los lugares y las gentes contados por los pintores, por los escritores y por los amigos. Viajamos, efectivamente, para disfrutar contando nuestras peripecias. ¿No es cierto que uno de los mejores momentos de los viajes lo disfrutamos cuando, reunidos con los amigos, relatamos nuestras experiencias y las ilustramos con las fotografías y con los videos, esas imágenes que expresan y repiten las sensaciones y los sentimientos de los tiempos y de los lugares, esos paisajes, personas, culturas, costumbres e historia reales o imaginadas? Los viajes son unas oportunidades para recuperar el significado de las pequeñas cosas. Una simple comida de un lugar alejado puede convertirse en experiencias inéditas y nunca imaginadas. A lo mejor el aliciente mayor de los viajes estriba en la posibilidad de alejarnos de nosotros mismos para volvernos a encontrar.

La última frontera

Muchos pueden pensar en fronteras como aquellos límites geográficos, difíciles de alcanzar, al estilo de las gestas de Shackleton en el polo sur, o la actual exploración del medio marino profundo, con aguerridos buzos equipados con recicladores de gases, o bien utilizando sumergibles tripulados. También es bien cierto, que existen fronteras en el conocimiento científico o consecuciones sociales, tan inasibles, como las simas abisales de nuestros océanos. Sin salir da casa, la infame situación de muchos empleados transfronterizos atrapados en Ceuta, sin posibilidad de conseguir un pasaporte, ni y derechos regularizados, es una meta que está causando mucho sufrimiento y dolor.

Yendo mucho más lejos, y entrando en el meollo de la cuestión que más me interesa comentar, esto es, la dificultad de alcanzar sentido a la vida, y su profundo significado trascendental. Así deseo tratar el tema de la última frontera. Y quizá, debería decir, la única y verdadera meta del ser humano para llegar a ser verdaderamente libre. Claramente inspirado por las jornadas literarias organizadas por el IEC, me atrevo a dejar otra de mis reflexiones mestizas, en la que expreso una manera de entender el hecho trascendental, que también conoce María Jesús Fuentes, amiga entusiasta observadora de los fondos marinos, y coordinadora de estos eventos, tan gratos y reconfortantes.

El recital poético del jueves, en la Biblioteca pública del estado en Ceuta, creó una suerte de atmósfera trascendente de verdad,  bondad y belleza. Símbolos del mismo concepto, que no es otro, que el amor y el amar. Porque en este ámbito temporal en el que se desenvuelve esta existencia, el único motor posible y el que define nítidamente a la condición humana, es el sentimiento amoroso. Preguntarse por el origen de esta misteriosa fuerza imparable, capaz de alcanzarlo todo, y de entregarse en cuerpo y alma por tantas consecuciones loables, por la vocación imparable, por el prójimo, es penetrar en la esencia y sentido de la vida y de la creación. Es un objeto de conocimiento alquímico, y por lo tanto al alcance de los que sueñan, y se transportan con la imaginación hacia mundos insondables, más allá del conocimiento positivo.

Por ello, todo afán de conocimiento, que se precie de participar de la humanidad, debe estar impulsado por la emoción, hermana inseparable de la inspiración. De esta manera se explica bien, la teoría botánica sobre la hoja ideada por Goethe, o su discrepancia de la fría teoría newtoniana de ondas, que explicaba el color, sin tener en cuenta al propio sentido del color. El sabio alemán, animaba a su querido amigo Alexander von Humboldt, a investigar la naturaleza con ardor y pasión, cuyo simbolismo oculto, es imaginar aquello que todavía no se ha descubierto, y dejarse impulsar por esa misteriosa energía, que a pesar de las dificultades del camino vital, siempre está presente para reconfortarnos y animarnos a continuar. Humboldt llenaba los teatros de Berlín, no por sus sesudos conocimientos sobre los bosques tropicales, y los volcanes centroamericanos, ni siquiera por la minería, solo el amor que desplegaba cuando relataba sus historias naturales, puede explicar este particular fenómeno social.

Si el sentimiento amoroso fluye unido al talento recibido, y meritoriamente cultivado, se puede dar en cualquier lugar donde el corazón del hombre se libere de las cargas y pueda florecer en unión con los sufrimientos por la vida. Los sufrimientos no fueron pocos, en el grupo de románticos alemanes, al que pertenecían los dos sabios aludidos, pero tampoco en la pequeña y provinciana Concord, y la costa este de Estados Unidos, donde se generó el movimiento trascendentalista americano, capitaneados por Whitman, Thoreau o Emerson.

