Diplomacia (in)suficiente: un programa de política exterior

Al doblar el siglo, yo escribí Una política exterior de prestigio describiendo un panorama moderadamente triunfal y desde luego factible a la búsqueda de un pasado esplendor, lo que redoblaba y suavizaba desde la prudencia poco después en España y el interés nacional. Nuestra eseidad, nuestros compromisos y responsabilidades históricas y nuestras expectativas, volvían a encuadrarse en la vieja Europa a la que habíamos accedido tres lustros antes, en los cánones clásicos, sobre los principios occidentales, todo ello nucleado por el valor-guía del humanismo.
Sin embargo, con el decurso del tiempo no parece que la res publica se esté manejando todo lo bien que se debiera, al menos a niveles suficientemente sostenidos, con el inocultable agravante de una polivalente heterodoxia semi campando por sus respetos. En un país como el nuestro, caracterizable en cierta medida por un confusionismo creciente, ya galopante en cuanto a la pérdida de determinados valores, así como por un casi correlativo menguante peso atómico en el olimpo de las naciones, parece imponerse alguna que otra sugerencia asumible, que aquí se limitará al campo internacional.
(Incidentalmente y por supuesto fuera de texto pero no de contexto, la actualidad quizá haga oportuna una mención académica al golpe de Estado, sobre el que tanto he escrito y conferenciado con el recuerdo lejano de Tierno Galván, en la todavía dorada aunque ya crepuscular universidad de Salamanca. Diferenciable de una veintena de figuras próximas pero distintas, incluidas las ahora célebres en España de la rebelión y la sedición, se inicia en la intriga, en su ámbito propio y oligárquico, que se pretende elitista en el sentido derivado de pocos, de los menos; se materializa a través del contubernio; se vertebra, perfeccionándose, en conspiración o en conjura; y asciende a complot, y origina el golpe)
Parece seguir resultando invocable mi antigua tesis de que a pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, España, a veces, da la impresión de tener más dificultades que otros países similares no ya para gestionar sino hasta para definir e incluso para identificar cumplidamente el interés nacional.
Surge, se agiganta en el complicado iter español en política exterior, el campo cardinal de los derechos humanos en el que es clave la dialéctica principios e intereses, regida por la necesaria aunque tan difícil de aplicar asepsia cuando se trata del interés nacional, que tanto afecta a España desde el conflicto del Sáhara, hasta la cooperación al desarrollo y la emigración.
En el Sáhara, donde a sus tipificaciones consustanciales, se suma hoy día la deriva canaria en las aguas territoriales -cuánto tiempo hace que, siguiendo a Lacleta et alii y ahora Yturriaga reclama correctamente que la delimitación ZEE y Plataforma Continental sea desde el litoral efectivamente marroquí y no desde el saharaui, por supuesto- yo también escribía enfatizando la necesidad de deslindar la jurisdicción marítima, complicada cierto, pero para eso está la diplomacia y su prospectiva, con los frentes saharaui y de Ceuta y Melilla más las Canarias.
Mucho más tiempo, desde, el Estudio diplomático sobre Ceuta y Melilla, 1989, que es libro de referencia, vengo casi en profesional solitario, proponiendo hasta una veintena de soluciones, y más en la acuciante actualidad dada la hipostenia en incremento de la posición y el animus españoles, cuando las ciudades notan la presión acentuada. Hace años también, el Instituto de Estudios Ceutíes, en primera línea de nuestras controversias territoriales, pidió públicamente y sin éxito, que se me asignara a los contenciosos diplomáticos, para cuyo debido tratamiento –los tres grandes están íntimamente entrelazados en una especie de madeja sin cuenda- yo reclamé una oficina coordinadora, que sólo con Moratinos estuvo a punto de hacerse realidad.
Como en el Sáhara, 43 conocedores del tema (43 es una cifra simbólica, los años transcurridos desde el inicio del conflicto, y por supuesto ampliable) de la diplomacia, la universidad, la milicia, firma hasta un ex JEMAD, el más culto, han pedido al gobierno, que se me asigne para cooperar con el mediador de Naciones Unidas, cuya larga lista desafortunada en el presente ni siquiera cuenta con representante, y para que España tenga mayor presencia y visibilidad internacional. Es sabido que soy el primer y único diplomático que se ocupó in situ de los españoles que allí quedaron, a los que censé, en lo que quizá fue una de las mayores operaciones de protección de compatriotas del siglo XX.
Ya en 1976 yo ponía en Rabat sobre papel oficial, la urgente necesidad de que se reunieran los ministros de Interior de España y Marruecos ante el tráfico que despuntaba del hachís. El tráfico de drogas que tanto golpea a Occidente y que no hace mucho seguí desde Bissau, escala del sudamericano.
La técnica diplomática permite descubrir así que España juega normalmente con las piezas negras, con una táctica defensiva, de respuesta ante la acción exterior, dejando a veces que los temas se deterioren hasta extremos de difícil reconducción, en lugar de tomar la iniciativa con las piezas blancas.
Mientras que por su parte, la filosofía diplomática permite entrever que hasta que España no encauce adecuadamente su en verdad complicado dossier de diferendos, no conseguirá normalizar su situación de manera cumplida en el concierto de las naciones.
Técnica y filosofía diplomáticas parecen erigirse así en una diarquía insoslayable para el quehacer exterior del país.
Siempre en el inacabable capitulo de los derechos humanos, aparecen la cooperación al desarrollo y la emigración, en los que hay que recuperar aquellas concepciones atingentes a la filosofía moral que se proyectan desde la vertiente europea en las cláusulas democráticas de los convenios suscritos por la UE. Apoyada en una ética supranacional en incremento, España tiene en estos dos fenómenos conjuntos, que marcan el nivel del principio de solidaridad, la posibilidad –y la necesidad- de sacar adelante una política exterior comprometida, no fácil y por ende de prestigio, arropada por una creciente sensibilidad de la opinión pública en asuntos exteriores.
Aquí, en la cooperación internacional, no habrá necesidad de puntualizar que la clave son los fondos, en incremento sostenido, que permitan a España hacerla digna y eficazmente. Se de lo que hablo porque he sido el primer director de cooperación con Africa, Asia y Oceanía, cuando a mediados de los 80 pasábamos de receptores a donantes y conozco de primera mano en qué condiciones financieras abrí horizontes, incluso con el Este, empezando por Moscú.
La nueva diplomacia anuncia acertadamente el refuerzo de la variable económica, la diplomacia económica tan fundamental que podría calificarse de política exterior de subsistencia, y que empieza por el cumplimiento cabal de las reglas de la UE así como de la ortodoxia en el comercio internacional con la ineludible referencia a la venta de armas. Aquí se precisa el despegue de la Marca España, vieja ya de casi dos décadas, más actualizada y funcional hoy en España Global, y de su implantación, a través del factor básico de la internacionalización de nuestras empresas con su bien probada competitividad, en los neotéricos escenarios orientales, asiáticos y europeos, más los tradicionales africanos, y hasta los más recónditos lugares.
Hasta donde se encuentran españoles por doquier, a escala planetaria, lo que demanda reforzar la política consular, sin necesidad de aditamentos terminológicos que me llevaron a escribir, con inevitable sarcasmo, cuando se comenzó en plan casi populista a poner junto a Consulares … y protección de los españoles en el extranjero o enunciados similares, pues claro, para eso existen hasta por definición las oficinas consulares, nuestros tantas veces sufridos cónsules, auxiliados por una amplia red de consulados honorarios, y no para propinar patadas en las espinillas a los compatriotas necesitados.

«No hay que ser un Metternich para concluir en la inconveniencia de las discusiones históricas en política exterior»

La entidad internacional de España, que hay que rentabilizar, es amplia y varia, con muy importantes aunque disímiles componentes, desde la formidable vertiente cultural, con la proyección de los valores occidentales, en la estela histórica de España cofundadora del derecho internacional con la introducción de su vector primario, el humanismo en el derecho de gentes; con la fuerza singular del idioma, el segundo mundial (aunque se impondría reconocer que en la práctica el primero es el único); cuarta economía de la UE, a cuyo título hay que hacer honor con el instrumento potenciado de la diplomacia económica; integrada en los perfeccionables para nuestros intereses, que no quiere decir ampliables, esquemas defensivos atlantistas…
Todo ello nos lleva a Iberoamérica, el otro eje ontológico junto con el europeo, de España, y ahí se requiere más que imperiosamente, impulsar, terminar de concretar, desde sus sobresalientes coordenadas comunes, un efectivo lobby iberoamericano, con las altas expectativas que conllevaría en la diplomacia multilateral.
Respecto de la Leyenda Negra, coyunturalmente lanzada a la palestra que no es precisamente el campo del honor, no hay que ser un Metternich para concluir en la inconveniencia de las discusiones históricas en política exterior. Y ello es tan evidente que podría significar una ley si no matemática desde luego que sí diplomática. La técnica a instrumentar parece clara: España no entra, por no proceder, en valoraciones que corresponden a siglos pasados. Ya es tiempo de que Madrid instaure esa praxis y la eleve a doctrina internacional.
¿Y Gibraltar? se preguntará el animoso lector que haya llegado hasta aquí. Pues qué quieren que les diga en esta síntesis de urgencia. Yo me he ofrecido repetidamente a colaborar con la oficina de Gibraltar, aquella que se amplió en el 2002, cuando el incidente Perejil -lo que conduce asimismo a reivindicar el papel de la diplomacia regia en las especiales relaciones con Marruecos- y al parecer algunos ilusos y aficionados creyeron que la solución era para ¨antes del verano¨. Algo así como aquel otro que iba a poner la bandera, él, privatizando la acción nacional, en el Peñón, en cuatro meses. No perdemos la esperanza y más tras el Brexit, que si bien no deja a los llanitos in the lurch, como yo mismo hiperbolicé, sí pone al Peñón en perspectivas más abordables desde la realpolitik en el horizonte contemplable.

