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Tiranos

Por José Aureliano Martín
19/04/2026 - 07:25
tiranos-historia-politica
Imagen cedida
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La historia política de la humanidad está marcada por figuras que, bajo distintas formas y discursos, han ejercido el poder de manera abusiva. La palabra “tirano” no es nueva, ni su significado es unívoco. Maquiavelo distinguía entre la tiranía como forma de ejercer el poder y la tiranía como forma de alcanzarlo. Rousseau, más preciso aún, diferenciaba entre tirano y déspota, reservando el primer término para quien usurpa la autoridad y el segundo para quien se sitúa por encima de las leyes. En su lectura, un déspota es siempre un tirano, aunque no todo tirano llegue a ser déspota.

A la luz de estas categorías, muchos ciudadanos interpretan que ciertos líderes contemporáneos encajan en estas definiciones clásicas. Las señales de autoritarismo, desprecio por los contrapesos institucionales o instrumentalización de la ley para fines personales son elementos que, históricamente, han caracterizado a los gobernantes que derivan hacia la tiranía.

En este contexto, las palabras del Papa León XIV han resonado con fuerza. Durante un encuentro por la paz en Bamenda, en el noroeste de Camerún, una región castigada por una década de conflicto, el pontífice denunció que “el mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos”, según recogió la agencia Reuters. Su advertencia no se limitó a señalar abusos de poder, sino que condenó con firmeza a quienes doblegan la religión y el nombre de Dios para justificar intereses militares, económicos o políticos. Un mensaje que ha sido interpretado globalmente como una llamada de atención ante el uso perverso de lo sagrado para legitimar lo injustificable.

La historia reciente ofrece ejemplos de líderes cuyas decisiones han generado preocupación internacional. Es el caso de Donald Trump, Benjamín Netanyahu o Bladimir Putin. Aunque hay muchos más en la actualidad y los hubo a lo largo de la historia. En el debate público se mencionan episodios como intentos de alterar procesos electorales, persecuciones políticas, políticas migratorias extremadamente duras, presiones económicas sobre terceros países o intervenciones militares controvertidas. Cada uno de estos hechos, según quienes los denuncian, encaja en patrones históricos de abuso de poder.

La cuestión de la “guerra justa”, invocada por algunos dirigentes, como Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, para justificar acciones militares, ha sido también objeto de debate. Desde Agustín de Hipona hasta Francisco de Vitoria y Grocio, la tradición jurídica y filosófica ha intentado establecer límites éticos al uso de la fuerza. Causa justa, proporcionalidad, último recurso y posibilidad razonable de éxito.

A ello se suman principios del Derecho Internacional Humanitario, como discriminación entre combatientes y civiles, proporcionalidad y atención debida. Cuando estos principios se vulneran, la legitimidad moral y jurídica de cualquier acción bélica se derrumba.

En este escenario, las tensiones entre líderes políticos y autoridades religiosas no son nuevas. Pero cuando un pontífice denuncia públicamente la manipulación de la fe y el ejercicio abusivo del poder, el eco es inevitable. Las reacciones políticas, las acusaciones cruzadas y los intentos de deslegitimar al mensajero forman parte del paisaje habitual cuando se señalan comportamientos que muchos consideran autoritarios.

La humanidad ha aprendido, a lo largo de siglos, que los tiranos no suelen anunciarse como tales. Llegan envueltos en discursos de grandeza, promesas de orden o supuestas amenazas externas. Por eso es esencial mantener viva la vigilancia democrática, la defensa de los derechos humanos y el respeto al derecho internacional.

El futuro dependerá, como siempre, de la capacidad de los pueblos para reconocer los signos del autoritarismo y actuar antes de que sea demasiado tarde. La historia enseña que la tiranía avanza cuando la ciudadanía se resigna. Y retrocede cuando la sociedad decide poner límites.

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