Para muchos de los reunidos en las mentadas Jornadas Literarias, el conocimiento es una forma de expresión amorosa. Y esta se manifiesta a través del ejercicio de las vocaciones, y la entrega amorosa y emotiva a las distintas formas de investigación.

La mía es la exploración científica de los ecosistemas marinos, pero unido a otras formas de conocimiento, en beneficio del crecimiento espiritual del hombre. De hecho, me encanta escribir sobre naturaleza aunando ciencia con historia, literatura y reflexiones teológicas católicas. Y todo ello, no hace sino incrementar mi capacidad científica, y elevarla, a la vez que mi alma se va enriqueciendo. Se entiende por tanto, la fascinación que sentí por el poeta y ser humano que responde al nombre de Manuel Gahete. Persona muy culta, a la vez que accesible, ameno y apasionado; un ser encantador con una capacidad de conexión empática, franqueza y talento fuera de lo común. Aquellos aspectos literarios de su poesía fueron comentados por la sabiduría agradable y dulce de María Jesús, sus versos fueron cantados admirablemente por la artista ceutí Ebhel.

Conectamos rápidamente en el turno de preguntas, mi amigo del alma José Manuel Pérez-Rivera, introdujo a Campbell, sin nombrarlo, y a su obra cumbre, “Las máscaras de Dios” en la sala. Cuantas horas de conversación hubiéramos querido pasar los dos hablando con Manuel, nunca se sabe si habrá alguna ocasión en esta vida. Por mi parte, me gustaría hacerle una consulta por un libro que estoy terminando sobre relato trascendentalista en el mar, uniendo también pequeños enlaces a cortos de videos submarinos. Me gustaría haberle preguntado si podría estar de acuerdo con esta frase “poesía son susurros de Dios al alma”.

A Manuel le gusta el mar, y me comentó que practicaba buceo recreativo, así que he pensado, hacerle mi pequeño homenaje, a su preciosa intervención, con unas insólitas imágenes sobre organismos planctónicos, que bien podrían parecer sacados de la imaginación. Espero que le gusten las imágenes

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Las cadenas de ascidias planctónicas son seres fascinantes que van viajando por el universo marino impulsándose gracias a un rudimentario sistema de propulsión que inhala y exhala el agua marina. Podríamos decir que se alimentan dinámicamente, introduciendo agua en su interior, para filtrarla y expulsarla limpia de sustancia nutritiva. Durante un tiempo son solitarias y asexuadas, pero al llegar una época concreta, se unen graciosamente en perfecta harmonía creando cadenas bioluminiscentes, auténticas gemas efímeras que transitan nuestros mares y océanos, pregonando su mensaje para aquellos que desean escuchar e imaginar. Forman parte del mega-plancton gelatinoso, una suerte de organismos trasparentes, compuestos de grandes cantidades de agua y del que se alimentan organismos tan diversos como pueden ser los corales o las tortugas marinas. Utilizando razón y emoción, trascendiendo al positivismo científico imperante, bien podríamos entender, que estas criaturas podrían haber salido de una mente amorosa profundamente inclinada a la diversidad infinita de posibilidades.

Toda esta belleza es una forma de poesía que espera ser descubierta y admirada, emiten señales para atraer la capacidad de asombro por una obra inconmensurable, de la que solo hemos podido arañar la superficie con el conocimiento científico. Pero sería un auténtico desperdicio, impropio del ser humano, si solo nos contentáramos con sacarle algún tipo de beneficio práctico sin entender su verdadero significado y la esencia de su mensaje.

Lo mismo podríamos decir de los jardines escondidos en los fondos marinos menos accesibles a la exploración marina. Espacios ignotos y escondidos de todas las miradas, y donde siento la enorme pequeñez ante una obra magna, que paradójicamente me llama a su conocimiento y admiración. Qué sentido tiene la conservación, solo para asegurar la salubridad de los ecosistemas, sino entendemos que esta obra de amor inconmensurable está hecha para admiración y elevación de nuestro espíritu.

Por ello, tengo que elevarme, si no lo hago, no llego a vislumbrar un horizonte, un algo que existe más allá, y sin este foco amplio no me interesa ya ningún conocimiento frío y alejado. Sin duda, para mi Dios es la última frontera.