La tentativa involucionista del 23-F

Desde que en la todavía dorada universidad de Salamanca, fui discípulo distinguido de Tierno Galván, con sus tesis sobre la conspiración, la conjura y otros aspectos de la patología política, me interesé sobre el golpe de Estado, que en un trabajo de filigrana he diferenciado, dentro del rem publicam vi mutare, de una veintena de instituciones próximas pero distintas. El golpe de estado se inicia en la intriga, se materializa a través de la confabulación, del contubernio, se vertebra, perfeccionándose, en conspiración o en conjura, y asciende a complot y origina el golpe. Se caracteriza por ser reservado por definición, elitista por naturaleza, oligárquico que se quiere aristocrático en el sentido derivado de pocos, de los menos. Y la estructura de la intriga, condición madre e inexcusablemente minoritaria, comporta el juego heterodoxo e ingrávido de validos y camarillas, en una acción contra el poder desde las posibilidades que ofrece el poder mismo por los encargados de defenderlo. Como igualmente conlleva la trama del secreto, consustancial para el éxito. Catilina fracasó en su conjura porque, como ha puntualizado Malaparte, con el mayor secreto se la anticipó a todo el mundo.
Lo defendí como Memoria en la Escuela Diplomática; lo escribí así, El golpe de Estado, en la argentina Córdoba del “cordobazo”; luego publiqué en Madrid, Variaciones sobre el golpe de Estado, y después con mi hijo, Angel Ballesteros/Vexenat, El 23F y el reloj del rey. Antes de nada, en todos ellos soy tributario, muchísimo, de Curzio Malaparte, y en menor medida de otros y entre nosotros, amén del “viejo profesor”, que en mi época frisaba en la cuarentena, lo digo por lo de “viejo”, de Manu Leguineche y su El estado del golpe. Más tarde pude contrastar los conocimientos añosos del estudioso con sus variantes en mis diferentes puestos, en Centroamérica, con los pretorianos impuestos y depuestos; en el Mundo Arabe, con las conspiraciones palatinas; con los centuriones tribales en el Africa Negra, e incluso ahí, se produjo un magnicidio muy cerca de mi residencia, que desde el balcón me pareció que había quedado desguarnecida al paso nocturno de los amotinados.
Son novelas más que tratados de ciencia política, porque en tan fascinante materia a veces resultan inevitables cuotas de imaginación, de inventiva. De hecho, el propio Malaparte escribe en su Técnica, “evoco acontecimientos de los que fui testigo y, en cierto modo, actor”. De actor, bueno, pero menos si se me permite, admirado Kurt. En esa línea, uno de sus pasajes más celebrados, sus andanzas en Finlandia durante la guerra con el encargado de negocios de España, Agustín de Foxá, el escritor y diplomático autor de la tal vez más sentida y precisa definición del servicio exterior, “con la brújula loca pero fija la fe”, insuperable, son desmentidas por el primo del conde, Jose Luis de Vilallonga, que lo atribuye a la fantasía del autor de Kaputt: “nunca coincidieron” o algo así.

Tan largo introito nos faculta para centrar el 23F, el que más literatura ha producido en España, pero no por los protagonistas

Tan largo introito nos faculta para centrar el 23F, el que más literatura ha producido en España, pero no por los protagonistas. Y por eso, cuando tantos piden pertinentemente la modificación de la ley de secretos oficiales “y así se sabrá con exactitud lo que ocurrió”, yerran. Antes, precisemos que es el que más literatura ha originado por estas latitudes. Más que el de Franco, donde ahí lo que hubo fue una sublevación, un “alzamiento”, para diferenciarlo en la jerga castrense de los obreros: los militares se alzan y los obreros se levantan. Y Franco capitaneó el primero tras reprimir en Asturias a los segundos. Pero no dio ningún golpe de Estado. Si se quiere podría tipificarse así a título un tanto convencional, su movimiento en dos partes íntimamente cohesionadas: su elección entre los generales, con algunos ingredientes del juego político, con su hermano Nicolás y el general monárquico Kindelán, convencido de que el Caudillo daría pronto paso al regreso de la monarquía, y la inmediata promulgación de que asumía todos los poderes del nuevo Estado. Ese sería el golpe de Estado técnicamente.
Es más, se impone dejar ya claro que lo que tuvo lugar en el intento de movimiento involucionista fue una tentativa de “golpe de gobierno”, en la catalogación de Pilar Urbano, ya que como es sabido un golpe de Estado implica necesariamente el cambio en la titularidad de la primera jefatura, “la sustitución anómala del jefe del Estado” en la acuñación de Finer, lo que hubiera acarreado un cambio de régimen como en la Grecia de los coroneles, por poner un ejemplo próximo a la familia real española, y eso nunca estuvo en cuestión en España.
Ya sin más prolegómenos, volviendo al tema de ahora, al yerran los que creen que el archivo secreto encierra las claves del asunto, el sumario por supuesto incluye la mayoría de las circunstancias, aunque al parecer no todas (habrían desaparecido parte de las cintas con conversaciones grabadas) que tuvieron lugar en la fase pública, en la asonada, en el cuartelazo, en el putsch si se prefiere, “un putsch es un golpe que ha hecho kaput”, precisó Safire refiriéndose al de “la cervecería”, de Hitler, porque pudo salir adelante de no haber sido por el a la postre decisivo obstruccionismo de Tejero, pero no, claro está, de la fase palatina, de su inmediata génesis. De lo verdaderamente secreto. Del “golpe”. No de la asonada, larvada y publicitada en demasiados cenáculos desde hacía tiempo y hasta trasmitida en directo, y con cientos de testimonios de primera mano, incluso metidos debajo de los asientos.

Más que el de Franco, donde ahí lo que hubo fue una sublevación, un “alzamiento”, para diferenciarlo en la jerga castrense de los obreros: los militares se alzan y los obreros se levantan

Sólo tres personas saben con precisión lo que pasó. Sabino, que presenció casi todo lo relevante, pero murió sin hablar y sin dejar nada escrito. Armada, protagonista, que ya dijo lo que “desde su concepción del honor y la lealtad” podía contar. Es decir, sin aclarar quién era el jefe operativo, luego sobre la marcha pretendió jugar ese papel, sin conseguirlo. Y el rey. Juan Carlos I con frecuencia es espontáneo, franco, en sus manifestaciones, en todas, desde las privadas hasta las oficiales, como por ejemplo hasta sabemos los que tratamos, a trancas y barrancas, con nuestros contenciosos diplomáticos. Pero aquí, por lo que fuera, no ha dicho más que lo que ha dicho. Se ve que ni mi amigo Vilallonga, su biógrafo oficial, pudo o quiso seguir insistiendo. Porque, y ésta sería la clave mayor, la única, el rey estimaba oportuna, como tantas fuerzas vivas, la defenestración de un Suárez quemado y hoy esculpido en bronce en nuestra Avila. Para el monarca, en eso consistía toda la operación, más allá de su ortodoxia. “A mí dádmelo hecho”, inventaría alguien, pero es coherente. Cuando se lo dieron deshecho, impulsado también por la reina y su experiencia, alarmados ante el cariz que iban tomando los acontecimientos, burdamente urdidos y peor ejecutados, agravados con la farándula militarista del tankazo, tardó, pero desmanteló la intentona. Antes, nunca vio, sencillamente porque no existió, ningún golpe de Estado.

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PS. Adenda para hispánicos recalcitrantes. No habr(í)á necesidad de traer a colación a título de conclusión/colofón, la connotación en materia de uniformados, de que con la excepción de Chipre, somos el país europeo con más policías por habitante, lo que parece resultar poco compatible con los cánones occidentales. O que episodios protagonizados por milites, tan lamentables como recientes, en tempo histórico el 23F fue ayer, permiten, quiérase o no, que unos interesados indocumentados reaviven “la leyenda negra” que nos endilgaron casi gratuitamente sus ancestros, y para que algunos bien intencionados entre nosotros entren, con las inevitables dosis de ingenuidad, al trapo (símil tan elocuente como poco grato para mí, acérrimo defensor de los animales). Es cierto, y así lo escribo y conferencio invariablemente, que España, a pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, a veces da la impresión de tener más dificultades que otros países similares para gestionar e incluso para definir y hasta para identificar, para localizar, el interés nacional. Pues bien, ya es tiempo de irlo, de irse corrigiendo.

Claves para nuestros contenciosos diplomáticos

Obviamente la primera clave, la última ratio, no ya para el casi desideratum de resolverlo en horizontes razonablemente contemplables pero sí a fin de encauzar debidamente el tema clásico, histórico, recurrente e irresuelto aunque no irresoluble, de nuestros contenciosos diplomáticos, radica en el manejo correcto de las variables que los configuran y condicionan. Las insuficiencias del derecho internacional; las imperfecciones, servidumbres incluidas, de la política exterior; los intereses parciales; el peso y el prestigio de las partes; la certera prédica y predicamento del posibilismo… todo ello lleva indefectiblemente a la realpolitik.

En Las Salvajes, hay que culminar las negociaciones en el tema en disputa, si son islas habitables o islotes inhabitables, y de ahí a delimitar las aguas circundantes, su extensión. Ya es tiempo de superar la indefinición, en la misma línea que se recuerda el carácter pendiente de la negociación general sobre nuestras aguas jurisdiccionales. Diríase, por lo demás, que el concepto de habitabilidad resulta en principio suficientemente claro y quizá hasta se podría aplicar que “no hay necesidad de interpretar lo que no necesita interpretación”.

Olivenza, controversia no jurídica, donde el derecho español es incuestionable, se inscribe en las relaciones de buena vecindad, que con Portugal como con Iberoamérica tienen que ser siempre las mejores. La opción del referéndum se antoja si no invocable, desde luego que nunca descartable para superar un diferendo tan por lo menos insólitamente incómodo. Siempre escribo en este punto que según están las cosas parece que arrojaría color español.

Y en Perejil, de manera invariable mantengo que hay un mejor, no un único, pero sí un mejor derecho de España, dato que se reitera ante un eventual aunque asaz improbable según va la dinámica de nuestras disputas con el vecino del sur, litigio jurisdiccional sobre la soberanía.

Dejamos el tema ahí, no sin recalcar que (ahora que se anuncia la inclusión, por primera vez, de Ceuta y Melilla en la Estrategia de Seguridad Nacional, recuérdese a algún efecto que yo publiqué un clásico sobre las ciudades ya en 1989) interesa traer a colación el dato geoestratégico de las alianzas en zona hipersensible, que engloba teóricamente hasta las Canarias

claves-contenciosos-diplomaticos

La cuestión saharaui, ese drama cercano a lo inconcebible y ya casi medio centenario, no parece escapar al alcance imperfecto pero actuante de la realpolitik. Al acuerdo en directo, sin terceros, entre las dos partes. Y ahí, la salida, mejor que solución, más indicada podría ser, vistas las circunstancias concurrentes, la partición, la número tres de las cuatro propuestas formuladas por Koffi Annan, hace veinte años. Como termino de escribir y se insiste por su posible pertinencia, ni el trono puede ceder más, dado que ya, a la tercera, el golpe de estado sería inevitable, ni los polisarios aceptar menos, puesto que la gran autonomía ofrecida por Rabat podría implicar el riesgo vital de que se fuera minorando, difuminando la entidad de “los hijos de la nube”, absorbida dentro del reino; que antes más que después, se extinguiera en la práctica la nación saharaui.