San Cristóbal de las Casas

Doce horas largas en autobús comunican San Cristóbal de las Casas desde Oaxaca. No me termino de acostumbrar a viajar de noche, da igual el medio de transporte, me es imposible dormir. Así que medio zombi llegué de amanecida, las nubes cubriendo el cielo y un frio matutino fueron compañía a través de las estrechas y empedradas calles de San Cristóbal. Tuxla es la capital del estado de Chiapas, famosa por el levantamiento zapatista a principios de enero de mil novecientos noventa y cuatro. Aún hoy en algunas tiendas y locales hay vestigios del levantamiento y en una pequeña sala de no más de diez personas se proyectan sesiones de documentales sobre el enfrentamiento entre el ejército de liberación nacional zapatista y las tropas del gobierno mexicano.
A pesar de todo San Cristóbal mantiene todo el encanto de un pueblo que no ha querido avanzar en el tiempo para mantener su identidad propia y su buen gusto vistiendo calles. Me bastaron un par de días para enamorarme del pueblo, el ritmo pausado de vida que llevan sus habitantes se contagia fácilmente a los pocos turistas que se dejan ver entre sus soportales. Paseando cerca del centro encontré el Arco del Carmen, un edificio que erigieron los españoles en el siglo XVIII en San Cristóbal como campanario y como puerta de entrada al pueblo. El volcán Huitepec domina el pueblo desde el oeste, como un guardián dócil a lo largo del tiempo, desde la cafetería ‘La Charcu’, justo en el lado opuesto del volcán lo solía contemplar, tomando café, pintado por las nubes del atardecer.

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Me encantaba, a cualquier hora, comer tacos de lengua o cachete de cerdo, en una taquería casi saliendo del pueblo que se llamaba ‘el charrito’. No suelo comer cerdo pero esos tacos me tenían enganchado, la carne se deshacía en tu boca y la salsa, mezclada con especias y un poco de picante te ponía en trance gastronómico. Hacía mi propio ‘tapeo’ con tacos y vino para entrar en calor y después investigaba entre calles que aun no conocía para bajar la ‘orden de tacos’, descubría una cafetería o alguna tienda de comida y así echaba el dia cuando no jugaba en ‘Trece Cielos’.
San Cristóbal vive del turismo, hay tiendas de artesanía de Chiapas, en una de ellas me compré un poncho para no desentonar, aunque aquí en Ceuta sí que desentono pero me da igual. Agencias de viajes donde comprar billetes que te lleven a las ruinas mayas o hasta Guatemala. Bares de comida de todo tipo, desde pizzerías, comida étnica e incluso japonesa.
No acostumbro a salir de fiesta, me limito a ‘tapear’ con mis amigos y después a casa pero en San Cristóbal, bueno ese bendito pueblo tiene una oferta nocturna que invita a robarle horas al sueño para dárselo al baile. Cumbia, Salsa, Reggae…variada música en directo de grupos poco conocidos que vienen desde Colombia, Cuba, Honduras…Las horas vuelan bailando y bebiendo en locales como ‘Revolución’ o ‘Naufragio’, buena música y mejor ambiente. Incluso hay un local para los que gustan reventarse el tímpano y de paso las neuronas con reggaetón. Después aguantar el frio hasta la llegar a la cama y al dia siguiente ‘la cruda’, como en México llaman a la resaca, si te has pasado con la cerveza o el tequila.

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A las afueras del pueblo, yendo hacia el norte, está el mercado, lleno de verduras, frutas, carnes, todos los productos locales que da la tierra y que se crían, con laxas medidas sanitarias pero de niño yo recordaba el mercado así, cerca de donde estaba el cine Terramar. La cultura tzotzil, y su lengua, está muy presente en todo el pueblo, se dejan ver con sus pantalones de lana gruesa negra sin tratar y sus vestidos rojos con varios colores, sus caras morenas y cuarteadas por el Sol que rara vez deja escapar una sonrisa. Da vida e identidad al dia a dia del pueblo.
No todo es perfecto en San Cristóbal, el punto negativo que sufrí fue los continuos cortes de agua. Cuando son prolongados hay camiones cisternas que puedes pagar para que te llene el aljibe que tengas en tu casa o establecimiento. Hablándolo con un nativo me dijo que no deberían existir esos cortes de agua porque Chiapas es abundante en agua pero se llevaban el agua hacia otros estados.
El clima en San Cristóbal es perfecto, parecido al de Ceuta pero con menos humedad. Los días son caldeados por un Sol primaveral y cuando cae la noche el frio toma el relevo hasta bien metida la mañana siguiente, eso en un estado caluroso como es Chiapas es un autentico lujo. Cuando me fui no me despedí en condiciones de ‘Sancris’ porque de alguna forma se que volveré.

Eugenio Canas, en el recuerdo

Si existe alguna profesión donde los buenos y malos trabajos dependen de que un balón caprichoso entre en una portería, en la que pierdes ese trabajo, tendríamos que hablar de los entrenadores de Fútbol, aquellos que hoy lo son y mañana dejan de serlo. Triste realidad. Pocas veces un segundo “trainer” ha solucionado un problema generado, seguramente, en la pretemporada. En los últimos años, se llega a dar la destitución del “coach” hasta en tres ocasiones. Es el camino que enfila aquel Club que se encuentra próximo a besar los flecos de la desaparición.
De pronto sonó lo que todos los jugadores ansiábamos oir: -All rigth very guay-. Con esa frase tan particular y no menos original, el Mister acababa de dar por finalizada una intensa sesión preparatoria. Las gradas del antiguo Alfonso Murube se carcajeaban calladamente, prudentemente, de la ingeniosa forma que tenía Eugenio Canas de agradecer a los jugadores su entrega en los entrenamientos, que después, no contaba con la fortuna deseada en los partidos oficiales que se disputaban en jornadas dominicales. Lo cierto es que, la segunda temporada consecutiva que afrontaba el C. D. O`Donnell en tercera división, hoy Segunda B, no fue correspondiente con la ilusión que atesoraban, en sus inicios, todos los integrantes de aquel plantel, donde se casaban la experiencia y la juventud de un equipo semi-profesional y con bajo presupuesto. Con una pretemporada marcada por la falta de espacio natural, y que los primeros entrenamientos se realizaron en la zona llamada de “los trenes”, el Presidente Juncadella, sus directivos Emilio Cózar, Pepe Arche, Guerra, Manolo Vega y con Eugenio a la cabeza, procuraban con su empeño que, ese conjunto que iba a representar a la ciudad de Ceuta en categoría nacional, en compañía de la A.D. Ceuta, gozase de un terreno de juego donde poder entrenar, desarrollar y conjugar el estado físico y psicológico de aquellos futbolistas que, constituían, “la pasión por el fútbol”.
Dejando a un lado los fichajes foráneos, cuando se cumplía un tercio de la liga y con el equipo ocupando puestos de descenso, surgió el “quorum” indispensable para que, cuatro suplentes, se sublevaran ante lo que no creían justo. En el centro del campo del Murube y después de una fase del entrenamiento, se produjo el acercamiento. Manolo Luque, Pepe Arque, Paco Villanúa y Paco Vinuesa, se dirigieron educada pero seriamente a Eugenio, para decirle: -Mister, queremos referirle nuestro disgusto por no encontrarnos dentro de su planes, pero el equipo va el último… y deseábamos preguntarle-: ¿Cuándo vamos a disfrutar de minutos?. La queja fue muy bien aceptada e incluso ensalzada por el entrenador, alentando a aquellos jóvenes jugadores para seguir en esa dinámica y por aquella demostración de interés, manifestando: -Llevo años en esto y es la primera vez que me ocurre. Os agradezco vuestra sinceridad-. Su reacción hacia aquellos “revolucionarios”, hizo conocer a estos la afabilidad de un hombre que, desde ese día, los trató como si fueran sus propios hijos. Por eso, cuando somos llamados para iniciar el camino de la Gloria, siempre nos llevamos esa tortura que vivió siempre con nosotros. Tras el accidente que tuvieron jugadores en un viaje en el que los jugadores llevaban sus vehículos, donde el único perjudicado fue Francisco Silva López, un jugador cedido por el Cádiz CF, Eugenio llevó la tristeza en su cara a partir de aquel desgraciado accidente y que, como a algunos de nosotros, será dificil de olvidar.
La oportunidad de debutar en tercera división, se produjo en el siguiente desplazamiento del equipo, donde, por primera vez, era convocado uno de los jugadores “amotinados”. El escenario era el Campo de “El Almarjal”, donde el Cartagena se convertía en uno de los gallitos del grupo. Ese día, contra todo pronóstico, Eugenio alineó de portero a Monchi, entonces haciendo el servicio militar en Ceuta y portero del Racing de Santander, dejando en el banquillo a Vicente García, ex jugador del Real Madrid, al que se le vinculaba con la titularidad. Decisión muy discutida. Monchi hizo un gran partido, pero Vicente era un porterazo. Con uno a cero en el marcador y cuando corría el minuto 5 de la segunda parte, el Mister alcanzó a sacar su cabeza del banquillo y dijo: -Paquito, realiza el calentamiento, ¡te vas a bautizar en tercera división-! Conseguido el empate merced a un penalti que trasformó Miguel Bernal, en el último minuto y que, por un fallo defensivo, la suerte no estuvo con nosotros. Fue triste perder de aquella manera, pero fue emocionante ver a Eugenio, aquel hombre de gran corazón, llorar amargamente junto a sus jugadores. A estos los felicitaba y abrazaba, con un fuerte sentimiento de tristeza.
Ahora, que ha fallecido mi amigo Eloy Morales y que han pasado más de cuarenta años, diré que Eugenio marcó un estilo y que, aunque hace años que inició el sendero de la paz y la gloria, creo que se fue con un equipaje lleno de formación y educación deportiva hacia muchos jóvenes ceutíes, donde los medios de comunicación exaltaron sus cualidades humanas, con sentidas palabras y numerosos escritos, meritorios a una vida dedicada a los demás. Por eso hoy creo que, es un buen día, para reconocer que no fui a visitarte cuando comenzaste a sentir el terror de la enfermedad, como tampoco lo hice para acompañarte en tu último viaje y eso, me hace sentirme mal. Acompañado de Paco Silva, siempre te dejamos una rosa blanca allá donde descansas, en la estancia de San Francisco Javier. A veces, de forma espontánea, nos atrevemos a decir: ¡Mister, sácame! Y entonces relucen los recuerdos, revoloteando en nuestras deportivas cabezas. Pero, sobre todo, respeto a un hombre bueno que, como siempre, aún finaliza con un All Rigth very guay, es decir, “todo está bien”.