En Gibraltar, el iter, ya más un dédalo a causa de los recovecos y desviaciones que lo vienen jalonando, hacia la llave que pende en la puerta del castillo del escudo y de la realidad de la colonia, ante la ONU y la UE, la última en Europa y tierras adyacentes nótese que la más próxima sería el Sahara, tal vez debiera de ser más rectilíneo que el emprendido en la actualidad. Tres siglos constituyen aval incuestionable para una acción más enérgica, más incisiva, siempre pivotando como corresponde sobre la legalidad: bien y de preferencia, inmediata, tal que preceptuada por Naciones Unidas; bien mediata, con el cumplimiento sin ambages ni fisuras, hasta donde se pueda, hasta donde permita el tratado de Utrecht. Y por supuesto, el simultáneo e impostergable desarrollo del Campo de Gibraltar, felizmente ya iniciado.

Y Ceuta y Melilla, nuestro contencioso más delicado y complicado. Aunque el presente resulta acuciante, ya he casi patentado algo parecido a “la creciente hipostenia de la posición española”, Rabat no va a entrar todavía en el fondo de la cuestión, principio irrenunciable y programático del ideario alauita. Necesita previamente solventar el Sáhara, como marcó Hassan II. De ahí que un más urgido Mohamed VI esté implementando lo que yo he calificado de diplomacia acelerada, presionando a Madrid con acciones que hablan por sí solas. Cualquier examen actual, por tanto, no excedería en términos diplomáticos del plano teórico, a diferencia de otros campos que emergen con nitidez. Y en ese punto, siempre, se insiste, en aproximaciones académicas de futuro, el potencial, latente, Estatuto de Territorios No Autónomos. Quizá no esté de más la referencia que el diplomático Francisco Villar acuñó en frase un tanto efectista pero autorizada, cuando el Comité de los 24 aplaza para 1976, la eventual ampliación de la lista de Territorios no Autónomos: “Así la cuestión de las Plazas de soberanía queda congelada en la ONU, pendiendo cual espada de Damocles sobre la cabeza del gobierno español hasta que a Rabat le interese reanimarla”. Ya he analizado in extenso las varias opciones del Estatuto: independencia, libre asociación, integración o cualquier otro estatuto político, y sus probables derivas, que se canalizan en la libre voluntad de sus habitantes, la autodeterminación, principio cardinal de cualquier derecho internacional que se proclame moderno. Incidentalmente se señala que la exigüidad territorial, 19.300 kms2 de Ceuta y 12.300 kms2 de Melilla, no resultaría determinante. Recordemos que Mónaco tiene 2 kms2. A partir de aquí, la viabilidad sería otra cuestión, lo que emplaza el asunto ante la posibilidad teórica de la libre asociación, en el estado políticamente casi puro de Puerto Rico con Estados Unidos o en los más peculiares pero igualmente operantes de la “amistad protectora” de Francia con Mónaco o de Italia con San Marino y dentro de esos regímenes, continuamos como siempre siguiendo al inolvidable profesor de París, Charles Rousseau, se subrayan los aspectos económicos, es decir, las uniones aduaneras del tipo Liechtenstein/Suiza o Mónaco/Francia.

Dejamos el tema ahí, no sin recalcar que (ahora que se anuncia la inclusión, por primera vez, de Ceuta y Melilla en la Estrategia de Seguridad Nacional, recuérdese a algún efecto que yo publiqué un clásico sobre las ciudades ya en 1989) interesa traer a colación el dato geoestratégico de las alianzas en zona hipersensible, que engloba teóricamente hasta las Canarias. Y entonces, un breve apunte en esta sinopsis de urgencia: los dos principales aliados de Rabat, se caracterizan, Francia por ser el único país de la UE miembro permanente del Consejo de Seguridad, con todo lo que esa especial condición conlleva, y Estados Unidos, con la entente bilateral antigua desde 1777, cuyo blessing ha desequilibrado la cuestión saharaui, amén de, ya sobre Ceuta y Melilla, respecto de la cobertura de las ciudades, atenuar ¿sobremanera? el principio de solidaridad entre los miembros en las intervenciones fuera de zona por parte de la OTAN.

El final de los bienes de España en Marruecos como pretexto

De la mano incansable en la promoción de Ceuta de José María Campos, con mi esposa María Eugenia Vexenat, las parejas diplomáticas que siempre están ahí, y con Javier Jiménez-Ugarte, uno de nuestros más sobresalientes diplomáticos, hemos asistido a la exposición La obra de Mariano Bertuchi en la historia del Protectorado, en el Instituto de historia y cultura militar, en Madrid.
Mientras que en Europa, como se ha enfatizado tantas veces, la fascinación por el norte de Africa estaba implantada entre los artistas ya en el siglo XVIII, con maestros como Delacroix, a quien seguirían nada menos que Matisse y luego Degas, no será el caso español en el que habrá que esperar hasta mediados del XIX para que con motivo de la guerra de Africa (1859-60) algunos pintores viajen a Marruecos. Mariano Fortuny, becado por la diputación de Barcelona para reflejar las gestas militares, será el primer descubridor de la deslumbrante luminosidad magrebí, a quien se unirá Tapiró con sus acuarelas y después Mariano Bertuchi, considerado el pintor del Protectorado y fundador de la Escuela de artes y oficios de Tetuán, su capital, zona que el granadino plasmó en numerosas obras, a lo largo de varias décadas muriendo ya septuagenario, en 1955, es decir sólo un año antes de su final. Son esas pinturas, de una técnica depurada, las que retratan con viva fidelidad el territorio que en 1912, la tradicional prevalencia gala por esas latitudes, endosó a Madrid, política y territorialmente, con dos instituciones disminuidas, un subprotectorado y un jalifa, mero delegado del sultán, mientras que éste y los demás centros del poder político y financiero quedarán en la varias veces mayor parte francesa. “Zona de protectorado español” según la terminología convencional, que en buena parte recorrí años después para preparar las negociaciones de los bienes públicos de España.
A partir de 1976, convencido Marruecos de haber recuperado “su Sahara”, propició el desbloqueo de algunos contenciosos. Con vibrantes y por supuesto poco espontáneas alusiones a la amistad entre los dos países, los funcionarios marroquíes comenzaron a sentarse a las mesas de negociaciones, mientras que los españoles acuden persuadidos de que la moneda de cambio del Sáhara capitalizará su posición, de que se va a entrar en una especie de edad de plata en las relaciones. Pronto los hechos evaluarían, exacta o muy aproximadamente, el papel de cada parte. La ronda comienza con los bienes públicos.


Junto a 120.000 compatriotas, España había dejado en Marruecos, en la independencia, veinte años antes, en 1956, una ingente cantidad de propiedades inmobiliarias. Cuando, con un ayudante, Toral Carleton, que luego sería secretario general del puerto de Ceuta, recorrí buena parte del antiguo protectorado, la tierra de los tres países vecinos donde se ha vertido más sangre española, para preparar las negociaciones, encontré un panorama más bien desalentador. Títulos registrales que no aparecían; linderos que habían sido alterados o simplemente eliminados; cuarteles y edificios e incluso algún palacio, como el de Raisuni, en Arcila – el cherif Raisuni, junto con el Jatabi, fueron los primeros caudillos nacionalistas de la zona española- en calamitoso estado de conservación. En lugar de cantar una pasada misión histórica, aquellas propiedades proclamaban un presente de desidia y abandono.
Las negociaciones, en las que participé, dirigido nuestro equipo por el director del Patrimonio, de Hacienda, asesorado por un abogado del Estado, y acompañado por los del Patrimonio y Africa de Exteriores más el cónsul general en Tetuán, concluyeron con el acuerdo de 10 de julio de 1978, sobre la transferencia de los bienes del estado español en la antigua zona norte del Protectorado, por el que España conservó básicamente ocho inmuebles, entre ellos los consulados en Nador y Tetuán, la antigua alta comisaría, único inmueble importante sobre el que los marroquíes no formularon reserva alguna, en atención a formar parte del patrimonio histórico español. Quizá no demasiado brillante balance, pues, sobre el que quizá también planeaba la manida tesis de la moneda de cambio: cedíamos en nuestros bienes pero un prometedor futuro se abría para nuestros intereses de los que entonces y después, los más importantes eran los pesqueros. Pues bien, ya se sabe lo que terminó ocurriendo con la pesca como no podía ser de otra manera en un asunto hipersensible que fue primero, derecho histórico; luego, tradición; más tarde, fuente de conflictos; posteriormente desideratum lógico y lógicamente recortado, y por último poco más que un recuerdo, hasta que ya negociando dentro de la Unión Europea y con el nuevo siglo, Madrid acabaría aceptando un enfoque realista.

«¿Quién privó a los españoles de seguir contemplando los Fortuny y los Bertuchi donde se habían pintado, donde los artistas habían trasplantado en directo la luminosidad rifeña? ¿quién dispuso de un bien incluido en la categoría de patrimonio nacional, aunque naturalmente por razones diplomáticas?»

Pasé aquellos días en el consulado general de España en Tetuán, el palacio que había sido sede de la alta comisaría de España en Marruecos, sito en la plaza principal y rodeado por una muralla. Era – y es- una magnífica mansión con fuentes interiores y amplias estancias, contando además con un teatro en edificio aparte. En definitiva, respondía al boato con el que se habían instalado los militares en el protectorado donde algún que otro alto comisario llegó a manejar incluso las relaciones a su manera y ejemplo elocuente lo constituyó García Valiño, último en el cargo, desde el 51 al 56, que al parecer, sin demasiado recato pretendió llevar una especie de política autónoma en aquellos delicados momentos pre independentistas. Y eso, con el Caudillo en Madrid.
Me entretuve admirando los grandes, en tamaño y en calidad, cuadros de Fortuny, La batalla de Tetuán, La batalla de Wad Ras, La odalisca, como hice lo propio con los numerosos que la antigua alta comisaría albergaba de Bertuchi, a diferencia de la embajada en Rabat donde sólo hay uno (de Fortuny, ninguno) un cuadro pequeño representando una cabeza de anciano marroquí, en el despacho del secretario de embajada que yo mismo ocupé unos pocos meses antes de pasar a los asuntos consulares. Y naturalmente, medité sobre las conversaciones, semi convencido de que su rentabilidad en cuanto moneda de cambio iba a producir menos rédito de lo esperado. Cierto que ello desde la óptica de mi condición de voluntarioso pero joven e inexperto diplomático.