Una semana para olvidar

Hay muchas formas de hacer periodismo y este medio –El Faro de Ceuta– apuesta por hacer un periodismo alejado del sensacionalismo y de utilidad pública, que trata de ayudar a las personas. Puede que nadie lo sepa, quizás porque el error ha sido no contar a los ciudadanos lo que llevan años haciendo sin ningún interés económico, incluso periodístico, porque su único interés ha sido reconfortar a las madres y padres que no sabían que su hijo había muerto.
En aquellos años los muertos eran subsaharianos y argelinos que eran enterrados en Santa Catalina con la presencia del sacerdote, alguna monja, profesionales de este medio, algún ceutí y los enterradores. Del muerto solo se sabía el color o la raza. En esas circunstancias, su familia estaba condenada a vivir con la pena de no saber de su paradero, incluso con la esperanza imposible de que algún día se presentara ese hijo. Sin embargo, en el mundo, aunque no lo parezca, hay gente capaz de dedicar su tiempo en hacer el bien, en intentar consolar el corazón de los padres de una persona que perdió lo único que tenía: La vida.
Después de la despedida se intentaba identificar al desdichado contactando con otros inmigrantes que podían haber coincidido en ese largo viaje desde la África más profunda hasta nuestra ciudad, porque muchos de ellos coincidían en los montes de Marruecos antes de intentar llegar a Ceuta. Ese era el trabajo y muchas madres y padres han podido pasar el duelo de despedir a un hijo gracias a este medio.
Muchos años después El Faro de Ceuta sigue haciendo una labor humana impagable y gratuita. Lo hace publicando las fotos de marroquíes que son buscados por sus padres ante el temor de haber perdido a sus hijos intentando pasar a Ceuta. Son padres y madres que se refugian en un medio de comunicación para intentar localizarlos y lo hacen en El Faro, porque saben que hay periodistas con corazón.
Esta semana han aparecido en nuestras playas tres inmigrantes muertos. Un drama que habla por sí de las necesidades que estaban pasando para decidir jugarse la vida en llegar a un país, que casi con toda seguridad, los retornará al suyo en unos meses. Lamentablemente su viaje se acabó y sus familias lo despedirán viendo el entierro en la pantalla de un teléfono móvil.
La maldad casi siempre se refugia en el anonimato. Los malos tratan de lanzar sus maldades detrás de un seudónimo. Criticar a los trabajadores de un medio por publicar fotos enviadas por unos padres preocupados en saber de sus hijos me parece repugnante, sobre todo, cuando en esta semana han aparecido tres personas muertas en las playas de nuestra ciudad, pero mucho más, cuando ese individuo es capaz de criminalizar y responsabilizar a esos padres por dejarlo salir, como si un padre pudiera influir en la decisión de un hijo de más de treinta años.
Hace unos años aparqué el coche en Tánger donde me indicó un vigilante. Cuando regresé se había llevado el coche la grúa y otro vigilante se ofreció para ayudarnos a hacer los trámites. En el lugar había un marroquí de 75 años que había trabajado en Barcelona más de cuarenta. Este señor me dijo: “Yo os acompaño, estos te quieren sacar dinero”. En el camino me dijo que en España lo habían tratado muy bien y que siempre que ve a un español y lo puede ayudar lo hace encantado. Juntos hicimos los trámites, recogimos el coche en el depósito y después nos invitó a tomar un café.
Mohamed, se llama el señor, había llegado de la Meca unos días antes y durante la conversación hablamos de todo un poco. Una de las cosas que me dijo fue: hay un proverbio muy conocido que dice “Haz bien sin mirar a quién”, porque haciendo bien, sin saberlo, te estás haciendo bien a ti mismo.
Una buena lección de sabiduría.

Valiosas claves para interpretar la vida cotidiana

En el mundo actual nos resulta difícil descubrir la importancia y llamar por sus propios nombres a la verdad y a la mentira, a la bondad y a la maldad, a la belleza y a la fealdad, esos valores y contravalores, esas dimensiones filosóficas, éticas y literarias de cada una de las actividades de nuestra vida cotidiana, esos contenidos que son imprescindibles para identificar y para seguir las sendas que nos conducen a felicidad personal y al bienestar colectivo.
Confieso que mi primera impresión durante la lectura de este libro ha sido la sorpresa ante la habilidad con la que José Manuel logra que, a pesar de la profundidad, sus contenidos nos resulten claros, sus relatos capten nuestra atención y su redacción alcance unos notables niveles de belleza. A lo largo de sus interesantes anécdotas, nos ofrece una interpretación personal sobre el bien y el mal, apoyada en un agudo análisis de hechos cotidianos. En mi opinión, estos textos, además de valores literarios contienen claves válidas para interpretar la vida cotidiana e ideas luminosas para orientar los comportamientos individuales y colectivos. Podríamos afirmar que proporcionan unos fundamentos sólidos en los que asentar una ética actual.
Denuncia las mentiras de la vida individual y de la colectiva, y explica los efectos de la pérdida de valores básicos sobre los que descansa la vida de los seres humanos: la coherencia entre los pensamientos y los comportamientos. Además de las sugerentes propuestas para que miremos cara a cara la vida, nos proporciona unas razones válidas para denunciar perversiones y unos criterios sólidos para reflexionar sobre los valores morales. Es -puede ser- una valiosa ayuda para lograr el bienestar personal, familiar y social, un estímulo para recorrer el empinado camino que conduce al crecimiento de la justicia, al logro de la paz y, sobre todo, al fomento del respeto a los principios, a los criterios y a las pautas de la convivencia humana.
Con su imaginación metafórica traspasa las fronteras de la verosimilitud, no por un afán meramente estetizante sino con la explicita finalidad de descifrar, de comprender y de captar el sentido de los comportamientos humanos. Son unas formas amables de invitarnos a que sintonicemos con su desacuerdo con las realidades dolorosas o injustas, y unas expresiones comprometidas, para que nos animemos a actuar con solidaridad. Su humor –su buen humor- nos provoca sonrisa, emoción y sentido de la responsabilidad, unas maneras diferentes y complementarias de abordar, de entender y de vivir los sucesos, de acercarnos para comprenderlos desde el fondo de nuestras entrañas, desde nuestras fibras íntimas, desde nuestras conciencias éticas y solidarias.

José Manuel Cumplido Galván
Sócrates, Caín y el mar de Cádiz
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Las escenas que no cambian

La Guardia Civil volvió a sacar a decenas de inmigrantes del agua para evitar que murieran ahogados. Siempre lo he pensado, qué poco vemos de lo que realmente sucede en el mar. Si supiéramos en las condiciones extremas en las que trabajan los guardias civiles y cómo suceden milagros de manera constante muchos cambiarían su modo de pensar.