Así las cosas, en el verano del 87 trascendió la donación del palacio a Hassan II. En las explicaciones oficiosas que siguieron al trueque -se cambió por otros edificios- se argumentaba que facilitaría la visita del monarca al levantisco y preterido norte, al Rif, que no había vuelto a gozar de la regia presencia. El País, 13 de junio de 1987, en crónica de Fernando Orgambide, recogía la voluntad manifiesta de Hassan II de contar con una residencia en Tetuán ya que en el norte, donde había decidido viajar en otoño, sólo contaba con el palacio en Tánger. En enero de aquel 87, el soberano alauita había propuesto la creación de una célula conjunta de reflexión sobre Ceuta y Melilla y en la crónica citada, se anunciaba que “el gobierno español se mostraba dispuesto a ceder la antigua Alta Comisaría a Marruecos para su reconversión en palacio real, como un primer gesto, si las conversaciones políticas evolucionan favorablemente y en la normalidad, en especial respecto de Ceuta y Melilla y el dominio de pesca”.
Aunque el asunto queda suficientemente claro, el principio de trasparencia, superador de cualquier atisbo de diplomacia secreta aquí innecesaria, aparte de una elemental exigencia académica, parecen hacer pertinente para completarlo, en cuanto además simboliza el final de los bienes públicos de España en Marruecos, el preguntarse que quién ordenó, inspiró o al menos dio el visto bueno a la cesión ¿quién privó a los españoles de seguir contemplando los Fortuny y los Bertuchi donde se habían pintado, donde los artistas habían trasplantado en directo la luminosidad rifeña? ¿quién dispuso de un bien incluido en la categoría de patrimonio nacional, aunque naturalmente por razones diplomáticas? La respuesta ha quedado perdida en los arcana imperii.
Todo lo que sabemos es que “la orden venía de arriba”. Un “arriba” todavía más indeterminado puesto que la categoría de mi fuente era la de subsecretario de Exteriores, es decir, que en su arriba administrativo existían varias instancias. Joaquín Ortega, hijo de diplomático republicano represaliado, funcionario dedicado, consejero político en Rabat a la sazón, que me atribuía “un cierto dandismo”, y luego embajador durante el plazo tercermundista de ocho años, batiendo todos los records al frente de la misión, formaba parte del grupo que controló largo tiempo nuestra política exterior desde la llegada del socialismo, y en el que figuraba Max Cajal quien, como se recuerda, propugnó la entrega a Marruecos de Ceuta y Melilla.


Como en la duda metodológica profesional podría tener cabida alguna que otra especulación, incluida la diplomacia regia (instrumento excepcional y subsidiario antes que complementario de la acción de gobierno, con el que a título casi singular, cuenta y ha ejercido España de manera sistemática desde Don Juan de Borbón, cuyo entendimiento con Hassan II se acentuaba por el humo cómplice de dos empedernidos fumadores, y de la que me honro en figurar entre sus campeones en particular en las relaciones con Marruecos y en mi reconocida especialidad de nuestros contenciosos diplomáticos, cuando corresponda y refrenada un tanto la espontaneidad oficiosa, cierto que ocasional, de Juan Carlos I, en la que no ha incurrido nunca un más prudente, comedido y preparado Felipe VI) procedería precisar la conclusión, en sentido positivo y en tanto que ejercicio didáctico en las relaciones con Rabat.
La casi certeza de que su entrega facilitaría que el trono marroquí prestara mayor atención a la antigua zona española, permitía cumplimentar desde Madrid su responsabilidad histórica en la cuota que correspondiera, como así viene siendo en especial bajo Mohamed VI, con España a la vez asignando acertadamente al norte el 90% de nuestra cooperación con el vecino del sur. Amén del no desdeñable dato utilitario, sus gastos de mantenimiento, que excede en bastante su conceptuación como sede consular, en la línea de lo que ha terminado ocurriendo con el teatro Cervantes de Tánger, cuya entrega a Marruecos se ha materializado este pasado enero. Y todo ello completado por el subdato procedimental de tratarse, en definitiva, de un movimiento en principio impecable de técnica diplomática, accediendo a los deseos de la corona alauita y aliviando así la presión sobre Ceuta y Melilla, al tiempo de reforzar la posición en materia de pesca.

Diplomacia sobre Gibraltar (y Ceuta y Melilla al fondo)

Parece que mi artículo Diplomacia (in)suficiente: un programa de política exterior, ha tenido un notable eco, también en el extranjero. Bueno, la resonancia menor y con sordina que alcanzan este tipo de escritos en España volcada en los temas interiores, algunos ciertamente acuciantes y en descontrol, ya con complicada reconducción. ¨Sin política exterior no hay política alguna¨ sostenía von Humboldt en el XIX, en un aserto cuya virtualidad ahora es al revés. Lo que prima, lo que prevalece correcta, inevitablemente, es la política interior, con la matización parcial, por supuesto, de las grandes potencias. Recordaba González Pons la frase de Juncker, ¨En Europa hay dos clases de países, los pequeños y los que todavía no saben que lo son¨. Le conocí en Luxemburgo, donde escuché sus atinadas ocurrencias, a veces con whisky, y firmó la condecoración que me concedió el Gran Duque y que me entregó, en otro detalle a agradecer, su embajador en Madrid.
Aunque también se me ha recriminado que en el artículo digo muy poco sobre Gibraltar. Pues sí, pero es que sobre Gibraltar ya se ha dicho (casi) todo. Ya en 1964, Gil Armangué publicaba su monumental Gibraltar y los españoles, donde tras un prólogo ingenuo ¨con un poco de buena voluntad se podrá resolver¨, recoge numerosos testimonios de españoles, cientos desde el XVIII, todos proponiendo soluciones, incluso descabelladas. Aquí, un pequeño paréntesis: aparece citado Voltaire en cuanto amigo de nuestro embajador en París, conde de Aranda, a quien el director del think tank oficial español, en la presentación del Programa de política exterior 2019, añadía, el filósofo francés del XVIII. Gracias por la aclaración. Algo así, en la fácil hipérbole, como decir por ejemplo, Bismarck, el político alemán del XIX. Ahí, también por ejemplo, está mi amigo y corresponsal Ignacio Molina, que es un sólido profesional.
Miren ustedes, en mi habitual coletilla de conferenciante, sobre Gibraltar nuestros negociadores podrían tener en cuenta, en lugar de honor, la nota al parecer definitoria de la diplomacia británica, ¨una diplomacia mercantil, de tenderos ¨, que acuñó sir Harold Nicolson, en el año mágico, increíble, de 1939, y que otro ilustre inglés, asimismo Knighted, sir Richard Burton, achacaba, un siglo antes, al Imperio: un imperio de tenderos. Y no seremos nosotros quienes no demos por bueno tan elocuente approach. Con esos aprestos, se podrán sentar en la mesa de negociaciones con alta probabilidad de no salir frustrados como siempre. Lo demás, ¨se les dará por añadidura ¨ .

Recordaba González Pons la frase de Juncker, “En Europa hay dos clases de países, los pequeños y los que todavía no saben que lo son”

No sólo Gibraltar; sigo con total dedicación los seis contenciosos, en particular los tres grandes, claro. Termino de estar, como tantas veces, en mi añorado Rabat, en su medina (yo contribuí a sacar literal y literariamente del olvido la Derb des espagnols, la callejuela de los moriscos de Hornachos, con sus casas blancas y azules como las de la vecina kasbah des Oudayas) donde continúan recordando al cónsul, al qansil iisbania, los buenos amigos que allí, como en el Sáhara, tengo. No voy a descubrirles que Marruecos es absolutamente clave y siempre evoco con gran afecto a Hassan II, el gran dosificador de los tiempos con España, en aquellas tardes azules y crepusculares.
Y ahora, con Ceuta y Melilla al fondo. Desde las aguas territoriales, también las de Canarias, hasta las medidas ¨para asfixiarlas¨, en la catalogación de Cembrero, el periodista quizá más impuesto en el reino alauita, que va a dar otra conferencia en Ceuta de la mano del Instituto de Estudios Ceutíes, del que soy miembro, y no podré asistir porque coincide con un afternoon tea en la embajada británica. Tampoco tengo gran cosa que añadir aquí, tras treinta años, 1989, tratando tan delicado tema, cuando publiqué el Estudio diplomático sobre Ceuta y Melilla, hoy un clásico, con sus sucesivas ediciones y alguna traducción. Estoy traducido hasta el árabe, aunque no ese libro. Como tampoco diré nada sobre el Sáhara: ya saben, fui el primer y único diplomático que se ocupó in situ de los españoles que allí quedaron, en lo que quizá
fue una de las mayores operaciones de protección de compatriotas del siglo XX. Hoy Naciones Unidas no tiene mediador…
En fin, para escribir algo sobre Gibraltar, para semi cumplir, recordar -amén de la táctica general sobre los contenciosos: hay que tomar la iniciativa, jugar con las blancas y no con las negras, en el proceloso tablero diplomático de nuestros diferendos- la triple senda del iter hacia la llave que pende en la puerta del castillo en su escudo. La aproximación conciliadora, de Moratinos, en el enfoque de mi también viejo amigo Menem, con su política de seducción con los kelpers en Malvinas. La línea dura, aplicación hasta donde proceda, hasta donde se pueda, del tratado de Utrecht, siempre citables Gondomar, a Ynglaterra metralla que pueda descalabrarles (y eso que todavía no habían tomado el Peñón) y Santa Cruz y su perrita, exteriorizando más que simbólica y ostensiblemente su protesta ante la corte de San Jaime. En sus cercanías estratégicas estaría, animosos, el grupo Plus Ultra con Pío Moa. Y la posición legalista, cumplimiento de las resoluciones onusianas, pero al final el veto inglés, en otra de las tremendas servidumbres del derecho internacional. Ahora, la nueva titular de Santa Cruz, a sus pies, ha lanzado ¨hacia un plan de progreso conjunto para la zona¨, en la tendencia vivencial y prepragmática de tanto predicamento por aquellas latitudes.
He pedido al siempre activo Moratinos, que haga ver mi especial utilidad.

Los contenciosos diplomáticos españoles: a la búsqueda de la ortodoxia

Llevo mucho tiempo citando dos axiomas míos, uno político y otro diplomático, que constituyen una diarquía básica en el accionar nacional: “A pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, España a veces parece tener más dificultades que otros países similares no ya para gestionar sino incluso para definir y hasta para identificar, para localizar el interés nacional”. Y en política exterior, lo que es casi una ley si no matemática desde luego que sí diplomática: “Hasta que España no resuelva o al menos encauce adecuadamente su en verdad harto complicado expediente de litigios territoriales, no normalizará como corresponde su posición en el concierto de las naciones”.
Esa doctrina, esa ley diplomática, emerge crecientemente incuestionable, irrebatible, refulgente, impulsada por los principios, por su propia entidad y por una opinión pública ya madura en constante incremento, en demanda de su puesta en vía de despegue, por activa, el Sáhara Occidental y Ceuta y Melilla, y por pasiva, Gibraltar, o a la inversa si se prefiere, del final de cuestión tan cardinal, histórica e irresuelta, que no irresoluble.
Más allá del plano declarativo, tal diarquía se vertebra, debería de vertebrarse, en un organismo coordinador para su debido, más ágil tratamiento, (y más aconsejable si se incluyen lo que en mi clasificación, no discutida, llamo diferendos, un especie de contenciosos menores, Islas Salvajes, Olivenza y Perejil) desde donde pueda proyectarse asimismo la función del profesional, su doble labor, hacia su país, en la defensa del interés nacional, y “ad gentes”, a la búsqueda de la armonía comunitaria, internacional.

Sólo una vez se estuvo cerca de una oficina para los contenciosos (antes asistí al final de un intento con Fernando Morán, aquel ministro a veces ridiculizado con chanzas “generalmente de origen infantil”, según De la Cierva, y despedido por la puerta de atrás, de un Comité del Estrecho, donde yo me integraría con media docena de diplomáticos y militares, pero se anuló, quedó nonato, al parecer porque el asunto, secreto, se filtró en un periódico, creo recordar que de Melilla). “La crearemos cuando yo sea ministro” me dijo Moratinos sobre mi propuesta de establecer un centro que permitiera tratar correctamente nuestras principales controversias, caracterizadas por estar tan entrelazadas que se tira del hilo de una en esa especie de madeja sin cuenda y aparecen inevitable, automáticamente las otras dos. Pero cuando fue ministro no se hizo: “es un tema con una sensibilidad enorme para cualquier político”, justificó el entonces titular de Santa Cruz, hoy al frente de la Alianza de Civilizaciones, y el ministro con más alta entrega a los contenciosos, de lo que doy fe.
Tras tantos años sin avanzar prácticamente ni un ápice en tamaño tema, y sin cosechar otra cosa que la indisimulada deserción de buena parte de mis lectores y oyentes, aunque con el respaldo desde más de una instancia conocedora así como el aliento de los buenos amigos desde Gibraltar hacia abajo, lo único que puedo hacer es practicar la técnica de la coyuntura y aprovechar cualquier incidencia para volver a la carga a la búsqueda de la ortodoxia, “fija la fe” que diría Foxá, en el cumplimiento del deber. Del doble deber, hacia España y “ad gentes”, vuelve a precisarse en buen profesional, sana cláusula cautelar ante algún que otro/a quizá menos versado/a en la materia, de los equipos rectores de Asuntos Exteriores.
Centrándonos en los contenciosos, la coyuntura que nos ha facultado para volver sobre ellos ha sido el reconocimiento norteamericano de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, más el prudente recordatorio de Ignacio Cembrero sobre “la proximidad, hacia principios del verano, de una previsible nueva crisis con el vecino del sur, por la sentencia del Tribunal de Justicia de la UE que debe de pronunciarse sobre si anula los acuerdos de asociación y pesca entre la Unión Europea y Rabat, que incluyen de nuevo al Sáhara Occidental”.

En Ceuta y Melilla, nuestro contencioso más delicado y complicado, se constata lo que vengo denominando “la hipostenia de la posición y el animus españoles”, ahora ante las maniobras en aumento sostenido para la asfixia de las ciudades desde Rabat, en aras de su reivindicación histórica e imprescriptible. En buen profesional en defensa del interés nacional, he dejado claro que la posición alauita en vía onusiana, “donde pende desde 1976 como espada de Damocles sobre la cabeza del gobierno español hasta que a Rabat le interese reactivarla”, en la frase autorizada aunque un tanto efectista de Francisco Villar, que bien conoce la cuestión en su calidad de representante permanente español ante Naciones Unidas que fue, la teóricamente indicada más allá de la negociación bilateral, es decir, el Estatuto de Territorios No Autónomos, no garantizaría de manera plena a Rabat su recuperación. Antes bien; he llegado a argumentar en tanto asimismo que técnica disuasoria, que el moderno derecho internacional avalaría el sentimiento autonomista, de existir realmente: sus habitantes quizá se consideren ceutíes y melillenses antes que marroquíes o incluso prefirieran integrarse en España antes que en Marruecos.
Pero por otro lado, como buen profesional “ad gentes”, en defensa de los principios, de la concordia comunitaria, se impondría, si se quiere desde un enfoque académico/político, ir ponderando (uno de los errores de táctica hispánica es dejar a veces que las disputas se deterioren hasta extremos de difícil reconducción) el fundamento de la reclamación del vecino del sur en lo que valga, en lo que vale, porque nadie puede ni debe excluir su potencial para ir desnivelando progresivamente, aunque no para hoy ni para mañana cierto, el litigio hacia las tesis alauitas, “el tiempo, la historia, harán su obra” en la máxima de Hassan II, a quien recuerdo en aquellos calmos crepúsculos azules del añorado Rabat, pudiera ser que en principio catalogables como sólidas e incisivas, mientras que comparativamente las de Madrid se muestran afectadas por la citada hipostenia, sin que el gobierno parezca hacer demasiado según queja permanente aunque con eco no suficiente de ceutíes y melillenses. “Duraremos hasta que quiera el gobierno de turno”, me dejó escrito, a guisa de testamento político, un ilustre marino del lugar.
En el Sáhara Occidental, por el contrario, la salida a un drama que dura ya casi media centuria, parece visualizarse en el horizonte contemplable en virtud de la realpolitik, “incluso con sus dosis de contaminación” en la acuñación clásica de Kissinger, imperfecta en sí misma hasta por definición pero tanta veces instrumento clave en cuanto superador de determinadas incorrecciones de la política exterior y de evidentes insuficiencias del derecho internacional. La solución “política” onusiana de la controversia se agiganta diáfana con la formulación adoptada y aceptada, más allá del resto de su redacción que no es ciertamente para felicitar a los autores, empezando por aquello de una solución “justa”, claro, no va a ser injusta, y siguiendo por una retahíla inoperante por obvia, “duradera”, “mutuamente aceptable”, enunciada es de suponer que con carácter inercial, donde queda a salvo el plano multilateral para su resolución. Es de lamentar que el paso del tiempo haya ido privilegiando el dato de la efectividad sobre los principios, pero la situación es la que es y de ahí el recurso a la realpolitik, que en su aplicación final abonaría la partición, único modo, en apelación también a los derechos humanos, de salvaguardar la identidad de la población saharaui evitando la posibilidad de que se termine disgregando, del “una nación nace en el desierto” al “una nación desaparece en el desierto”, de englobarse en la autonomía, amplia, ofrecida por Rabat, y al mismo tiempo compatibilizarla con la soberanía marroquí, considerablemente más asentada tras el reconocimiento norteamericano e inmutable el tradicional apoyo galo.

Se deja una vez más constancia de mi disponibilidad para coadyuvar con Naciones Unidas y a fin de que España tenga mayor visibilidad tal que corresponde a su responsabilidad histórica, como le han pedido al gobierno desde más de una instancia cualificada. Qué dirían los internacionalistas españoles del XVI, cofundadores del derecho internacional al, como cito siempre con el honor que corresponde, quizá más noble de los títulos, la introducción del humanismo en el derecho de gentes, si vieran el desaguisado, el atolladero, en el obligado eufemismo, donde nos metieron los estrategas directivos del franquismo, sin que los sucesivos gobiernos, unos más y otros menos, llegaran a terminar de enmendarles la plana.
Hasta a título casi anecdótico, menor, Madrid se muestra desafortunado y tras incluirlo, no hace mucho, en el programa de las oposiciones a la carrera diplomática, se despacha con un cuarto de hora el tema número no sé cuántos “sin que se les demude la color”, en el que el sufrido aspirante lo tiene que compartimentar con el fin del Protectorado en Marruecos, con Guinea Ecuatorial y por si fuera poco hasta con Sidi Ifni, pero es que además, titula el apartado El conflicto del Sáhara Occidental. El Sáhara Occidental y ya está. Eso sí, al menos se ha incorporado, a diferencia de Ceuta y Melilla.
Y Gibraltar. El Memorandum de Entendimiento del fin del año pasado, tras algún episodio inédito y no fácilmente explicable como el encuentro bilateral entre la titular de Exteriores y el ministro principal gibraltareño, no parece, en esta síntesis de urgencia, marcar para España el iter directo, más que iter casi un dédalo a causa de los recovecos, desviaciones y bifurcaciones que lo vienen jalonando, hacia la llave que pende de la puerta del castillo del pendón de Gibraltar. Hacia la recuperación de la integridad territorial, principio fundamental de las relaciones internacionales consagrado en la Carta de Naciones Unidas, rota por una colonia, para la ONU y ante la UE, la única que avanzando el siglo XXI hay en Europa (y hasta en zonas aledañas, nótese que el territorio no autónomo sujeto por tanto a descolonización más próximo, es el Sáhara Occidental). Al menos, si se juzga por los simbólicos hurrahs! en The Rock, que accede a Schengen ahora que Londres queda fuera por el Brexit, y que en alguna manera parecían evocar los aplausos que resonaron en Saint Paul hace lustro y medio, en la conmemoración del tercer centenario del tratado de Utrecht, “maravillosa obra de Señor” en la conceptuación de su artífice el vizconde de Bolingbroke. Claro que en la catedral londinense se ovacionaban las notas grandiosas del Jubilate Deo for the Peace of Utrecht, de Haendel, para solos, coros y orquesta…

La técnica diplomática con Marruecos

El punto a nuclear radica en la incapacidad manifiesta de Madrid no ya para solventar sino para semiencauzar los contenciosos, en lo que constituye una constante con categoría de dato más que de subdato, y crónica, desde hace largo tiempo, así en genérico, tanto que podría retrotraerse si se quiere, por encima del simbolismo, al mismo inicio de la bilateralidad normal, ya estatal, cuando Mohamed V vino “a llevarse la independencia con cara de pocos amigos”, en la acuñación del secretario y primo de Franco. Tal situación sería achacable a distintos gobiernos que se han ido turnando a lo largo de siete décadas, con los correspondientes altibajos y matices, donde sucesivos en general (i)responsables han ido dejando deteriorarse el estado de cosas hasta niveles de difícil reconducción, en lo que significa otra inocultable clave mayor.