Lo que no se ve o no se cuenta parece que no existe. Pero en esta frontera sur suceden demasiadas cosas. No hay otro punto más tensionado ni con tantísima presión como Ceuta. No hay otro punto en el que se produzcan más burlas a la muerte que aquí, burlas porque hay quienes se empeñan en que sucedan, salvando a los que se arrojan a un mar imposible.

Cada temporal se aprecia en el mar y en ese oleaje en el que los componentes del Instituto Armado se juegan la vida para que no haya nuevas tragedias. Y miren que llevamos, ya no solo las que se han narrado en Ceuta, casi 50 muertos el año pasado y 9 en lo que llevamos de 2026. También la cuenta de desaparecidos que no tiene su punto y final.

Y eso sin mentar lo que sucede al otro lado de la frontera, los muertos que allí no se publican, ni tampoco se identifican porque en Marruecos ni hay registros ni se tienen en cuenta las denuncias.

De esto, de lo que pasa en la frontera sur, hay que hablar porque es la única forma de que se dispongan las soluciones diplomáticas debidas para acabar con esta sangría. Las escenas no cambian, pero los discursos sí deben hacerlo.

La cultura del litoral

Hay una expresión muy popular que dice: “la cabra siempre tira al campo”. No podemos evitar tomar el camino que nos marca el corazón. Los avatares del día a día nos obligan, en muchas ocasiones, a coger un sendero que no es el nuestro, pero al que nos vemos obligados a recorrer forzados por las circunstancias. Reconozco que estoy pasando por una etapa de reencuentro con la arqueología que me satisface en grado máximo, pero al mismo tiempo tengo que reconocer que en los huecos que encuentro dedico algunos ratos a seguir leyendo las obras del psicólogo Carl Gustav Jung. Fue hace muchos años, estudiando las obras de Lewis Mumford, cuando descubrí a este insigne médico suizo. Leí casi de una sentada su obra autobiográfica “Recuerdos, sueños, pensamientos” que forma parte de la extensa colección bibliográfica de la Biblioteca Pública de Ceuta. A pesar de los años transcurridos no he olvidado algunos pasajes de este magnífico libro. Me conmovió en especial la descripción que hizo Jung de su famosa torre de Bollingen. La construyó el mismo siguiendo las imágenes que le aparecían en sus sueños. No quiso dotarla de luz, teléfono ni de agua corriente. Le bastaba el agua que obtenía del río que discurría junto a la torre. Allí pasaba todo el tiempo que podía, alejado de la ajetreada metrópolis y en un ambiente atemporal que recordaba a la vida medieval.

C. G. Jung comentaba que necesitamos alejarnos de la cotidianeidad para tomar distancia del tiempo y del espacio. Tal y como explica en la obra que ahora estoy leyendo de él, titulada “símbolos de transformación”, la contemplación de un monumento del pasado permite ensanchar y profundizar nuestro estrecho marco temporal. Nos hace pensar que antes de nosotros vivieron, en el mismo lugar que ahora ocupamos, otras personas con similares inquietudes vitales, pero con otra estructura de percepción y pensamiento. Esta lectura ha venido a coincidir con el estudio de los materiales recuperados en mis últimas intervenciones arqueológicas. Sobre el suelo del Museo del Mar tengo extendido los fragmentos cerámicos y otros restos que un día lejano utilizaron antepasados nuestros de los que desconocemos sus nombres. Según los voy clasificando me hablan las tradiciones y costumbres de sus poseedores, así como me ilustran respecto a sus creencias religiosas, sus símbolos y expresiones artísticas.

El estudio de los materiales de la excavación arqueológica en la calle Fructuoso Miaja nos está permitiendo adentrarnos en los sentimientos más profundos de nuestros antecesores. Es en los rituales funerarios donde queda impreso nuestro testamento sentimental y religioso. Desde que tomamos conciencia de la finitud de la vida, la idea de la muerte se convierte en nuestra fiel compañera. Por este motivo en la Antigüedad y la Edad Media las tumbas eran el fiel reflejo de las vidas que fueron y se extinguieron. Por desgracia, en un tiempo cosificado como el nuestro vivimos en nichos más o menos confortables y terminamos en uno estrecho y estéril desde el punto de vista simbólico, o convertidos en un puñado de cenizas. Muy distinto es lo que muestran los enterramientos islámicos del siglo XI o principios del XII. Después de un tiempo de cierto rigorismo religioso, como el periodo califal, su disolución permitió la emergencia de una identidad autóctona que hunde sus raíces en la protohistoria de la región biogeográfica del Estrecho de Gibraltar. Volvieron a aparecer las conchas de curruco que acompañaron a algunos santuarios fenicios o, tiempo después, a ciertos enterramientos romanos de la antigua ciudad romana de Baelo Claudia. Quisieron dejar tan claro que eran gentes del mar que sus cuerpos, o al menos sus cabezas, reposaron de su muerte hasta la eternidad sobre arena fina de playa.