Esa panorámica general se ha alterado con un neotérico factor, lo que yo he denominado “diplomacia acelerada”, que en los últimos meses Mohamed VI, por alguna que otra conjeturable razón, más urgido que su predecesor Hassan II, con quien los tiempos reivindicatorios estaban controlados, “el tiempo hará su obra”, “la lógica de la historia”, y cuya dialéctica sólo cedía ante la técnica de la coyuntura, hábilmente aplicada por el anterior soberano alauita, desde Ifni al Sáhara, donde desencadenó la Marcha Verde ante un gobierno español con el dictador local en estado irreversible, Mohamed VI, decíamos, ha aprovechado igualmente la técnica de la coyuntura capitalizando el respaldo de la Casa Blanca a Israel hasta extremos no fácilmente pronosticables, felicitables para su diplomacia, obteniendo un inédito reconocimiento occidental a la marroquinidad del Sáhara.

A partir de tan señalado triunfo, Rabat se ha lanzado a consolidar “la provincia del sur”, presionando al gobierno español con una táctica de cerco a las ciudades, buscando en el corto plazo que Madrid se alinee en modo inequívoco con Washington sobre el Sáhara. La Moncloa, Santa Cruz et alii han terminado acudiendo a la diplomacia regia, que yo al menos en tres artículos y alguna conferencia, y otros claro, veníamos pidiendo y argumentando, que es de esperar que resulte y lleve a que se sienten las partes, que ese sería el límite de la intervención de las coronas, al menos de la nuestra.

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A partir de tan señalado triunfo, Rabat se ha lanzado a consolidar “la provincia del sur”, presionando al gobierno español con una táctica de cerco a las ciudades, buscando en el corto plazo que Madrid se alinee en modo inequívoco con Washington sobre el Sáhara

Aquí la técnica tradicional se ha visto afectada por una nueva variable y como yo mismo he puntualizado, la diplomacia regia ha sido en buena medida secreta, con Don Juan y con Juan Carlos I, mientras que ahora se ha utilizado la vía pública. El método fue también cautelar lo que evitaba un cierto desprestigio en caso de fracaso amén de que como asimismo he mantenido, los temas reivindicatorios siempre se pregonan desde Marruecos como expresión de su credo programático e irrenunciable: “la recuperación de sus ciudades y territorios”, “la consecución de la causa nacional”. “Rabat desdeña la intervención de Felipe VI y demanda mayor claridad en la posición española sobre el Sáhara”, recogen algunos medios pero el comentario del portavoz marroquí no reviste mayor interés en cuanto al fondo del asunto, porque ante todo forma parte, es continuación de la línea de comunicación alauita, centrada, eso sí, en que Madrid modifique su posición acercándose a las tesis rabatíes.

España se ve constreñida en tan proceloso tablero a una estrategia defensiva, jugando con las negras en lugar de rentabilizar el ataque que proporcionan las blancas, cierto que mediatizado ante la escasez de circunstancias propicias e hipotecado por los antecedentes. Cuando se llegue a las negociaciones, que es el objetivo inmediato, antes de que la situación prosiga erosionándose, entonces procederá nuestro recordatorio una vez más: se impondría realizar un ejercicio de muy alta diplomacia que permita compatibilizar el profundizar y antes el reconducir los contactos con Marruecos, los más históricos, ricos, especiales y complejos en la globalidad de nuestras vecindades, con el respeto a los principios

Comentario preelectoral sobre Perejil y la diplomacia regia

Ante las próximas elecciones y sus eventuales efectos, y sin perjuicio de elaborar después mi habitual balance sobre nuestros contenciosos y diferendos, los seis, los contenciosos de Gibraltar, el Sáhara, y Ceuta y Melilla, más los diferendos, Las Salvajes, Olivenza y Perejil, según mi clasificación no discutida, y no habiendo necesidad de reiterar porque lo he hecho ad nauseam administrativa, mi condición de primer espada en tan trascendente materia, en la que, como acostumbro a señalar en una de mis máximas diplomáticas, sin resolver o al menos encauzar adecuadamente, España no volverá a ocupar los niveles que corresponden en el concierto de las naciones, a la que fue primera potencia planetaria y cofundadora del derecho internacional al más noble de los títulos, la introducción del humanismo en el derecho de gentes, parece conveniente un comentario, muy sotto voce, sobre el islote Perejil y la diplomacia regia, si se quiere en cuanto pretexto preelectoral en política exterior.
Y también, como ejercicio didáctico sobre el fundamental para España y entrañable para mí Magreb a partir de Rabat; para unos y otros nacionales, y naturalmente para terceros.
Perejil es la única controversia en la que, subrayando que a diferencia de las demás, las dos partes están de acuerdo en el mantenimiento del “tierra de nadie”, en el restablecimiento del statu quo ante, en la solución práctica del conflicto, lo que si bien resulta aplaudible, asimismo parece matizable para los profesionales del análisis de su técnica y por ende, de sus consecuencias potenciales.
Un aspecto nuclear radica en el inmediato desalojo militar, ante la atónita mirada de las cabras que allí pastan, de la media docena de gendarmes marroquíes que, “en una operación de control del narcotráfico” (ya en 1977 yo ponía en Rabat sobre papel oficial la urgente necesidad de que se reunieran los ministros de Interior de España y Marruecos ante el tráfico que despuntaba del hachís) según su versión, habían desplegado su bandera, con lo que ello implica. De ahí, la fulminante reacción española, por encima del tremendo exceso en efectivos (el coronel jefe de helicópteros colaboró conmigo en una embajada africana sensible, en mis dos etapas de presidente de turno de la UE, en la que por primera vez hubo una misión militar europea, comandada además por él mismo, ya un general español).
Se ha podido pensar que con el incidente Perejil planeó en alguna manera la ruptura de hostilidades con el vecino del sur. No es esa nuestra impresión, ni en ese tema concreto, cuyas causas directas -tras habernos adherido a la tesis de que Mohamed VI sólo buscaba un golpe de efecto, ya que sabía bien que Washington, todavía más aliado a partir del 11S, no dejaría que las cosas pasaran a mayores- nos atreveríamos a insinuar que nadie conoce cabalmente, ya difuminadas en los arcana imperii, dentro de la crisis general en la que se movían trabajosamente las relaciones con “el hombre que odia a Marruecos”, como tildó desde un enfoque minoritario e hiperbolizado el oficialista Aujourd’hui a Aznar, ni en el general del escenario de conflicto bélico.

«Se ha podido pensar que con el incidente Perejil planeó en alguna manera la ruptura de hostilidades con el vecino del sur»

Ante todo, está la vía diplomática, como así acaeció, con un matiz por mi parte: en lugar de acudir a mediaciones ajenas por efectivas que sean, que lo fueron, existe -para evitar la posibilidad no descartable por definición de peajes a terceros, por no citar los riesgos de llamar a un gobierno tal vez no más aliado de uno que del otro según las previsiones, dato clave sobre el que sin duda parece difícil tener certeza más allá de los formalismos y diríase asaz complicado el precisar el juego de alianzas, en particular, el coyuntural- la diplomacia regia, que debe de ser, como invoco siempre, por principio, la primera instancia con el reino alauita. La diplomacia de las coronas, instrumento excepcional y subsidiario antes que complementario de la acción del gobierno, con el que a título casi singular cuenta y ha ejercido Madrid con Rabat, desde Don Juan con Hassan II, cuyo entendimiento se acentuaba por el humo cómplice de dos empedernidos fumadores, hasta Felipe VI, invariablemente prudente y preparado, en tan delicado asunto mayor.
Situados a efectos académicos ante el riesgo bélico, y aunque por descontado es tema para especialistas, en nuestra opinión su entidad resulta muy menor, nunca, claro está, inexistente, mientras perviva el trono alauita. Cierto que siendo idéntica la persistencia en los objetivos, no habrá necesidad de puntualizar la diferencia en los ritmos, con Hassan II y su sagesse en el manejo de los tempos, y con Mohamed VI, a quien recuerdo digno y resuelto a sus doce años, en representación de su padre -era la época de la Marcha Verde- en los funerales de Franco y la coronación de Juan Carlos I.

He tratado acerca de los golpes de Estado y la baraka de Hassan II, con en el único caso que registra la historia de la aviación, ataque al avión real por cazas marroquíes, así como sobre las conspiraciones palaciegas del mundo árabe. El rearme manifiesto y amplio de Rabat está principalmente en función de Argelia, con quien Madrid tiene que restablecer cuanto antes el equilibrio global en el Magreb, lo que constituye un principio vital, clave, en zona hipersensible (Una digresión para romper la aridez del tema y porque el asunto, cierto que menor, está pendiente y creo que merece las pena retomarlo, a fin de recordar tiempos bucólicos en las relaciones, cuando al frente de un equipo de arquitectos dirigidos por el prestigioso Julio Cano Lasso, que iban por el honor, allí viajamos para, con nuestra experiencia, proponerles transformar alguno de los castillos que Carlos V dejó en el Oranesado hispánico en paradores de turismo e impulsar su industria en el importante ramo).

«Lo que nos interesa destacar ahora, amén de que España tiene, por supuesto, que cumplir sus compromisos con la OTAN»

“Me di cuenta de que para España tendría mayor trascendencia por su superior calado político, acelerar el ingreso en la OTAN antes que en Europa, que se planteaba como un tema económico”, asevera Calvo Sotelo. Quizá pudiera también pensarse y parece que con nitidez bastante, que lo que España necesitaba y los españoles querían, era sobre todo, entrar en la CEE. Sea como fuere, volviendo al tema de hoy, en el paraguas de la Alianza Atlántica, no cubiertas nuestras posesiones en Marruecos formalmente por el tratado NATO pero sí funcionalmente con los criterios actuales de interpretación sobre las intervenciones fuera de zona en territorios de algún miembro, parece pertinente, por pura, elemental cautela diplomática, esgrimir con la debida discreción el argumento ya citado del juego de alianzas.
En fin, lo que nos interesa destacar ahora, amén de que España tiene, por supuesto, que cumplir sus compromisos con la OTAN, es que, según nuestro criterio y tal que venimos manteniendo, sobre Perejil existe un mejor derecho de España, no un único, pero sí un mejor derecho, tipificación alegable ante cualquier eventual disputa jurisdiccional, cierto que harto improbable según va la dinámica de nuestros contenciosos.
Por su parte Dionisio García Flórez, el primero que sepamos en alertar de que “sin que nadie ejerciera actos de soberanía en la isla, se podría terminar provocando un detonante de crisis”, sostiene que “España tiene argumentos para defender su soberanía ante el Tribunal Internacional de La Haya: la Plaza se convirtió en española en 1640 y dos décadas después Portugal reconoció la soberanía española sobre Ceuta y sus dependencias”. Y como ha demostrado documentalmente Juan Francisco Vilar, “desde 1415 a 1581 – en que se produjo la unión de España y Portugal bajo Felipe II y la ciudad y su zona de influencia pasan a control español, que se oficializará, tras la ruptura de la unión personal, por el tratado hispanoportugués de 1668, en el que se reconoce la soberanía española sobre Ceuta y sus dependencias- Perejil fue dependencia de la Ceuta lusitana, según se desprende de la documentación del archivo lisboeta de la Torre do Tombo así como de la cartografía de la época, en la que el atlas de Braun (Colonia, 1572) sitúa en lo alto del islote una atalaya”.

Diplomacia ante la crisis migratoria

Hace una veintena de años, tanto en España y el interés nacional como en Una Política exterior de prestigio, recogía, bajo el doble título de Etica y Politica: Coperación y Emigración, que constituyen dos aspectos íntimamente relacionados, la problemática migratoria, siguiendo a distintos tratadistas coincidentes todos ellos en la tremenda y en incremento envergadura de la incesante llegada de los miles de africanos a nuestras costas, empezando por las Canarias.
El fenómeno resultaba meridiano y lo que es peor, imparable, y por tanto reclamaba, asumido el componente humanitario, ergo solidario, la correspondiente acción administrativa y fundamentalmente diplomática.
En este neotérico orden de la globalización y asimismo de una ética supranacional en ascenso, España, a la búsqueda del puesto internacional que la corresponde, tiene, al menos –escribía yo- un par de frentes, la inmigración y la cooperación, que ofrecen la posibilidad de sacar adelante una política exterior solidaria no fácil pero de prestigio amén de obligada, arropada en ambos casos por una creciente sensibilidad de la opinión pública nacional en asuntos exteriores, que viene impulsando como expresivos jalones, que los españoles suministraran más asistencia per cápita a Ruanda, ante el tremendo genocidio, que la propia potencia excolonial belga, y naturalmente que encabezaran a gran distancia las ayudas de emergencia en las catástrofes hispanoamericanas, hasta que el gobierno de Madrid fuera el mayor donante europeo en los territorios palestinos.
Yo no era precisamente un newcomer en estas o próximas lides y ya hace más de cuatro décadas, en 1976, ponía en Rabat sobre papel oficial, la urgente necesidad de que se reunieran los ministros de Interior de España y Marruecos ante el tráfico que ya despuntaba preocupada y peligrosamente del hachís. Y en cuanto en cierta manera quizá uno de los pioneros en lo que luego se ha manifestado con toda su crudeza entre las principales lacras de nuestro tiempo, espero el consiguiente reconocimiento de Interior, donde la S. de E. Ana Botella a cuyos pies me pongo, está orquestando la reacción a la crisis migratoria desde la rapidez y la eficiencia aunque consciente al mismo tiempo de la dificultad de una debida planificación, por vinculantes razones financieras.
La crisis migratoria y simultáneamente su horizonte contemplable, demandan transformar en datos operativos y en grado razonable, lo que son puras obviedades, es decir, que el problema es europeo en cuanto las fronteras españolas son igualmente europeas. Y segundo, que se requieren fondos, ingentes cantidades dada la entidad de la cuestión, aunque reclamar un Plan Marshall, como se ha hecho, es de suponer que a mero título gráfico, no parece acertado ni por la naturaleza del asunto ni por su alcance ni por su atingencia histórica ni por la inmediatez de los intereses en juego: es muy distinto cooperar con África que levantar la devastada Europa tras la guerra, y que nos lo digan a los excluidos, los españoles y los compañeros de fatigas lusitanos.
Tras la doble rúbrica básica, Europa y financiación, todo lo demás no excede de lo procedimental. La acción diplomática de España tiene que corresponder a su peso atómico internacional, que como es sabido incluye junto a los fundamentales parámetros económicos, otras variables de distinta mensurabilidad y de manifiesta visibilidad. Esto es, la partida se juega en el ajedrez diplomático bruxelense donde la obtención de los fondos -y si bien, en la cooperación, por definición, nunca los fondos considerados suficientes lo terminan siendo- resulta factible. Y son, además, perentorios. Se ha llegado a un punto que no admite dilación. Jean Claude Juncker, que firma la condecoración luxemburguesa que se me otorgó en el Gran Ducado, al que siempre tengo por un eficaz político pragmático y particularmente abordable y simpático, ha precisado a Sánchez que no hay fondos bastantes en los actuales presupuestos, que no contemplaban el supuesto límite al que se ha llegado, pero que desde luego se apresta a conseguirlos, al tiempo de comenzar a desembolsar unas primeras cifras de choque. Correcto; pero ejecútese con la adenda vinculante de la máxima urgencia. La crisis migratoria para España, para Europa, es acuciante, impostergable. Es humanitaria, dramática. Ha estallado. Hágase ver, pues, a los socios comunitarios; habilítense ya los créditos extraordinarios; y por descontado regularícense en los siguientes presupuestos.
En la partida, Madrid vuelve a jugar asimismo la baza germánica, siempre favorable, incluso desde Konrad Adenauer con Franco, y Kohl – con Mitterand- sobre todo hacia González y luego con Aznar y con Rajoy. Pero sus movimientos, con las piezas negras, son a la defensiva. De ahí, que como escribí en Frankfurt bajo la sombra del gran Goethe, si siempre es recomendable quizá ahora, dadas las circunstancias de Berlín, no resulte tan suficiente para la ofensiva, que tiene que ser abierta, total.
Lo demás, ya digo, viene dado en su intrínseca dificultad pero también factibilidad. Primero, arreglo con Marruecos. Termino de escribir España y Marruecos: el crepúsculo de la diplomacia regia, propugnando que no se siga esperando a la eventual reunión de los monarcas, ante la falta de disponibilidad de Mohamed VI, ciertamente involuntaria –recuerdo en una simbología coyuntural tal vez indicada, a Hassan II, negociador por excelencia, siempre dispuesto, de manera invariable, a las conversaciones con independencia de quien fuera el disímil interlocutor español- para insistir en desbloquear temas candentes como éste. Fijación del número de emigrantes dentro de coordenadas razonables para que sean operativos, que puedan corresponder a España y a los demás estados miembros. Cooperación in situ y al máximo nivel, ante todo en los países de origen y luego en los de tránsito; Guinea Bissau es un híbrido, de allí salen pateras pero con nacionales de países limítrofes, no de ellos. La explicación, como ya he escrito, es que hay miseria pero no las hambrunas que azotan recurrentemente a amplias zonas del Sahel. Acuerdos de devolución con todos ellos; cumplimiento de la normativa sobre las devoluciones en caliente. Lucha contra las mafias, a través del CNI y las numerosas consejerías de Interior establecidas en las embajadas. Las interceptaciones en alta mar, una de las claves del asunto, con el Frontex y el Sea Horse. Instalación de muros, en cualquiera de sus modalidades, desde los israelitas hasta el proyectado USA-México. Y por supuesto, eliminación de las concertinas u objetos similares, impropios de standards mínimos de civilización. Centralización de la acción administrativa en una unidad permanente de crisis, mejor que el creado mando unipersonal, que ya se utilizó en Canarias hace una docena de años, y ello hasta para atenuar efectos casi gratuitamente discriminatorios. Y reparto adecuado entre las distintas comunidades autónomas, principio al parecer de más fácil enunciación que de concreción. Este es, exacta o muy aproximadamente, el cuadro procedimental, un modelo de plan integral, que no por sabido resulta menos invocable, no sólo en cuanto salus pública internacional sino hasta si se quiere en el plano didáctico.
Mención aparte requiere la situación en Ceuta , y en Melilla, claro está. Ahí, también es de esperar que Presidencia y Exteriores se decidan a contar con mi singular experiencia y conocimientos en los contenciosos diplomáticos españoles, en los que ahora estoy conferenciando en Argentina sobre Gibraltar-Malvinas, y el distinguido colega Jorge Lidio Viñuela relanza la inquietante posibilidad de que de no mejorar Buenos Aires su política de aproximación a los isleños, las Malvinas pudieran terminar en estado independiente. Lamentablemente la crisis migratoria ha vuelto a poner de relieve la interconexión de las ciudades españolas con los otros dos grandes diferendos, Gibraltar y el Sáhara Occidental, al tiempo que, autónoma y forzadamente, cabalgan sobre ambas dimensiones, la interior y la exterior. Sobre la historia. Sobre el interés y, antes, sobre los principios. Y no de otra manera para un gran país como España, que figura a justo título entre los fundadores del derecho internacional con la introducción del humanismo en el derecho de gentes.