Siento una especial querencia por estos antepasados nuestros de los que pocos sabemos. Supieron absorber el espíritu de Ceuta y hacerlo suyo. Ellos eran musulmanes, y respetaron los preceptos básicos del islam en cuanto a la forma de enterramiento, pero quisieron dejar constancia de una identidad muy marcada y enraizada en este punto de encuentro entre dos mares y dos continentes. Admiro esta capacidad de integrarse y dejarse abrazar por el genius loci. Es lo que llevo intentado hacer desde hace muchos años. Por eso, al estudiar sus tumbas algo en mi interior se revuelve y me anima a seguir estudiando esta cultura del litoral. Aunque nos separan de ellos mil años, yo los siento muy cercanos.

Sé que es muy difícil que algo auténtico y genuino pueda brotar de una “Tierra Baldía” (T.S. Elliot) como la actual. Los espacios urbanos están siendo vulgarizados por unas élites políticas y económicas ignorantes y codiciosas. Algo similar ocurre en el mundo del trabajo. Los oficios tradicionales están desaparecieron para dar paso a trabajos en los que abunda la burocracia y la mercantilización de todo lo susceptible de generar algún ingreso. Todo ello tiene un correlato en el plano social, donde el ser humano medio se ha embrutecido y desnaturalizado. Con tantas máquinas a nuestro alrededor muchos han dejado de cultivar su inteligencia y creatividad. Hemos llegado a un punto en el que pensar y tener un criterio distinto al dominante se ha convertido en un acto de intolerable rebeldía.

En definitiva, las condiciones actuales para que pueda resurgir una identidad autóctona y valiosa no son nada favorables. Si tuviéramos líderes a la altura de los presentes retos ambientales, económicos y sociales, se dedicaría el tiempo y los recursos suficientes para estudiar la manera en que el ser humano logró establecer en el pasado una relación de respeto y aprovechamiento equilibrado de los recursos que nos brinda la tierra. Un tiempo en el que los seres humanos percibían el entorno con todos los sentidos y con un sentimiento de verdadero amor y respeto por la naturaleza. Todo tenía un valor simbólico y no tan instrumental como ahora le otorgamos a lo que nos rodea. Las conchas no eran simples conchas, sino símbolos de la continua renovación de la vida; el mar no era un espacio para el baño o la diversión, sino la principal fuente de alimento para los pobladores de zonas costeras como Ceuta.

Cierto es que el ser humano requiere satisfacer sus necesidades básicas, como las de alimento y abrigo, pero no son menos importantes aquellas que dan sentido y significado a la vida, como las necesidades de orden, continuidad, valor, objetivos y designio. Como grupo humano también necesitamos restaurar los puentes que nos enlazan con el pasado y dejan los pilares bien asentados para trazar el camino del futuro. Éste es el papel, desde mi punto de vista, del historiador, en general; y del arqueólogo, en particular. Descubrir, -estudiando los restos arqueológicos-, el rastro de un trazo casi perdido por el tiempo de una continuidad cultural en la región del Estrecho de Gibraltar es un hallazgo que me colma de satisfacción. Me hace guardar la esperanza en la revitalización de una cultura del litoral que permanece oculta, pero que puede rebrotar si las condiciones son las adecuadas.

Debemos volver a contemplar el mar como seguramente lo hicieron nuestros antepasados del siglo XI, es decir, con una mezcla de agradecimiento, respeto y amor. Vivieron del mar y quisieron que el mar les acompañara de manera simbólica al otro mundo. Como he comentado con anterioridad, me siento muy próximo e identificado con esta cultura del litoral. Creo que merece la pena dedicar tiempo y esfuerzo en estudiarla y darla a conocer para que nos ayude en la tarea que tenemos pendiente de construir una identidad compartida por todos los ceutíes.

Apenas hemos extraído una ínfima parte del valor simbólico de este maravilloso lugar que es Ceuta. Tenemos la suerte de contar con una fuente inagotable para acumular experiencias significativas susceptibles de transformarlas en poderosos símbolos que doten de significado a nuestras efímeras vidas.