Estratégica Diplomática y neotéricas circunstancias

El 28 de febrero de 1976, con un día de retraso, España arriaba su bandera por última vez en el Sáhara. El antaño glorioso ejército español incrementaba así su déficit de victorias desde el XIX, perdiendo su última batalla, cierto que sin librarla. Allí quedaron personas y bienes sin la menor cobertura. Un día antes yo llegué a Rabat y tiempo después me ocupé in situ de las propiedades y de los desorientados pero agradecidos compatriotas a los que censé: 335 (para los especialistas, 339, porque más tarde localicé a otros cuatro).
Desde entonces, casi medio siglo, me vengo dedicando, escribiendo y conferenciado, dentro y fuera de España, a nuestros seis contenciosos diplomáticos, elocuente circunstancia que espero aproveche el gobierno.
Hay que partir de dos puntos claros. Mi vieja tesis de que a pesar de contar con unas credenciales impresionantes o quizá por eso mismo, España, a veces, da la impresión de tener más dificultades que otros países similares, no ya para gestionar sino para definir y hasta para localizar cumplidamente, el interés nacional. Y segundo, que amén de estar los tres grandes contenciosos íntimamente entrelazados y enrevesados por el juego principios-intereses, en buena medida polarizados por el vecino del sur, se les aplica a más de uno, semi inercialmente, gobierno tras gobierno, la tipificación de política de Estado, lo que conduce a una estrategia defensiva, de reacción, ante la acción exterior, correcta pero quizá ya insuficiente ante las nuevas circunstancias, en ocasiones dejándolos deteriorarse hasta extremos de difícil reconducción. Se impondría empezar a tomar la iniciativa, a jugar con las blancas en el ciertamente proceloso tablero diplomático, como con la prospectiva que proporciona su estudio, vengo proponiendo hace tiempo.
Las aguas jurisdiccionales han irrumpido, se han materializado en el panorama español casi bucólico, a juzgar por el programa de política exterior del nuevo gobierno, planeando sobre los grandes temas, comercio, cooperación, emigración, derechos humanos en definitiva, que permitirán, medios mediante, sacar adelante una diplomacia complicada y por ende de prestigio, basada en la ética trasnacional y arropada por una creciente sensibilidad de la opinión pública en asuntos exteriores. Pero sin contemplar en grado suficiente las previsibles y al parecer no previstas neotéricas circunstancias. Sobre las ZEE y las plataformas continentales hace tiempo, así en genérico, que la doctrina, Lacleta, Yturriaga et alii, a la que yo me he adherí, viene alertando. Si hubiéramos negociado en su momento, no estaríamos ante los choques competenciales, siempre difusos en el perfeccionable derecho del mar, con Marruecos en Canarias y con Argelia en Baleares, todos a la búsqueda de minerales preciosos y en el Sáhara, las pesquerías.
La variable saharaui patentiza la pertinente y deseable invocación de lo que tiene que constituir un principio básico de nuestra política exterior: el equilibrio ponderado y en ambos casos a alto nivel, de las prioritarias relaciones con Marruecos y Argelia.
Asimismo, está abierta la discusión sobre el mar circundante de Las Salvajes, que es lo verdaderamente importante por las riquezas que atesora, lo que permitiría atenuar y hasta superar la situación en superficie –sólo 2,7 kms2 sumados los tres islotes, aparte de inhabitables- donde hemos sido sobrepasados por la más incisiva diplomacia lusitana, con las visitas además de sus cuatro últimos presidentes, reafirmando la posición de Lisboa.
Ya que estamos en los diferendos, una especie de contenciosos menores, parecería oportuno desestimar en alguna manera y con la debida suavidad, la tesis recurrente de la muy competente escuela de Cádiz de derecho internacional, con mis viejos amigos Del Valle, Inma González, Acosta, Verdú, Cepillo, a fin de diferenciar las islas y peñones de Ceuta y Melilla, porque si bien en el enfoque académico denota elogiable dedicación, en términos diplomáticos resulta inoperante, por mucho que se pretenda atribuirles potenciales propiedades de cooperación. Las islas y peñones no tienen entidad suficiente fuera de la globalidad del contencioso.
Y Perejil constituye la excepción que confirma la regla, al ser caso tan particular que ni siquiera se sabe con precisión cuál fue el verdadero origen de la disputa, sobre la que ya Dionisio García Flórez venía alertando, dado el vacío de soberanías que podía provocar un conflicto en cualquier momento, como así fue. Por otra parte, insisto en que sobre el islote existe no un único pero sí un mejor derecho de España, lo que se reitera vista la proclividad alauita para ir al TIJ, que por lo demás no tiene nada de recusable. Y segundo, que antes de acudir a mediaciones ajenas y por lo que ve, un tanto despectivas, se debió de recurrir a la instancia regia, a la diplomacia de las coronas, de tanta tradición con Marruecos -también con Don Juan y Hassan II, el gran dosificador de los tiempos con España, a quien evoco con afecto en aquellas tardes azules y crepusculares rabatíes- que más que posiblemente resulte un elemento idóneo en situaciones delicadas.
Acerca del tercer diferendo, Olivenza, como es bien sabido se trata de un caso no jurídico, subsumible dentro de las relaciones de (buena) vecindad, que con Portugal tienen que ser, como con Iberoamérica, las mejores. La gran tarea diplomática de España radica en vertebrar un efectivo lobby iberoamericano, con las altas expectativas que conllevaría en la diplomacia multilateral. Y respecto de Olivenza, mi antigua propuesta de celebración de un referendum, que según están las cosas parece que arrojaría color español, permitiría solventar la por lo menos incómoda situación.
Volvemos a subrayar con convicción por su trascendente carga positiva, el punto anterior, introducido de manera un tanto incidental en el caso de Olivenza: La gran labor diplomática de España radica en vertebrar un efectivo lobby iberoamericano, con las altas expectativas que conllevaría en la diplomacia multilateral.
Respecto de los tres grandes contenciosos, lamento repetirme en atención a mis sufridos lectores, pero no hay casi nada que añadir, lo que prueba el estado de la cuestión, su progresivo quebranto, su in crescendo deterioro, su deficit diplomático en los tres casos. Las ¨medidas para asfixiar a Ceuta y Melilla¨ puestas de relieve una vez más por Ignacio Cembrero en el Instituto de Estudios Ceutíes, la aduana, la emigración, la frontera, la droga (por cierto, el MAEC tiene desde hace tiempo pendiente de publicación, la memoria voluntaria que hice en Rabat, al terminar mi misión en 1980, y por la que fui oficialmente felicitado, La acción consular de España en Marruecos, un trabajo original e interesante que toca diversos temas y permite así ver su evolución en estas cuatro décadas, por ejemplo, ya en 1976 yo ponía sobre papel oficial en Rabat la necesidad de que se reunieran los ministros de Interior de España y Marruecos ante el fenómeno que comenzaba a despuntar del tráfico de hachís)) y sobre todo, lo que yo vengo calificando como ¨la hipostenia creciente de la posición y el animus españoles¨. Hasta una veintena de soluciones, más bien de salidas, se recogen en mi libro ya clásico Estudio diplomático sobre Ceuta y Melilla, cuya primera edición data de 1989.
En relación con Gibraltar, la nueva titular de Santa Cruz ha lanzado ¨un plan para el progreso conjunto de la zona, Gibraltar y el Campo¨, tesis vivencial y con marcado predicamento por aquellas latitudes, que ha sido contestada duramente por José María Carrascal, desde su media centuria de entrega a tan fangoso asunto, ¨ usted les ha regalado lo que Picardo pedía, más territorio¨. La medida se inscribe en la línea conciliadora puesta en práctica por Moratinos, hoy al frente de la Alianza de Civilizaciones, casi el único español en las altas esferas internacionales y profundo conocedor de nuestras controversias territoriales, de lo que puedo dar fe, y asimismo –en Argentina he conferenciado sobre Gibraltar-Malvinas- en la política de seducción de mi también viejo amigo, Carlos Menem hacia los kelpers en Malvinas.
He pasado bastantes horas en el muy británico Reform Club, del que salió literariamente el protagonista de La vuelta al mundo en 80 días, en cuya biblioteca está la memoria viva de sus ilustres miembros, Churchill, Gladstone, Russell o Palmerston, que todos ellos, como Fox, cantaron el carácter inexpugnable de the Rock e incluso escribí, ingenuamente, cuando el Times celebraba en el 2013 el tercer aniversario del tratado de Utrecht, con las notas grandiosas del Te Deum de Haendel, junto con el Jubilate, de fondo, ¨todos esperamos que cuando vuelvan a sonar este verano, permitan iniciar el iter hacia el mejor entendimiento entre las partes ¨. No fue así. Sigue sin ser así. ¨Los ingleses han engañado con Gibraltar a todos los ministros de Asuntos Exteriores, salvo a Castiella¨, sentencia Carrascal, que viene bien para la línea argumental dura aunque a fuer de objetivos parece excederse un tanto, ateniéndose a los resultados visibles como buen periodista.
Ni los hijos de Albión son en absoluto tan inverecundos (incidentalmente y a la vista igualmente de la escasa estética de la palabra y de sus poco comedidos sinónimos para tildar a un británico, quizá procediera ampliar el alcance del español, lo que podría conseguirse reactivando parte de la ingente cantidad de vocablos clásicos, hoy no ya en desuso sino olvidados, como escribí a un Perpetuo de la Lengua, aunque la batalla por la hegemonía idiomática planetaria está perdida: el primero es en la práctica el único) ni pueden ser tan tontos los nuestros. Tampoco se deberían perder de vista en esta overview las declaraciones de Juan Carlos I, recogidas por aquella prensa, ¨No tenemos prisa en recuperar Gibraltar porque inmediatamente Marruecos reclamaría Ceuta y Melilla ¨. No es, pues, ¨para antes del verano ¨ ni para ocurrencias similares.
Sin llegar a Gondomar, ¨a Ynglaterra metralla que pueda descalabrarles ¨ , sí parecería oportuno el recordatorio permanente y prudente de su diplomacia mercantil, de tenderos, en la acuñación de Harold Nicolson, y en la reiteración de la nota mercantilista, el Imperio mercantil, del también knighted y diplomático Richard Burton, ya en el XIX. Con estos elementales aprestos nuestros representantes, si logran sentarse a negociar la soberanía, no saldrán tan frustrados como hasta el momento.
No perdemos la esperanza ni el tesón y más tras el Brexit, que si bien no deja a los llanitos in the lurch, como yo mismo hiperbolicé, sí pone al Peñón en perspectivas más abordables desde la realpolitik en el horizonte contemplable.
Por último, sobre el Sáhara, prosiguen incansables, muy audibles, las reclamaciones pro derechos humanos. Y por otra parte, 43 conocedores de tan desgraciado conflicto (43 es una cifra simbólica, referida a los años transcurridos de contienda, y por supuesto ampliable) pertenecientes a la diplomacia, la universidad, la milicia, figura un ex JEMAD, el más culto, han pedido al gobierno que se me designe a fin de colaborar con el mediador de Naciones Unidas y para que España tenga, como corresponde, mayor presencia y visibilidad.